Opinión

  • | 2016/09/25 00:01

    Apuestas y encuestas

    ¿Por qué son más acertadas las apuestas que las encuestas? Mucho hemos oído y leído sobre el poder que tienen las firmas encuestadoras (y quienes comunican sus hallazgos) de influenciar la opinión pública y del potencial de manipulación que pueden tener los resultados.

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George Horace Gallup (1901-1984) fue el pionero en desarrollar técnicas de muestreo aleatorio para llevar a cabo, de manera científica, encuestas de opinión pública. Fue el creador de la encuesta Gallup en 1936.

A pesar de la popularidad y la credibilidad de la técnica (y la firma de consultoría e investigaciones) que lleva su apellido, Gallup fracasó en las elecciones estadounidenses de 2004, al anticipar que Kerry sería el ganador de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Sin embargo, los mercados de apuestas acertaron que George Bush sería el presidente en los 50 estados del territorio estadounidense. De hecho, el 91% de los apostadores en Betfair.com apostó que Bush sería el ganador de las postas presidenciales en el 2004, y el 90% acertó en que Obama sería el presidente en el 2008.

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Pero, ¿cómo pueden ser más acertadas las apuestas que las encuestas?

La respuesta es bastante simple.

En una encuesta se aborda al público con una pregunta del tipo ¿por quién va a votar?, una pregunta que implica una reflexión emocional para emitir una respuesta que refleja la intención individual en el momento específico de la encuesta. Es decir, la respuesta es una foto del momento en que se hace la pregunta.

Pero, en el momento de apostar la pregunta es ¿quién cree que va a ganar? Allí la respuesta supone una racionalización y el procesamiento de la información compleja fruto de las observaciones que las personas han hecho de su entorno, como opiniones de sus círculos sociales, datos de encuestas y debates. Al apostar, las personas tienen en cuenta muchas consideraciones y variables, ya es su dinero el que está en juego.

En Estados Unidos existieron mercados de apuestas presidenciales desde 1884 y, desde ese año hasta 1940, los apostadores solamente se equivocaron en una de las 16 elecciones en ese periodo. Fue en 1916, cuando los mercados predijeron que Charles Hughes sería el presidente, pero fue Woodrow Wilson quien ganó las elecciones. 

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Estos mercados electorales se acabaron con la introducción de las encuestas de opinión de Gallup en 1936, por el Instituto Americano de Opinión Pública. Antes de esto, los periódicos estadounidenses publicaban sólo la información que tenían disponible, proveniente de los mercados de apuesta, no de los ciudadanos.

Una vez la opinión fue accesible, los datos probabilísticos del mercado de apuestas de elecciones (un juego de azar, al final) se vieron poco profesionales, sumado a que el hecho de que no se tuviera en cuenta la opinión de “el público” hizo que en muchos estados dichas apuestas se consideraran fuera de la legalidad y de la moralidad.

Sin embargo, con el establecimiento de casas de apuestas por internet como Betfair, Intrade, Iowa Electronic Markets y Paddy Power, reaparecen de nuevo (y con mucha fuerza) los mercados de predicción electoral aunque no son necesariamente regulados.

Como factor adicional están las críticas a las encuestas opinión, y los cuestionamientos sobre su confiabilidad. No sólo hay diferencias sustanciales (y en muchos casos contradictorias) en los resultados presentados por los encuestadores, sino que se cuestionan la calidad de la construcción de las preguntas, la recolección y el análisis de los datos de las encuestas.

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Hay múltiples estudios que formulan recomendaciones para mejorar la calidad de las encuestas de opinión, pues el mayor problema, dicen los académicos, es la ignorancia del público en temas políticos. Entre las recomendaciones se encuentran mejorar la calidad de los cubrimientos por parte de los medios de comunicación, de los debates públicos, aumentar las interacciones cara-a-cara (especialmente en procesos deliberativos), mejorar el acceso a información, y aumentar las oportunidades para la educación cívica. Sin embargo, el éxito de cada una de estas propuestas depende de modificar los incentivos que los políticos, periodistas y los ciudadanos ordinarios reciben por mantener el status-quo.

El profesor de Ciencias Políticas y Comunicaciones, y director de Centro Cline de Democracia en la Universidad de Illionios, Scott L. Althaus, es autor del libro “Collective preferences in democratic politics: Opinion surveys and the will of the people”.

En este libro, publicado en el año 2003, hay un capítulo dedicado a “qué nos pueden contar las encuestas de la opinión pública”.  Para el profesor Althaus, las encuestas de opinión no logran representar los intereses de los ciudadanos en proporción a los números, y por está razón las encuestas de opinión pueden dar datos distorsionados de la opinión pública.

En su libro, Althaus analiza que el problema de las encuestas es tanto de quienes la producen, como de quienes consumen los datos, y sugiere que una solución para aumentar la calidad de los datos en las encuestas de opinión es incluir preguntas de conocimiento político.  El profesor explica que incluir este tipo de preguntas daría información más precisa sobre los aspectos donde pudiera haber más volatilidad en las preferencias colectivas.

¿Quién le apuesta a la encuesta hoy? Actualmente todos quisiéramos tener acceso a datos confiables que reflejaran la posición de un público con convicción, valores, y bien informado, y no al reflejo de una intuición colectiva o al sesgo de querer ganar una apuesta.

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