Opinión

  • | 2016/06/23 00:01

    De empleado a competidor

    Nadie renuncia porque sí. Conozco muy pocos, cada vez menos, que se dejaron tentar sólo por el dinero cuando estaban siendo parte de algo grande y trascendente en donde se les sintiera valorados. ¿No será que llego el momento de cambiar?

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Hace poco tuve una amable discusión con uno de los más ilustres empresarios nacionales que en un foro en el que éramos ponentes calificó a las nuevas generaciones, con cierta nostalgia y mucha vehemencia, de inestables y poco comprometidos: “Uno los recluta, los entrena, los hace crecer y después por tres pesos se cambian de empresa”.

No lo culpo. Si bien, lejos está de la realidad actual del mercado, la generación de los Baby Boomers, sean estos emprendedores o ejecutivos, creció en un mundo en donde la empresa era esa gran familia en donde la vida se construía alrededor de la organización.

Era una época en donde se exigía paciencia para crecer lentamente dentro de la empresa, aceptando paulatinamente los diferentes roles y oportunidades que esta brindaba; en un  mundo más limitado en  oportunidades laborales que demandaba una gran paciencia para ir escalando a pesar incluso de periodos largos de desazón y falta de motivación que se aceptaban en pos de un futuro mejor.

En ese mundo mirar al lado era traición a la patria. La fidelidad hacia parte de los valores corporativos exigidos, y el conocimiento era un activo de la empresa no del individuo, que por supuesto tenía consecuencias incluso judiciales para aquellos que osaban llevarselos para beneficio bien sea de la competencia o de sí mismos.

El mundo actual, para bien o para mal, simplemente  es diferente y las nuevas generaciones traen en su ADN una estructura de valores que se distancian radicalmente de ese pensamiento. La empresa, por estable e interesante que sea, ya no es un destino sinónimo necesariamente de largo plazo. El conocimiento es público, y por lo tanto esta nueva generación siente no sólo que deben tener acceso a toda la información y conocimiento interno, sino que además lo consideran como propio una vez tienen acceso a él.

El mundo corporativo actual, ese que además publicita en los medios sus reorganizaciones “dejando ir” muchas veces de manera masiva a sus más cercanos colaboradores, es volátil, dinámico, cambiante e inestable. Quienes quieran sobrevivir en él, se asumen no como un activo de la empresa, sino como parte de un proyecto las más de las veces temporal, cuyo compromiso y lealtad  tiene un marco contractual que se exige necesariamente como mutuo.

En este mundo, difícil, retador y definitivamente emocionante, el ser humano no sólo anda en búsqueda de un espacio que viabilice su existencia, anda sobre todo en búsqueda de sí mismo. El trabajo ya no es como antes un fin último sino un medio que les permita encontrar un espacio en donde se alineen talentos y pasiones, y lo más importante en donde encontar finalmente esa tribu en donde todos vibren con la misma nota.

La ciencia organizacional hoy, es la ciencia de mezclar en cantidades adecuadas un proyecto trascendente, un ambiente adecuado y divertido, pero sobre todo donde se logre atraer talento con intereses y pasiones comunes en donde la interacción potencie no sólo el resultado sino sobre todo el aprendizaje conjunto.

Esta nueva generación, con todos los defectos que pueda tener (defectos simplemente distintos a los nuestros), está cambiando el mundo y con todo el respeto por mis congéneres de la Generación X y por la generación de mis mayores, está peleando por un mundo mejor.

El mundo de la inclusión, de la diversidad, de la innovación, del respeto por el medio ambiente; el mundo de la justicia social, del acceso equitativo a la educación y el conocimiento; el mundo de la globalización, de la tecnología, ese que tanto asusta a quienes venimos de un antes, es sin duda el mundo de un mejor futuro que esta nueva generación defiende con vehemencia mostrando las heridas de un mundo corporativo que en algunos casos, y de manera torpe, se niega a cambiar.

Con el respecto que me merece este ilustre y exitoso empresario, los tiempos cambiaron y con ellos ha llegado una generación de la que deberíamos estar orgullosos (entre otras nosotros los criamos), no sólo llena de ideas que bien aprovechadas potenciaran nuestros negocios, sino sobre todo con el carácter que se requiere para defenderlas a todo costo.

Nadie renuncia porque sí. Conozco muy pocos, cada vez menos, que se dejaron tentar sólo por el dinero cuando estaban siendo parte de algo grande y trascendente en donde se les sintiera valorados. ¿No será que llego el momento de cambiar?

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