Opinión

  • | 2016/09/23 00:01

    ¿Por qué nos aterran las preguntas del Dane y no el sufrimiento que generó la guerra a los niños?

    ¿Cuánto dolor en el alma y en el cuerpo les producimos a los niños como resultado de la guerra, de la pobreza, de la exclusión y del abandono? Dolor que la mayoría soporta sin posibilidad de queja, y que los adultos no registramos en las estadísticas y en los sistemas de información.

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Al leer la muy buena columna de Vladdo “Un niño y tres familias”, publicada en el diario El Tiempo me pregunté: ¿cuánto daño hacemos los adultos a los niños con decisiones técnicas o de buena fe —política educativa—, por negligencia y corrupción —caso La Guajira—, y más grave, por acciones que se realizan con intención de hacerles daño a los niños y jóvenes que vienen la mayoría de veces desde la familia o su entorno más cercano —el escenario de la guerra, explotación, maltrato y violaciones—?

El país debe reconocer que para los daños socio-afectivos o emocionales de los niños no hay registro, así como que el subregistro para las acciones criminales es muy alto. En Colombia no conocemos con exactitud qué ha pasado y qué sigue sucediendo con los niños, de manera especial con los más vulnerables. No obstante, el DANE acaba de suspender por presión de algunos padres de familia uno de los pocos instrumentos que permitió conocer esos dolores de los niños con alguna exactitud: la Encuesta de Comportamientos y Actitudes sobre Sexualidad en Niñas, Niños y Adolescentes Escolarizados, ECAS, que se lleva a cabo desde el año 2006. Los resultados han sido tan duros que en cualquier sociedad sería todo un escándalo: según el DANE el 6,2 % del total de niños y adolescentes que han tenido relaciones sexuales, han sido forzados o intentaron forzarlos a tener relaciones sexuales y el 3,0 % manifestó haber recibido algo a cambio de tener relaciones sexuales, según los datos de dicha encuesta realizada en 2014, la ECAS se efectúa desde el año 2006”.

En una columna que escribí a mediados del mes pasado sobre el tema de la cartilla de educación sexual e identidad de género cité datos del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses que traigo de vuelta a colación: sólo en el año 2015 se registraron 26.985 casos de violencia intrafamiliar en Colombia, de los cuales 10.435 casos correspondieron a violencia contra niños, niñas y adolescentes (el presunto agresor correspondió a los padres 32,88% y madres 30,69%). Además, las víctimas de violencia interpersonal alcanzaron para niños (0 a 12 años) y adolescentes (12 a 18 años) 17.509 casos, mientras que los jóvenes son los más afectados, 46.751 casos.

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Así mismo, según el Registro Único de Víctimas, se contabiliza 6.937.205 de desplazados por el conflicto interno desde el año 1985 a 2016, de los cuales 2.150.533 son menores de edad (31%). Además, según el documento de análisis de UNICEF Colombia sobre la situación de la infancia y la adolescencia en el país entre 2010 y 2014 unos de cada tres niños vivían en pobreza. Además, niños y adolescentes de “áreas rurales tenían entre 2,4 y 2,8 veces más probabilidades de vivir en pobreza multidimensional (privación del niño y su familia más allá de su medida monetaria) que aquellos que vivían en zonas urbanas. La situación es más crítica entre personas y hogares en situación de desplazamiento. Al menos el 63 por ciento de hogares que se consideran desplazados viven en pobreza y un tercio de ellos, en pobreza extrema. Aunque es imposible saber con certeza cuántos niños, niñas y adolescentes están vinculados actualmente a grupos armados, se sabe que entre 1999 y 2014 el ICBF asistió a 5,694 niños y adolescentes desvinculados de grupos armados ilegales, (28 por ciento niñas y 72 por ciento niños).”

La violencia y la guerra afecta los procesos educativos, la calidad de la educación y las tasas de aprobación y deserción escolar. Solicito a los lectores sólo imaginar más allá del dolor directo causado a miles de niños, el sufrimiento de aquellos niños o adolescentes que vieron o fueron informados del asesinato, herida o secuestro de uno de sus padres, o la tragedia que significó para los niños entre 5 y 12 años el tener que abandonar la escuela, el entorno donde vivía a sus compañeros de estudio y amigos, para llegar a un nuevo colegio con diferente cultura educativa y nuevos profesores y compañeros. Para no mencionar a los profesores que tenían que explicar por qué unos se iban y otros llegaban, además de mantener o lograr la normalidad en el trabajo de aula y académica con dichos niños. Y después pedimos que los colegios oficiales rindan igual que un privado estrato 5 o 6.

Sin embargo, los anteriores datos, que insisto conocemos a medias (hay subregistro), no han causado reacción alguna de los padres de familia y de manera escasa se menciona el sufrimiento de los niños por la violencia y la guerra en los medios de comunicación. En cambio, en la Encuesta de Comportamientos y Actitudes sobre Sexualidad en Niñas, Niños y Adolescentes Escolarizados del Dane, las preguntas causan estupor y todo tipo de reacciones. Estas preguntas no pueden ser ajenas a nuestra realidad social, a la experiencia de anteriores encuestas, así como a las circunstancias y la realidad de vida de los niños. Esperemos que el DANE ajuste el parafraseo de algunas preguntas y aplique dicha encuesta. No puede haber buena política pública si no conocemos con certeza que está pasando con los niños.

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