Opinión

  • | 2016/03/09 00:01

    Colombia antes y después del petróleo

    Este es un breve repaso de la historia del crecimiento económico colombiano y sus principales características para evitar aquella frase: “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”.

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El pesimismo reinante sobre la evolución de la economía colombiana en medio de un enrarecido ambiente político en el país y dados los escasos márgenes de maniobra fiscal y monetario, dan la sensación de incapacidad de la economía para sobreponerse al impacto de la caída en los precios del petróleo. Al respecto, a continuación realizó un breve repaso de la historia del crecimiento económico colombiano y sus principales características para evitar aquella frase: “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”.

Históricamente en Colombia han ocurrido dos episodios claramente definidos con repuntes significativos en la producción petrolera. Entre 1986 y 1999 la producción nacional de petróleo pasó de menos de 200 mil a 815 mil barriles diarios, en medio de importantes descubrimientos de yacimientos como el de Caño Limón en 1983 (1.250 millones de barriles) y el de Cusiana en 1989 (750 millones de barriles).

Luego de una considerable caída entre 2000 y 2003 hasta 541 mil barriles diarios, el segundo episodio de alto crecimiento en la producción petrolera ocurrió entre 2009 y 2012 al llegar a un nivel de producción de un millón de barriles por día, gracias a la conjunción de varios factores que incentivaron la inversión en este sector como altos precios internacionales del crudo y la creación de la ANH (Agencia Nacional de Hidrocarburos).

Al revisar el comportamiento de la actividad económica nacional medida por el PIB (Producto Interno Bruto) a la luz de la evolución de la producción nacional de petróleo, se destaca cómo antes de que el petróleo fuera un renglón importante de la economía colombiana (1951 – 1985), el crecimiento real promedio anual fue 4,8%. Entre tanto, durante el primer gran incremento en la producción petrolera (1986 – 1999), el PIB creció a un promedio anual de 4,1%, excluyendo el año de recesión (1999). Por último, el ritmo de actividad económica alcanzó nuevamente 4,8% en el periodo comprendido entre 2004 y 2013, durante el cual hubo boom de inversión petrolera y aumentó, nuevamente, la producción a máximos históricos.

Según Luis Jorge Garay (Colombia: estructura industrial e internacionalización 1967 - 1996) en Colombia el proceso de desarrollo e industrialización ha estado sujeto a la disponibilidad de divisas como fuente de financiación del crecimiento a largo plazo; incluso hasta la década de los sesenta el principal generador de divisas fue la exportación de café. Hacia finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta la excesiva dependencia del café para acceder a divisas, condujo al inicio del proceso de promoción de exportaciones (no tradicionales) como refuerzo al modelo de sustitución de importaciones.

De esta forma, los responsables del crecimiento económico del país fueron hasta finales de los setenta el sector agropecuario impulsado por el café y el sector industrial, ampliamente protegido. No obstante, este modelo se fue agotando hacia finales de la década del setenta y comienzos de los ochenta por un alto crecimiento del gasto público y de la deuda externa. Al igual que otros países de América Latina, aunque en menor grado, Colombia quedó inmersa en la famosa década pérdida, aunque a partir de 1986 comenzó la producción de petróleo de los yacimientos de Caño Limón, lo cual convirtió al país en exportador neto de crudo.

Entre 1983 y 1990 el sector de explotación de minas y canteras logró un acelerado ritmo de crecimiento (23,1% anual), de manera que la participación de este dinámico sector en el PIB pasó de 2,2% a 7,3% en el mismo lapso. Luego dicha participación se redujo a un promedio de 4,6% hasta el año 2003 para volver a crecer paulatinamente hasta un nuevo máximo de 11.1% en 2011.

De 1991 a 1997 fue el sector de servicios sociales, comunales y personales, el nuevo protagonista con una tasa de crecimiento promedio anual de 8,2% (doblando el promedio del PIB), lo cual significó un fuerte impulso fiscal al crecimiento económico. Tal dinamismo estuvo acompañado entre 1991 y 1995 por los sectores construcción y financiero que alcanzaron tasas promedio de crecimiento de 8,8% y 6,2%, respectivamente. Este repunte de la demanda interna dio cuenta del alto endeudamiento, tanto privado como público, que terminó en una crisis hipotecaria y financiera en la historia del país a finales de la década del noventa.

Posterior a la crisis de 1999, el sector protagónico ha sido el de construcción al alcanzar un ritmo promedio de crecimiento anual de 8,0% entre 2001 y 2013, aunque entre 2008 y 2011 fue superado por el sector de minas y canteras que registró un fuerte dinamismo (11,4% anual), para luego desacelerarse a la mitad. En consecuencia, el sector construcción pasó de representar el 3,7% del PIB en 2001 al 8,8% en 2013, siendo el nivel máximo desde que hay cifras anuales (1970).

Este último periodo puede resumirse en dos fases: La primera pos recesión local (2001 – 2008), con un impulso inicial del sector construcción para luego observarse un crecimiento relativamente equilibrado de todos los sectores económicos (con excepción del sector agropecuario) que duró hasta la gran recesión en EE.UU. En la segunda fase (2009 – 2014) el sector minero jalonó la actividad económica y se mantuvo el dinamismo del sector construcción, mientras se ha dado un nuevo repunte del sector servicios sociales, comunales y personales, pero los otros seis macro sectores han perdido continuamente dinamismo.

Del anterior recuento es evidente que el café y el petróleo han sido vitales en la generación de divisas, como fuente de financiación de otras actividades económicas. A diferencia del proceso de industrialización que vivió el país con el café hasta finales de los setenta, con la bonanza de recursos que han llegado al país asociados a la actividad petrolera, se han beneficiado los sectores de servicios (privados y públicos), pero con la indeseable consecuencia de no haber logrado consolidarse como base para la innovación tecnológica y el aumento de la productividad, dejando la economía nacional cada vez más dependiente de los ciclos económicos internacionales.

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