Opinión

  • | 2016/10/03 00:01

    A lo pobre

    Nadie piensa en grande, en el largo plazo, y estamos por ello condenados a vivir a lo pobre.

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Pocos entendieron que la semana que terminó es probablemente una de las más importantes en la historia reciente del país, muestra lamentable de cómo seguimos caminando como una masa dividida por rencores y resentimientos, sin liderazgo, ni visión del largo plazo o de qué queremos ser como nación.

No hablo desde el resentimiento, pues esta columna se escribe el 30 de septiembre y por tanto sin tener en cuenta cualquiera que pueda haber sido el resultado del plebiscito del 2 de octubre, solo es una evaluación objetiva de cómo se llevó el proceso previo y qué experiencias quedan, repito, independientemente del resultado.

La más relevante conclusión de lo que pasó es la confirmación de que aún frente a decisiones tan trascendentales, nuestra clase política carece de discurso alguno y sirve prioritariamente intereses particulares, personalísimos. Fue triste de verdad la división creada con argumentos artificiales entre seguidores de Uribe y Santos distorsionando el alcance real del Acuerdo y empleando la letra menuda para soportar cualquier cosa.

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Los partidos tradicionales no se desmarcaron de la división y no aprovecharon para aclarar cómo coincidía o no el Acuerdo con sus programas o cuál sería la posición de partido frente al tema en el futuro desarrollo del mismo.

Se oyó poco sobre la oportunidad que representa para el país un verdadero estatuto de oposición, precisamente por otra revelación en el proceso: que riñe con la existencia actual de un gran partido único, dividido no por diferencias ideológicas sino por personalismos. O es que hay quien dude que los Uribistas y los Santistas son la misma cosa.

Fue triste la explotación del tema por los precandidatos presidenciales y sus postulantes, que en vez de hacer una aproximación crítica sobre el efecto de la decisión dentro de sus programas, repitieron las mismas mentiras sobre la guerra y la paz y la estúpida estigmatización a quienes pensaban diferente.

Se verificó no solo que los partidos son hoy inútiles para sus propósitos, también que los movimientos civiles tienen una limitada influencia en la opinión, no comunican los intereses de la población. La carencia de estos movimientos fue clave para que los políticos se tomaran la discusión y la empobrecieran con el nivel de sus opiniones.

No hacen parte de la cultura mediática y del entretenimiento. Así, cualquiera haya sido el resultado del plebiscito, la politización del debate y la manipulación al elector tuvieron una muy importante contribución.

Otra cosa que resalta fue la demostración cada vez mas fehaciente de cómo los medios de comunicación han perdido territorio en la opinión frente al avance de las redes sociales. El acceso cada vez más democrático a ellas ha generado un efecto desalentador y es que la ignorancia es hoy la que forma opinión.

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Como diría Gardel, ya no importa si es un burro o un gran profesor, todos tienen derecho a opinar y por el solo hecho de circular en las redes tiene una presunción de veracidad que pocos se molestan en desvirtuar.

No es algo nuevo pues así han funcionado los debates electorales recientes en el mundo, pero en una sociedad que no tiene la educación y el rigor para no comer entero, resulta muy claro el riesgo de manipulación. Riesgo que en efecto se concretó pero que es inevitable a pesar del costo que representa para la sociedad.

Pero lo más destacable en el debate fue la confirmación de que no existe liderazgo alguno en Colombia y que hay un gran vació que está por llenarse.

No se nota sólo en que el gobierno haya a duras penas logrado comunicar las bondades del Acuerdo en los medios que lo permitieron, o en que la imagen del Presidente haya sido el más grande obstáculo para dar credibilidad al proceso, sino en que nadie abordó el tema como una oportunidad única para que nuestra sociedad reflexionara sobre su futuro.

Nadie parece inspirar positivamente a nuestra sociedad y nuestros prohombres son verdaderos figurines mezquinos y sin contenido. Nadie piensa en grande, en el largo plazo, y estamos por ello condenados a vivir a lo pobre. Así nademos en abundancia.

Repito, ese vacío de liderazgo está por llenarse, y se llenará de cualquier manera si no empezamos juntos a soñar en grande.

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