Opinión

  • | 2016/10/10 00:01

    Construyendo el nuevo acuerdo

    Qué aprendimos y qué errores no deben repetirse para un nuevo acuerdo de paz.

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Nadie parece salir del asombro del resultado, de que a tanta gente no le importara, de que la diferencia fuera tan reducida, de que el lado vencedor resultara sin ningún libreto a pesar de la consistencia con la que se oponía al acuerdo, o de que las declaraciones del gerente de la campaña del No reconocieran que habían tergiversado la realidad, como reacción frente al matoneo oficial por el Sí.

No puede decirse que es el juego democrático, pues la suciedad y la manipulación no pueden ser parte de una contienda de la importancia de la que se trataba, pero la realidad es lo que es, gústenos o no y es necesario sacar de ella lo mejor y permitir que la experiencia no sea infructuosa o improductiva.

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Reflexionando desapasionadamente, algo queda de lo que parece ser una hecatombe que puede contenerse si se obra con algo de lógica, sabiduría y generosidad. Para propósitos de discusión, puede verse lo siguiente:

  • Hoy el anhelo de paz es más claro que nunca, frente a la incertidumbre que quedó con el resultado y un Nobel de Paz. Pero si eventualmente todos queremos la paz, no estamos unidos en los métodos para lograrlo y el costo que queremos asumir.

Reconozcamos entonces que la paz no es un valor absoluto para todos, es relativo y en tal medida subjetivo, por lo que el acuerdo debe plantearse en términos tales que recoja aspectos en los que exista mayor consenso. Resulta obvio, pero no lo es tanto, en la medida que la persistencia en satisfacer aspiraciones individuales solo afecta llegar a acuerdos en temas sobre los cuales hoy existen claros consensos.

  • No puede plantearse un acuerdo que suponga esfuerzos intelectuales excesivos al ciudadano.

Producto de nuestro santanderismo jurídico se creó un acuerdo extenso, farragoso y seguramente dando gusto a las FARC de reflejar allí la justificación de 52 años de conflicto armado, pero al que se pretendió darle carácter constitucional.

Cualquier nuevo acuerdo debería ser simple, sencillo y contener mandatos concretos. Si se quiere dejar constancia de los principios y justificaciones, puede hacerse una biografía posterior del proceso.

Es lógico, sin embargo, que la negociación no arranque desde cero cuando existe una construcción que se rechazó pero sobre la cual hay ya aspectos en los cuales existe consenso, pero si no se resume en mandatos concretos, seguramente habrá demasiadas comas, puntos y palabras que abran mayores debates.

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  • Lo que no es negociable no puede ser parte de las negociaciones. Es un sinsentido iniciarlas buscando lo imposible, no solo desgatará a las partes sino que podría poner en riesgo la valorada estabilidad del orden público actual.

Entendiendo el relativismo de la paz como valor, es entendible que el concepto de “no negociable” sea igualmente relativo, pero hay un parámetro innegable: nadie negocia algo a lo que renunciaría sólo si fuera final y definitivamente vencido.

Dado que no queremos llegar a ese escenario para saber qué es no negociable, hay que ser realistas, ponerse en los zapatos de la otra parte y no olvidar la historia y las experiencias de otras naciones para no perder tiempo en discusiones cuyo final es claramente previsible.

  • Nadie debe olvidar que es imposible tener acuerdos libres de crítica sobre el castigo para quienes delinquieron durante el conflicto. La humanidad lleva miles de años elaborando el concepto de justicia y no existe una regla perfecta si lo miramos desde el subjetivismo sobre lo que es justo o injusto.

En una negociación de paz, sin embargo, donde se confunden los rencores con los deseos de superar el conflicto, la justicia no se basa meramente en el castigo como medio para satisfacer el deseo de justicia, sino en lo que requieren las víctimas, que es sencillamente vivir sin conflicto; y como seres humanos a los que la tragedia ha llenado de humildad, importa más una confesión sincera y la manifestación de perdón, conocer la verdad y ser reparados, que la suerte de los victimarios.

El resultado del plebiscito indica que sólo la grandeza y la humildad que enseñan las víctimas permitirá que no haya motivos para volver a la barbarie.

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