Opinión

  • | 2015/06/24 05:00

    Una aproximación al "Grexit"

    Grecia, un país con 11 millones de habitantes, que representa apenas el 0,30% del PIB mundial y con seis años consecutivos en recesión, parece ser la raíz del miedo en los mercados financieros, a juzgar por la cantidad de titulares de prensa que ha movido en semanas recientes.

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Este país a pesar de pertencer a la OCDE está ubicado en el lugar No. 81 del ranking global de competitividad y ocupa el preocupante lugar 118 en el ranking de eficiencia del mercado laboral en una muestra de 144 países.

Este 30 de junio podría ser un día crucial para Grecia y la Unión Europea toda vez que ante la falta de un acuerdo entre los acreedores (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo y Comisión Europea) y gobierno griego, se configuraría una cesación de pago (default), el cual muy probablemente terminaría en una salida de este país de la unión monetaria que tiene al Euro como moneda única. Este último fenómeno se conoce como el “Grexit”.

¿Cómo se llegó a este punto?

Entre 2000 y 2008 la economía griega registró un rápido crecimiento del consumo público y privado, al punto de llegar a representar el 97% del crecimiento económico acumulado durante este periodo, mientras que la inversión generó apenas el 15% del crecimiento, comparado al 20% del conjunto de países de la Eurozona y, al tiempo, generó una desbalance comercial equivalente a 12% del crecimiento.

Esto significa que Grecia creció gracias a un alto endeudamiento público, aprovechando los bajos costos que implicó adoptar el Euro como moneda, lo que además impulsó significativamente el consumo privado, pero en ese lapso no se atrajo inversión extranjera y, en consecuencia, la inversión doméstica fue insuficiente para crear las condiciones necesarias para sostener el alto crecimiento económico a largo plazo. Por lo tanto, en esta pequeña economía se fue creando un desbalance insostenible que estalló en 2010.

Un primer rescate para evitar el default ocurrió en mayo de 2010 cuando se acordaron desembolsos por 80 billones de euros hasta junio de 2013. La extensión del segundo rescate establecido en marzo de 2012 por un total de 164.5 billones de euros hasta finales de 2014, se encuentra en cuidados intensivos ante la falta de acuerdo entre los acreedores (FMI, BCE y Comisión Europea) y el gobierno griego. En febrero de este año se estableció un término de cuatro meses para que el gobierno griego, elegido en enero, pusiera unas condiciones claras de cómo ajustaría sus finanzas públicas para conseguir una estructura creíble de pagos a largo plazo sobre el rescate otorgado por estos prestamistas y la fecha límite será el 30 de junio.

En Grecia la deuda pública bordea el 175% del PIB, la tasa de desempleo es superior al 25% y a pesar de tener un PIB per cápita elevado (US$26.000), tiene una estructura económica bastante pesada pues gasta más que cualquier otro país europeo en pensiones (17,5% del PIB), mientras la población joven tiene una tasa de desempleo que bordea 50%. Salir de esta dinámica negativa requiere grandes sacrificios, sobre todo en términos de disminuir el alto gasto fiscal, por lo cual la negociación entre las medidas ortodoxas propuestas por los acreedores y las medidas populistas del gobierno griego parece lejano y, por eso, el riesgo del "Grexit" se ha incrementado.

¿Qué esperar?

Con los rescates, el gobierno griego ha podido disminuir el riesgo del sistema financiero interno considerablemente, toda vez que recogió la deuda pública en poder de los bancos, y hoy solamente representa alrededor del 3% de los activos totales. Así mismo, la exposición del sitema financiero global a deudas griegas se ha reducido considerablemente desde 2012, por lo cual el contagio financiero vendría casi exclusivamente por el canal de expectativas.

Una salida del Euro ante el default sería casi inminente puesto que el sistema financiero se quedaría sin el apoyo del BCE y ante la ausencia de Euros, el gobierno tenría que salir a cumplir sus obligaciones con otro medio de cambio. Bajo este escenario, lo que si podría ocurrir es una señal negativa por la posibilidad de que se pueda resquebrajar la Zona Euro si otros países como España donde han venido ganando terreno los partidos populistas con discursos antiausteridad, incluyen este precedente en su discuro político.

El default dejaría sin presiones a los futuros ingresos públicos, pero claramente sin acceso a los mercados financieros internacionales, similar a la situación vivida en Argentina desde 2001. Adicionalmene, la adopción de una nueva moneda implicaría una devaluación que ayudaría al sector transable en el corto plazo, lo cual podría generar un rápido rebote del crecimiento económico. Sin embargo, la baja productividad sería el mayor riesgo para generar un crecimiento económico sostenible sin el apoyo del resto del mundo, especialmente Europa.

Una moneda nueva que reflejará una fuerte devaluación frente al Euro implicaría fuertes presiones sobre el endeudamiento externo privado y sobre la inflación, aún en un escenario de lento crecimiento económico, toda vez que el turismo no será suficiente para sacar flote la economía. La población joven tendrá que ingresar al mercado laboral con menores salarios, mayores impuestos y muy posiblemente mayores costos financieros ya sea por una moneda devaluada o por tasas de interés más elevadas que los países con los que hoy comparte la unión monetaria.

La factura de la baja productividad se traduce en un bajo PIB potencial que genera rápidas caídas de la actividad económica cuando se deterioran los términos de intercambio. Para la muestra basta con observar en nuestro vecindario a economías como Argentina que 11 años después del default y del abandono de la paridad cambiaria mantiene una elevada inflación, pues los gobierno populistas no se preocupan mucho por mejorar la productividad y hacerse más competitivos sino en manetener cautivos unos votos con políticas de gasto que muchas veces es improductivo.
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