Opinión

  • | 2016/10/12 00:01

    Agotamiento popular y nuevas dinámicas económicas

    El alto abstencionismo en el plebiscito, el triunfo del Brexit, la posibilidad de un triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales en EE.UU. y la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia en Brasil, son síntomas inequívocos de la misma enfermedad.

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El alto abstencionismo en el plebiscito, el triunfo del Brexit, la posibilidad de un triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales en EE.UU. y la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia en Brasil, son síntomas inequívocos de la misma enfermedad: La política tradicional con mandatarios y políticos atornillados en un status quo cada vez más lejano de los intereses y necesidades de la población.

Estos eventos políticos que han caracterizado al 2016, por paradójicos que parezcan, no son casualidad. La democracia mal entendida y exclusivamente interpretada como elecciones populares a través del voto, está comenzando a resquebrajarse, dejando secuelas de falta de legitimidad de los representantes elegidos popularmente y, al mismo tiempo, deteriorando la gobernabilidad.

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Esta situación en algunos casos está llegando al punto de evitar el logro de consensos entre las diversas fuerzas políticas “ganadoras” en los comicios para definir quién gobierna y, en consecuencia,  cuál es el rumbo de países o comunidades. Al respecto, basta con recordar lo sucedido en España que después de diez meses no tiene un líder de gobierno definido e incluso se encuentra ad portas de un tercer llamado a las urnas en menos de un año.  

La llegada o permanencia en el gobierno como fin último del nocivo mercado electoral en que se han convertido las elecciones populares, se manifiestan en descontento popular y dan lugar a la continua aparición de caudillos populistas de todas las facciones (izquierda, derecha, centro) que, generalmente, no cuentan con estructuras políticas y de gobierno sólidas como para adoptar políticas y decisiones de largo plazo. En consecuencia, la toma de medidas inconsistentes con la estructura económica y alejadas necesidades sociales relevantes se vuelven factor común de estos gobiernos autoritarios, con lo cual resulta peor el remedio que la enfermedad.

Este fenómeno que antiguamente caracterizaba a las economías en vía de desarrollo, también se ha hecho evidente en las economías desarrolladas desde la gran recesión (2008) que dio inició a un difícil momento económico que se prolonga hasta la actualidad y aun no muestra síntomas claros de haberse superado. Entre más tiempo pasa es más evidente el creciente descontento de la población en muchos países que al no recibir respuestas efectivas de sus gobernantes derivan en movimientos sociales espontáneos que afectan aún más la gobernabilidad, entrando en círculos viciosos y prolongados periodos de ausencia de respuesta a los problemas de fondo de la sociedad.

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Tan preocupante comienza a ser la crisis de la forma vigente de hacer política en el mundo occidental que los bancos centrales se sienten y manifiestan arrinconados en su capacidad de seguir aplicando política monetaria como única respuesta a la desafiante situación económica, solicitando una respuesta más efectiva y coordinada de la política fiscal que está en manos de los dirigentes políticos.

El fervor nacionalista que aflora en las elecciones presidenciales, los movimientos anti-globlalización y el fuerte rechazo a la migración en las economías desarrolladas son una respuesta fácil pero negativa que termina moviendo las campañas políticas, aunque no permite avanzar en decisiones efectivas de largo plazo para la solución de los verdaderos desafíos que sufre la economía mundial.

Sin embargo, simultáneamente con esta situación, la espontaneidad del libre mercado y de la iniciativa privada traen evidencias de optimismo sobre la capacidad del ser humano para superar las vulnerabilidades derivadas de la gran recesión. Respuestas innovadoras soportadas en la facilidad e inmediatez de las comunicaciones están reconfigurando la forma de relacionarse socioeconómicamente, como es el caso de la economía colaborativa (sharing economy) o el nacimiento de las criptomonedas, ambos fenómenos por fuera de la regulación del Estado.

Mientras los habitantes de muchos países se mantienen a la espera de lo que haga el Estado y los gobiernos para definirles la ruta a seguir como sociedad, la brecha entre desarrollo y subdesarrollo se continuará ampliando a favor, por supuesto, de aquellos países cuyas instituciones culturales, sociales y económicas permiten el libre juego del mercado y de la iniciativa privada. Esperemos que ahora con el revés que significó el plebiscito, no nos quedemos esperando como sociedad a que sean los políticos los que definan nuestro destino.

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