Opinión

  • | 2016/04/13 00:01

    ¡Ay hombe!

    Tenemos ritmo para rato. En el 45% de las emisoras del país suena un artista vallenato exitoso, hay casi un centenar de escuelas de formación para acordeoneros y basta con pasear por la 57 con Caracas en Bogotá, para ver que el acordeón, la caja y la guacharaca son el pan de cada día de muchos.

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La cultura en cualquiera de sus dimensiones no es cosa distinta que la celebración de lo que somos, es la expresión y reexpresión constante de nuestra identidad nacional, es el redescubrirnos a través de sonidos, colores, sabores, fonemas, gestos, objetos y diseños; es la tensión constante entre el modernismo y la melancolía, es el negarnos al destino cíclico de morir y guardar la esperanza de la eternidad que queda abierta en el dintel de la ventana de un recuerdo.

No sobrando con ello decir, que Colombia es un país de una riqueza cultural inigualable, en donde las mixturas históricas de pueblos han encontrado en múltiples expresiones no solo caminos de reflexión, sino toda una explosión de creatividad que se dio el lujo de salir de las fronteras, para llegar al mundo entero. Y es que el vallenato ya no es nuestro, así como vino el acordeón de las manos de los contrabandistas, así el sonido de los cuatro aires vallenatos se diseminó por las fronteras contando de manera excepcional los cuentos de una zona de Colombia en donde todo es posible, la música del Valle del Cacique Upar dejó de ser una manifestación de fardo campesino o de baquianos para convertirse en una industria espléndida de grandes carteles, grandes artistas y de miles de millones de pesos al año.

Por las noches de parranda entre pitos de Hohner y voces de juglar, han pasado desde las familias de alcurnia de la lejana Bogotá hasta los más comunes y corrientes Caribes que encuentran en la música que discurre entre la Sierra y el plan melodías para prolongar el jolgorio o compañía para saborear la tristeza. Tanto, que puede decirse que el vallenato goza de democracia, de la capacidad de ser políticamente correcto como el de Escalona o transgresor y vanguardista como el que propone Vives en el “Rock de mi Pueblo” o Chabuco “Caminos de ida y vuelta”.

No basta con decir que el son, paseo y puya son ritmos; no, estamos tras una religión que se profesa bajo un “palo e´mango” cualquiera, desde Punta Gallinas hasta Barrancabermeja y que en los festivales ha encontrado una manera de preservarse tanto en su expresión más conservadora, como en nuevas formas de mantenerlo vivo; entre el 25 y el 30 de abril de 2016 tendremos en Valledupar la celebración de los Zuleta como guardianes del folclor, patrimonio inmaterial de la humanidad, pero al mismo tiempo tendremos a los nuevos exponentes de la parranda defendiendo nuevas vertientes y formas de expresión del mismo, que son capaces de enloquecer a cualquier “millenial” colombiano enfermo de melancolía en Fort Lauderdale o en Frankfurt.

Entonces tenemos ritmo para rato, en el 45% de las emisoras del país suena un artista exitoso del género, desde donde hay conocimiento se habla de por lo menos un centenar de escuelas de formación para acordeoneros, que incluso tienen sucursales en “la nevera”, y basta con darse un paseo por la 57 con caracas en la capital, para darse cuenta de que el acordeón, la caja y la guacharaca son literalmente el pan de cada día de muchos. Es claro que por la tasa representativa de mercado ha caído la importación de instrumentos musicales, pero el poder del vallenato colombiano llegó a las casas fabricantes y ya no deben ser modificados para que suenen como los reyes quieren, sino que vienen con la afinación especifica que ellos necesitan.

En conclusión viva nuestra cultura y si tiene como hacerlo, dese una vuelta por el festival de la leyenda Vallenata; quizá y aunque usted no sea caribe, alguna raíz encontrará o alguna voz lo termine llamando “primo”.
 

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