Opinión

  • | 2017/07/04 00:01

    De cara a la muerte

    Y he aquí que la llamada de M me provocó repasar esos últimos días, en los que Kike se apagó para siempre. No le tengo miedo a la muerte.

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La semana pasada recibí un email que me hizo llorar. El mejor amigo de mi esposo (qepd) en la universidad me escribió preguntándome si yo conocía a Enrique y Jorge Kacew. Quería noticias sobre ellos. Cuando terminaron la carrera de Ingeniería Eléctronica en la Universidad de Antioquia, cada uno cogió por su lado.

M, el amigo, se fue a Estados Unidos y Enrique y Jorge se fueron a Israel. Nunca más tuvieron contacto; en esa época no había email. Le contesté diciéndole que Enrique se había casado conmigo y que había fallecido en 2004 de cáncer en el cerebro.

A pesar de que han pasado trece años, me sorprendió mi reacción al email de M. Me puse a llorar, como si estuviera en el primer día de duelo. Hablamos por teléfono y no pude dejar de llorar recordando a Kike. Lo mismo cuando colgamos. Todo el día lo pensé y me invadió la tristeza.

Yo me pregunto siempre si Enrique fue feliz conmigo. Tuvimos dos hijas y un buen matrimonio por 23 años. Murió de 54 años, justo cuando le empezó a ir bien en su negocio. Parecía una burla del más allá: Kike no pudo encontrar trabajo después que pasó los 45 años; ahora se estaba organizando, pero su muerte interrumpió todo.

¿Qué siente una persona cuando le han dictado sentencia de muerte? A Enrique le encontraron un tumor en el cerebro. El resultado de la biopsia dio que tenía el cáncer cerebral más agresivo posible. Glioblastoma Multiforme, sin cura. Le dieron un año más de vida y murió a los trece meses exactamente.

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Kike nunca quiso hablar conmigo sobre la muerte o su enfermedad. Mientras seguía funcional, todo su tiempo estaba dedicado a buscar curas alternativas en internet. Yo sabía que, si hubiera habido una cura alternativa, ese sería el estándar para el tratamiento, pero no le decía nada. Comenzó a tomar toda clase de píldoras “naturales” que le llegaban por correo, hasta que un día tuvo un terrible dolor de estómago que lo mandó a Urgencias en el hospital.

Mis hijas sufrían viéndolo morir poco a poco. La menor se encerró en su habitación y sólo aparecía a las horas de las comidas; no soportaba ver a su padre en esas circunstancias. Leía el libro tibetano sobre la muerte, que decía que la muerte era el comienzo de una nueva vida en el más allá. Con eso se consolaba, su papá trascendería.

Nuestra hija mayor estaba en la universidad en Estados Unidos y nos visitaba en cada ocasión que tenía. Su mejor amigo era su padre. Cuando venía, siempre estaba con su papá aprovechando cada segundo para estar con él.

A Kike se le iba la vida y nosotros, testigos, no pudimos hacer nada, solo sufrir. Fue perdiendo sus facultades. A duras penas podía caminar, el ojo derecho se apagó, pero abierto. Estaba rojo, ya no veía por ese ojo.

Un jueves por la noche, a finales de marzo, nos sentamos a comer con Camille y Kike. Recuerdo que cociné pasta pesto. Enrique le dio la vuelta a los spaguettis en su plato, pero no probó bocado.

Al día siguiente no se quiso levantar de la cama de hospital que teníamos en la casa. Teníamos una cita médica, pero Enrique no quería comer o tomar nada, y no se iba a levantar ese día. Llamé al médico y me dijo que ese era el final. No valía la pena llevarlo a la cita.

Kike dejó de comer y beber. Esa es la manera como la gente muere. Todos los días tenía convulsiones localizadas, especialmente en la boca. Por la quimioterapia los intestinos dejaron de trabajar y no podía ir al baño. Un día tuvo una convulsión después de vomitar excremento que ya no cabía más en su sistema digestivo. Su brazo derecho siguió convulsionando hasta el último día.

Se sentaba con nosotros a la mesa en su silla de ruedas a la hora de las comidas pero no ingería nada. Perdió el control de sus funciones por lo tanto murió en pañales. Había dos enfermeras que venían a bañarlo tres veces por semana. Le gustaba y les sonreía a las enfermeras en reconocimiento.

Tenía alucinaciones, veía letras en hebreo en las paredes y personas sentadas en su cama. Una vez dijo en hebreo “ein ma lahasot”, ya no hay nada que hacer. Después de dos semanas se perdió en la inconsciencia. Era como un animalito en posición fetal, ya totalmente ido mentalmente.

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Menos mal el proceso de la muerte es rápido. La última vez que hablamos fue un jueves por la tarde, nuevamente. Kike abrió los ojos. Yo le dije “Kike ¿estás listo?” y me respondió “una nunca está listo para esto”. “¿Tienes miedo?” Le pregunté y me dijo que no. Yo le dije que las niñas y yo íbamos a estar bien, que se podía ir. Volvió a caer en la inconsciencia.

Al día siguiente, viernes, las enfermeras detectaron que los latidos de su corazón eran lentos, lo mismo que su respiración. A pesar del estado en que estaba, reconoció a las enfermeras y sonrió con alegría cuando las vio. Las extremidades estaban frías porque la circulación estaba deteriorada.

Estábamos en vísperas de la Pascua judía, Pesaj. Perla venía ese fin de semana. ¿Cuándo llega su hija? Me preguntaron las enfermeras. “Esta noche” respondí. “El está esperando a su hija para morir”. Se fueron, a sabiendas de que era la última vez que nos veíamos. Las abracé, llorando agradecida.

Esa noche llegó Perla. Enrique estaba inconsciente. Perla se sentó a su lado y le habló por dos horas.

Sábado por la mañana, 9 am. Cita en la peluquería. Cuando regresé a la casa Kike me estaba esperando a mí. Estaba en su cama de hospital y respiraba con dificultad. Toda la familia estaba su alrededor y cada uno le teníamos agarrado de sus extremidades. La respiración se hacía más lenta. Cerca de las doce y media Kike levantó los brazos, librándolos de nuestra atadura. Le puse un poco de morfina debajo de la lengua para que pudiera morir tranquilo. Un suspiro, otro suspiro y ahí quedó.

Mi reacción fue acostarme en la cama de hospital con él. Mi mamá empezó a llamarnos: “a almorzar, vengan todos a almorzar, hay frijoles”. Llegó la persona de la funeraria y quería hablar conmigo. Yo estaba en la cama con el cuerpo aún tibio.

Al día siguiente fue el entierro. Estábamos retrasadas porque ese día había cambiado la hora. Yo no lo sabía. Fuimos a la funeraria a despedirnos. El cadáver mostraba un Enrique rozagante. Lo afeitaron, lo arreglaron y le dijimos adiós.

Al día siguiente era Pesaj y saqué la caja de Matzah (pan ácimo). Estaba vacía. Camille se la había comido. La vida sigue.

Y he aquí que la llamada de M me provocó repasar esos últimos días, en los que Kike se apagó para siempre. No le tengo miedo a la muerte.

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