Opinión

  • | 2016/03/23 00:01

    Aguas de marzo

    La salida de Lula dejo eso que los vecinos llaman “saudade”, le entregó la banda presidencial a doña Dilma Rousseff, con un envidiable 82% de popularidad que permitió pensar que la continuidad era buena y que las vacas gordas seguirían en el hato; sin embargo, la luna de miel terminó.

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En Brasil es así: "cuando un pobre roba va a la cárcel, pero cuando un rico roba, se convierte en ministro"; esta frase se hizo popular de  los labios  de Luiz Inácio Lula da Silva cuando este era diputado federal en la convulsionada Brasil de finales de los  ochentas; en esa misma Brasil que reconocíamos por su fútbol, por el bossa y por la situación política tan compleja que vivía el país en ese momento, pero que después de la dictadura, auguraba transformaciones y nuevas dinámicas democráticas.

Ese mismo Lula, después de dos intentos llegaría a la presidencia, para en ocho años conducir uno de los colosos de América Latina, un gigante que se expondría en el contexto global no solo como un conductor de prosperidad regional, sino también como un ejemplo mundial de transformación y cambio de la economía, dejando así, la mesa servida para asistir a un nuevo club de potencias emergentes conocida como el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica); y construyendo el imaginario de un poderoso en la región, tanto, que dio para que a los Cariocas, casi como únicos en esta zona del planeta, prestaran su casa para en menos de un lustro, recibir dos de los eventos del espectáculo deportivo más grandes de occidente: Un mundial de futbol y unas olimpiadas.

Sí, la salida de Lula dejo eso que los vecinos llaman “saudade”, le entregó la banda presidencial a doña Dilma Rousseff, con un envidiable 82% de popularidad que permitió pensar que la continuidad era buena y que las vacas gordas seguirían en el hato; sin embargo, la luna de miel terminó.

Y con el fin de la luna de miel, empezaron las acusaciones de corrupción, y así como se hablaba de nepotismo, se hablaba de cohecho, de sobornos con el dinero de Petrobras, no sin antes decir, que el astro brasilero Romario meses antes de la inauguración del mundial de Brasil 2014 manifestó que detrás del show había algo que olía a feo y que por ello los retrasos de los que todos fuimos testigos.

Hoy esos mismos retrasos rodean las obras de Rio 2016, hay sobrecostos en la construcción del velódromo, retrasos en el centro olímpico de tenis y de hipismo; y otras tantas obras importantes a medias o fuera de los porcentajes de ejecución que el Comité Olímpico Internacional  esperaba, un panorama desalentador a cinco meses de las justas.

Todo parece que las aguas de marzo, tan bellamente interpretadas por Regis Elina, caminan turbias por las venas de un gigante como Brasil cuando todos esperábamos verlo brillar a plenitud: El sector político destrozado por la corrupción intestina de la continuidad a cualquier precio, la economía ampliamente amenazada y con un decrecimiento de evolución del PIB per cápita en los últimos tres años sin asomo de mejorar, el Zika pone en incertidumbre a las delegaciones visitantes y la inseguridad camina rampante por las playas de Copacabana.

Siendo este el panorama, a la industria del entretenimiento no le resta más que anhelar mejores tiempos para Brasil y que la crisis se supere pronto, básicamente porque como se ha dicho siempre: El show debe continuar.

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