Opinión

  • | 2017/07/07 00:01

    Dejemos de llamar líderes a quienes no lo merecen

    Estamos rodeados de un liderazgo ineficaz. En muchas empresas se piensa que nos enfrentamos a una crisis de liderazgo.

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Creo que parte del problema de liderazgo es sencillamente lingüística.

Esa “obligada obediencia” – ya sea forzada por ejecutar las evaluaciones de desempeño, la presión por alcanzar metas, la amenaza del rendimiento, u otros medios –, no califica como liderazgo y los ejecutivos en este aspecto tienen una baja calificación. Su trabajo, después de todo, es la dirección.

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Y, aunque los empleados pueden elegir libremente ser parte o no de una empresa, hay pocas opciones al elegir a quién seguir, pues jefe solo hay uno.

Las empresas se encuentran en la era de la eficiencia, por ende, ahora prima el buen liderazgo, la proyección y la toma de decisiones críticas sobre la “productividad”, por eso los gerentes ahora son más vulnerables y reemplazables, pues es mejor ser líder que gerente.

Todos los asuntos relacionados con el desarrollo del liderazgo dentro de las organizaciones han venido creciendo con los años y su popularidad es cada vez mayor, tanto así, que la alta dirección ahora se reconoce y autodenomina “equipo de liderazgo”. Los gurús y grandes oradores del liderazgo son ampliamente solicitados, pues la base fundamental en nuestros días es: "Enseñar cómo conducir organizaciones y equipos para lograr los resultados de negocio”.

De esta industria creciente nacen subproductos como lo es la etiqueta de líder, que ahora puede aplicar para todo el mundo, sin comprender realmente lo que significa y la trascendencia que tiene. Por esta razón la espiral del término ha ido descendiendo y desencantando, pues ahora cualquier persona puede ser llamada “líder”, o se autodenominan así para parecer más interesantes, pero luego nos sorprendemos –conmocionados– cuando no logran liderar.

Sin embargo, es sencillo comenzar a revertir esta triste realidad a través de un lenguaje preciso: dejemos de llamar a la gente “líder” hasta que demuestren que realmente merecen la denominación.

Para ayudar al lenguaje que usamos, haré una serie de distinciones sobre el término:  

  • El liderazgo se basa en el comportamiento y es independiente del rol o rango.

Solo porque alguien tiene una oficina despampanante o un título rimbombante a la entrada, significa automáticamente que tiene la capacidad de liderar. Ciertos cargos pueden venir con la expectativa de que quienquiera que los ostente implícitamente será capaz de dirigir, pero es un error grande, pues he conocido y trabajado con CEOs que cayeron rápidamente por su incapacidad de liderar y muchos líderes que fueron opacados en las profundidades del organigrama.

  • "Líder" es una investidura ganada, no tomada.

El Dr. Leonard Marcus, co-director y fundador del “National Preparedness Leadership Initiative” NPLI, defiende lo que él llama la definición más corta del mundo sobre el liderazgo: “La gente te sigue”. No importa cómo una persona se autonombre, ésta no está dirigiendo si nadie le sigue, el liderazgo es tanto de a quién seguir y quienes te siguen.

  • El liderazgo es más sobre el por qué que el qué.

Las personas que llevan a cumplir los números trimestrales y objetivos de producción son quizás grandes gerentes y merecen ser recompensados, pues es un reto hacer las cosas y hacerlas bien. Pero no siempre viene acompañado de empleados satisfechos, pues cuando no se profundiza en descubrir quiénes están detrás de esos números, los buenos resultados serán temporales.

Cuando los empleados están implicados con el propósito y la misión de la organización descubriremos quienes están liderando realmente. Por ello, la dirección y el liderazgo deben ser habilidades complementarias; los líderes fuertes saben, al menos un poco, sobre cómo dirigir y los gerentes fuertes saben algo acerca de cómo liderar.

Parece simple el juego de términos, pero traducirlos en el día a día es más difícil de lo que parece, un líder tiene su atractivo para los demás y tiene claro su referente aspiracional, eso le permite trabajar en contextos privados, públicos y de sectores sin fines de lucro. Estas características son las que lo vuelven “tan seductor”, pero una vez que el líder logra seducir y convencer, tiene la “facultad” de romper el corazón de sus seguidores si no se conduce adecuadamente.

No importa lo difícil que suene detener esta ola. Debemos dejar de llamar a todo el mundo líder, podemos llamarlos, ejecutivos, funcionarios de alto rango o altos directivos, hasta que se ganen realmente el apelativo. Esos apodos salvarán sus egos y darán reconocimiento de sus roles, pero reservemos la designación significativa de líder para aquellos que decidimos seguir de verdad. Quizás, incluso sobre aquellos que aspiran a ser líderes, para que trabajen duro para ganar el título.

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