| 2/15/2012 6:00:00 PM

Steve Jobs

David Yanovich.

El legado de un hombre que cambió el planeta.

por David Yanovich

Steve Jobs era un cabrón. Su palabra favorita era probablemente “mierda”, utilizada de manera directa, sin contexto: “esto es una mierda”, “este producto es una mierda”, “este diseño es una mierda”. El cabrón que utilizaba la palabra mierda revolucionó el mundo, y dejó atrás amigos queridos, una familia que lo adora y fundó la compañía más valiosa del mundo.

Después de leer la fascinante biografía de Jobs escrita por Walter Isaacson –que recomiendo a ojo cerrado–, uno se da cuenta de que el liderazgo de Steve Jobs era uno que combinaba la honestidad brutal y una enorme inteligencia con unas ganas y pasión inigualables por cambiar el planeta, y la aplicación de unos principios de vida en todo lo que hacía. Su obsesión por el producto final, por la experiencia del usuario, más que por la plata o la fama, fue lo que finalmente le consiguió las dos.

Con su estilo chocante y pedante, Jobs lograba armar equipos con los talentos más brillantes y lograba que dieran lo mejor de sí mismos; su obsesión por la integralidad y la experiencia del usuario lo llevaron a querer controlar todo de esa experiencia, desde el diseño del producto, hasta el producto mismo y la distribución a través de los Apple Stores; su temprana relación con el budismo y las filosofías Zen lo llevaron al minimalismo y la limpieza, y a la obsesión por los detalles (los productos Apple, por ejemplo, no se pueden abrir. Muchos no tienen tuercas. Todo es un ambiente cerrado y controlado). El diseño adentro era tan importante como el de afuera, y su obsesión por los tableros de chips y conductores es legendaria.

Su pasión por Dylan y los Beatles lo llevó a revolucionar la industria de la música y a situarse en el cruce entre el humanismo y la tecnología. Su capacidad de convencimiento, arrojo y negociación le permitían hacer cosas inimaginables por otros.

Y todo permeó en Apple. Y en Pixar. Y en su vida. Alguna vez dijo que las personas que están lo suficientemente locas para pensar que pueden cambiar el mundo, son las que lo terminan cambiando. Por su legado, uno podría concluir que él era un demente.

Su personalidad era arrolladora. Según el libro de Isaacson, tenía lo que él llama un Campo de Distorsión de la Realidad que le trajo tanto ventajas como problemas. Acomodaba la realidad como más le convenía, según su estricta escala de principios, y lograba que los demás se adhirieran a ellos. Pero también obviaba lo que no quería ver. Y por ello sufrió con su familia, sus amigos y sus empleados.

Muchos pensaron que Steve Job será Apple y, más importante aún, que Apple era Steve Jobs. Si bien es cierto que en el ADN de la compañía está la personalidad de uno de sus fundadores y su CEO durante los últimos 15 años, el legado de Jobs parece haber permeado la compañía. El día de su muerte, la acción de la compañía cerró a US$378,25. Al momento de escribir esta columna, se cotizaba a US$469,10, un incremento de 24%en 4 meses. No es difícil vislumbrar que Apple seguirá obsesionada con sus productos.

Jobs transformó siete industrias: la de computadores personales, cine (a través de Pixar, de la cual también fue fundador), música, publicaciones digitales, telefonía celular, tablets y retail (a través de los Apple Stores).

Visionario. Genio. Y, por supuesto, cabrón.

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