Opinión

  • | 2016/04/29 00:00

    La impersonalidad de la red

    Día a día, los avances apoyados en la innovación son cada vez más vertiginosos y dinámicos; los bienes tecnológicos actuales se volverán arcaicos en menos de un año. Una gran parte de productos se crean para agilizar la comunicación entre personas.

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Hoy en día existimos en un orbe globalizado, donde se puede mantener contacto con una persona que se sitúa en otro lado del mundo con sólo usar un smartphone gracias a la tecnología, pero, aunque estos medios se hayan creado con el fin de facilitar la vida a las personas, también han traído consigo ciertos inconvenientes.

La mayoría de los individuos estamos dilapidando el contacto personal y nos concentramos con más fuerza hacia el mundo cibernético. Esto lo observamos en cualquier restaurante, concierto, centro comercial o reunión familiar, donde cada uno está más preocupado por mantener contacto con otros, en vez de enriquecer las relaciones con los seres que tenemos cerca. Existe un notorio problema con respecto a la comunicación interpersonal cara a cara, ya que ponemos por encima de eso a las comunicaciones electrónicas y virtuales, las cuales no cuentan con el sentido del tacto personal, y nos impersonalizan, ya sea en las relaciones afectuosas, de trabajo o negocios.

Las redes sociales han modificado la forma en que nos relacionamos. Podríamos analizar las repercusiones positivas y negativas, del uso y abuso de las nuevas tecnologías que nos han habituado a términos como Facebook, Twitter, WhatsApp, LinkedIn, e-mail o Skype, por mencionar unos de tantos. Todos ellos están asociados al uso generalizado de computadoras, tablets y terminales móviles cada vez más avanzados que viabilizan una increíble velocidad en las comunicaciones interpersonales, haciéndolas tan eficaces, como si los interlocutores estuvieran juntos en una misma habitación, aunque se encuentren a miles de kilómetros de distancia. Gracias a la red informática, millones de individuos podemos subscribirnos hoy a servicios y a pasatiempos, así como pertenecer a colectividades hasta hace poco impensables para la gran mayoría, y “compartir” gustos y afinidades.

Quitando el juicio de valor en que si éste fenómeno innovador es bueno o malo, es muy cierto que nos convertimos sin darnos cuenta en esclavos tecnológicos que desperdiciamos los momentos de interacción humana. Un apretón de manos, un beso, un abrazo, un fonema, una caricia han sido reemplazados por emojis, gifs y mensajes con dudosa ortografía. Las otrora bien recibidas y especiales cartas a mano o las sutiles pero decididas llamadas han sido reemplazadas por mensajes de voz grabados, por SMS insulsos y “likes” a doquier.

Lo imprudente es que, lo que nos ha auxiliado a renovar nuestra comunicación nos ha disgregado como humanos. Muy poco nos llamamos y menos nos reunimos, tenemos casi que por obligación ilustrarnos en un nuevo lenguaje, el de los chats y e-mails, y así enfrentamos día a día nuestras relaciones y negocios. Y sí, es un nuevo idioma, pues tenemos que instruirnos para interpretar lo que nos están diciendo y en qué tono no lo dicen. Es muy diferente decir hola personalmente o por teléfono, donde podemos escuchar la tonalidad de la voz, a decir hola por un chat, donde no sabemos si hablamos con un interlocutor enfurecido. Nos conectamos para desconectarnos.

A la hora de hacer negocios, una buena conversación persona a persona puede ser la clave para cerrarlo; la mayoría de las firmas le dan más importancia a técnicas de marketing, cursos de ventas, o estrategias de publicidad, sin ponerse a pensar que una charla amigable con puntos en común o un adecuado lenguaje corporal con un posible cliente o socio, puede ser una herramienta ventajosa para transmitir seguridad y confianza, lo que hace más fácil los intercambios.

Es difícil llegar a pensar que las relaciones interpersonales que se originan a través del uso de redes son útiles para que sintamos plena seguridad, tampoco para nuestra supervivencia, aumento de autoestima o felicidad, ni para generar el vínculo de apego que directamente se asocia a la necesidad congénita del ser humano a agruparse para sentir bienestar.

Estas experiencias nos dan a conocer el poder que tiene la tecnología en la mente de cada uno de nosotros. No es cierto decir que la tecnología es mala para la sociedad (todo lo contrario), pero sí lo es que si la tecnología nos sobrepasa, y si excede nuestra capacidad de entendimiento, terminaremos por ser una raza ermitaña.

Y aunque se le atribuya a Albert Einstein la frase: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad, el mundo sólo tendrá una generación de idiotas”, internet me dice que no podré comprobar fácilmente la veracidad de la autoría de la misma, como no podré saber, si no lo tengo al frente, si le fue útil o no lo que leyó estimado lector.

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