Opinión

  • | 2016/10/14 00:01

    Un cuestionamiento ético a la consultoría: ¿son solo lo que facturan?

    Se piensa que los consultores solo hacen lo que el cliente quiere que hagan y se preocupan solo por facturar.

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Me pregunto hasta dónde debe llegar un consultor en su empeño por el cambio de las organizaciones/clientes. Planteado de otro modo: ¿Se atienen solo a lo que pide el cliente o intentan ir más allá para provocar el cambio que creen más necesario?

Hay distintas posturas, algunos muy pragmáticos le dan al cliente lo que pide sin cuestionarse nada más y hacen bien su trabajo si lo medimos por la ecuación: pedido = entregado. Por otro lado, existen algunos más idealistas, que se esfuerzan todo lo posible para conseguir algo con sentido y trascendencia, por mucho que les paguen.

Teniendo en cuenta estas dos formas de trabajar, me vienen a la mente dos preguntas: ¿Qué sucede si al contratar consultores para resolver un problema en concreto, que ayuden a arreglar modelos o sistemas descompuestos, revelan propuestas más eficientes que las que se tienen? ¿Cómo reaccionar cuando una solución vuelve lo insulso más eficaz o responsable?  

Para poder responder debo enfatizar en el valor de la indagación ética durante el proceso de trabajo, en oposición a la ética posterior o la reflexión que se genera tras la ejecución del proyecto. Y pienso que el consultor “tiene que buscar el momento de hacer una pausa y reflexionar sobre lo que está haciendo”.

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Y la mejor forma de reflexionar es planteando preguntas en las que los consultores logren encaminar sus resultados:

  • ¿Para qué sirve este proyecto que nos están pidiendo?
  • ¿Aportamos realmente algún valor?
  • ¿Estamos siendo coherentes con el “yo – social”? (y no solo el “yo – profesional”)
  • ¿Esto perjudica a alguien?
  • ¿Podríamos redirigir la situación para que el proyecto sea más constructivo?
  • ¿Se ha tenido en cuenta el costo social de los consejos técnicamente impecables?

Y planteado lo anterior, sospecho que más de un consultor que me esté leyendo y que este sediento por más proyectos dirá: “que exagerado, es solo trabajo”, a mi juicio hay un exceso de utilitarismo en la profesión que se traduce en consejos como: “si es lo que piden, no va a ser el consultor el que se niegue, si lo van a facturar: hazlo”.

Hay quienes afirman que en una consultoría es típica la práctica de “pienso y hago al mismo tiempo”, evitando la independencia con la que se tienen que producir los dos actos, y que al no hacerlo conduce a resultados nefastos.

“Un consultor de vocación tendría que pensar en el impacto de su trabajo, e intentar siempre buscar sentido de propósito en lo que hace”

Es la actitud crítica y correctiva de un consultor responsable, que piensa sobre el impacto de sus decisiones, significa una escala ética superior de madurez como profesional. No siempre esto se hace, desgraciadamente.

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Y esto describe una situación en la que han caído la mayoría de consultores, sobre todo si son “curiosos” y les gustan los “retos técnicos” (o la plata), que ven una estrategia técnicamente (o financieramente) viable o atractiva y se entusiasman de inmediato, y es solo después de haber logrado el reto técnico que piensan, si lo hacen, en el impacto social y las consecuencias de lo realizado.

La curiosidad “científica” del consultor y su “brillantez técnica”, puede conducirlo a una pereza ética o social muy peligrosa; por esta razón con frecuencia encontramos consultores que producen cosas que no comprenden y que no han pensado oportunamente. Esa mirada exclusiva sobre la técnica es una forma de burocracia, pues solo se preocupan por hacer un trabajo específico sin expandir su impacto.

Un consultor debería mirar más allá del trabajo en sí mismo, que sería no solo el ¿cómo?, sino también el ¿por qué? Evitando así convertirse en simples autómatas, altamente eficientes, que facturan con puntualidad en una cadena industrial sin sentido alguno.

Una cosa es que acepten ejecutar un proyecto que no los ilusione, ni les guste por el simple hecho de ser muy bien pagado y que justifique la “sequía de endorfinas”, y otra muy diferente que trabajen en algo en dirección contraria a lo que su consciencia ética les dicta, que es mucho más importante que su profesión.

Con esto quiero proponer a los consultores una visión más idealista, en la que sean más curiosos por las cosas que los rodean y lo que estas transmiten. Un “materialismo cultural” en el que pocas veces había pensado y a veces solo ignoraba.

Y por eso ahora cobra más sentido la frase que afirma: “la gente puede aprender de sí misma a través de las cosas que produce”, de tal modo lo que hacemos será siempre un buen reflejo de lo que somos.

Así es, consultores, pueden terminar siendo lo que fabrican…y facturan.

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