Revista Dinero

Fanny Kertzman

| 8/29/2012 6:00:00 PM

Quieto en primera

Aunque la reforma tributaria sea buena, el trámite en el Congreso es peligrosísimo. Si no hay necesidad de aumentar el recaudo, es mejor dejar esa culebra quieta. Más aún en el tercer año de gobierno y con las tensas relaciones entre el Legislativo y el Ejecutivo.

por Fanny Kertzman

El primer año de gobierno es el momento para presentar una reforma tributaria y salir casi indemne. Hay una luna de miel entre el Ejecutivo y el Congreso. A medida que transcurre el gobierno se vuelve más difícil negociar un proyecto, porque cada vez hay menos que entregar.
 
Lo que se negocie en una reforma tributaria queda labrado en piedra y luego es inamovible. Los privilegios se convierten en lastres imposibles de eliminar. Los congresistas negocian sus intereses individuales a cambio de votos, aun cuando haya un claro conflicto de intereses.

Cuando fui directora de la Dian tuve que tragarme muchos sapos. Durante el trámite de la reforma tributaria de 1998 aprendí lo que era el Congreso. En medio de los debates en la Plenaria del Senado había que conseguir votos de los congresistas, aun cuando estos estuvieran alineados por el gobierno. Me golpeó especialmente el caso de un senador que presentó una proposición, aceptada por el entonces Ministro de Hacienda, para eximir los ladrillos del IVA. Resultó que el congresista tenía una fábrica de ladrillos en Barranquilla.

En otra ocasión un representante a la Cámara por Antioquia y accionista del Deportivo Rionegro, presentó una proposición para mantener las exenciones a los clubes de fútbol. Cuando le reclamé, conociendo mis afinidades políticas, me dijo que Álvaro Uribe también era accionista. Le conté a Uribe, quien llamó furioso al congresista para que rectificara.

Cada vez que se presentaba una reforma tributaria había que darle gusto a Víctor Renán Barco manteniendo una exención del IVA a las terneras de menos de un año. Ese era un favor especial que tenía el Senador, a cambio de la inmensa ayuda que prestaba en todos los proyectos tributarios. Tuve que aceptar la eliminación del IVA a los hoteles porque el Presidente de entonces les había prometido a unos hoteleros la exención, y así se cumplió. Hasta el día de hoy se mantiene ese privilegio. El argumento absurdo era que ello estimularía el turismo, en una época en que Colombia estaba en la lista negra de destinos para viajeros, según el gobierno de los Estados Unidos.

Cada exención, cada hueco en la base del IVA tiene nombre propio. La propuesta inicial de la reforma que tenía lista la Dian contemplaba la ampliación del IVA al universo de productos. Saltó entonces la liebre de la canasta familiar y el Presidente desautorizó a los funcionarios. Esto ocurre durante todas las reformas que se han presentado en los últimos años.

En una reforma tributaria se sabe lo que entra, pero nunca lo que sale. Para pasar una reforma hay que hacer concesiones de todo tipo, por más que haya una unidad parlamentaria en torno al gobierno. De ahí que se presenten tantos huecos en la base del IVA y tantos favores específicos en el impuesto de renta. Una reforma que amplíe la base del IVA y elimine la dispersión de tarifas y las exenciones en el impuesto de renta es el ideal, pero es prácticamente imposible de alcanzar.

Lograr que las personas naturales paguen impuesto de renta sería bienvenido, pero para la Dian el costo de administrar el tributo supera los beneficios que se puedan lograr. De ahí que haya una sobrecarga a las personas jurídicas en este impuesto, lo que va en detrimento del crecimiento y la generación de empleo.
 
En la próxima reforma tributaria, si es que la hay, no es necesario subir tarifas. No se requiere recaudo adicional. La idea es hacer una reforma estructural que uniforme tasas y elimine privilegios, lo cual es bienvenido. Esta debería centrarse también en adoptar las normas NIIF para las declaraciones de renta de las personas jurídicas. De lo contrario, las empresas tendrían que llevar doble contabilidad, tal como ocurría en el pasado.

Pero, aunque la reforma sea buena, el trámite en el Congreso es peligrosísimo. Si no hay necesidad de aumentar el recaudo, es mejor dejar esa culebra quieta. Más aún en el tercer año de gobierno y con las tensas relaciones entre el legislativo y el ejecutivo. Las concesiones tendrían que ser inmensas. Por lo tanto, mi consejo para Juan Ricardo Ortega y el nuevo Ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, es que se queden quietos en primera. Lo mejor es enemigo de lo bueno.

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