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| 6/6/2012 6:00:00 PM

¿Qué pasa con el gobierno Santos?

Lo que parece más evidente es que el mandatario y su equipo han perdido credibilidad.

por Juan Manuel López Caballero

Se oye repetir que el presidente Santos está perdiendo ‘gobernabilidad’. Esto parece ser cierto, pero vale la pena señalar que puede ser algo más grave que los brotes de desunión o indisciplina que aparecen en el bloque de congresistas de la ‘Unidad Nacional’ por el simple deseo u oportunidad que ven los parlamentarios de condicionar su respaldo a las concesiones que obtengan.

Lo que parece más evidente es que el mandatario y su equipo han perdido credibilidad.

La han perdido ante, y por el equipo Uribista, el que además le ha logrado imponer su agenda en los medios. Las cifras que muestran las autoridades respecto a disminución de homicidios, secuestros, ataques guerrilleros, etc. no tiene por qué no ser verdad; pero es poco discutible que la percepción que han logrado crear o transmitir los nostálgicos del gobierno de la ‘seguridad democrática’ es la contraria. Nos encontramos ante un manejo de comunicación o promoción del mensaje que permite que sea posible esa contradicción, pero el resultado en todo caso sí es que no convencen ni las cifras ni los argumentos oficiales.

Pero aún más se ha perdido la credibilidad en los intentos por salirse de esa encrucijada. Tal el caso de la Cumbre de las Américas: al insistir en que fue un éxito, lo que todo el mundo percibe es que se les está tratando de convencer de algo que no corresponde a la realidad; o cuando se muestran las cifras de gastos excluyendo buena parte de las partidas (Presidencia, Fuerzas Armadas, Municipio, etc.) y ante comparaciones que muestran costos inaceptables, se siente que lo que se busca es que la gente ‘coma cuento’.

Incluso el TLC ha generado escepticismo aun entre sectores que hasta hace poco lo promovían con entusiasmo. La agenda laboral que hablaba de asegurar los derechos de los trabajadores no se ha cumplido. La infraestructura adolece de enorme atraso, hay debilidad en la red vial y una ausencia total de ferrocarriles y ríos navegables. Ni siquiera se modernizaron las aduanas ni la institucionalidad encargada del comercio exterior; se han venido disminuyendo los aranceles unilateralmente; y los productores han visto cómo la revaluación acaba con su competitividad. Excepto en el Gobierno, que lo aclama con tanto entusiasmo, las condiciones y el momento en que entró en vigencia este tratado producen más preocupación que satisfacción.

El lanzamiento de las ‘cien mil viviendas regaladas’ también se convirtió en un boomerang: la reacción de todos los analistas fue destacar que era un imposible: económico, por falta de recursos; jurídico, por el tiempo que requerirá el trámite legal; operativo, porque depende de otros actores que no han sido consultados ni involucrados (v.gr. lo que pasa con Petro y Bogotá); inconveniente porque serían más los 3’000.000 de frustrados que los 100.000 premiados; peligroso, por el posible uso politiquero y el riesgo al adjudicar los contratos; en fin, porque simplemente el Ministro de Hacienda tuvo que salir a explicar que podría financiarse, pero aclarando que eventualmente en un programa de 5 o 6 años. Así no se volvió inusual que los subalternos deban contradecir frases del Presidente y menos aún que Santos desautorice lo que ellos dicen (como cuando Echeverry anuncia el IVA a la canasta familiar).

No ayuda tampoco el divulgar datos sobre los recursos destinados a paliar la ola invernal, cuando la mayoría de los damnificados no los ven; ni convence la explicación de que fueron entregados a las autoridades regionales y son ellas las que están fallando. Ni engaña el cuento de la ‘restitución de tierras a las víctimas del conflicto’ cuando ya se aclaró que son titulaciones que corresponden a trámites ordinarios ajenos al conflicto armado.

Con cada programa o presentación, parecen ser más los cuestionamientos que surgen que el respaldo que reciben o la euforia que despiertan. Por eso, cuando salen cifras sobre pobreza o desigualdad, la primera reacción es pedir explicaciones sobre los cambios de metodología o sobre dónde o cómo se justificaría el ingreso que produciría el cambio. Repetir que una es la realidad y otra la percepción solo confirma que poco se cree que en un año 1,2 millones de colombianos cambiaron sus condiciones de vida, y menos que a 674.000 les mejoró sustancialmente su situación porque salieron de la miseria (¿cuántos de los 4’000.000 de damnificados por las tragedias invernales a quienes nos les ha llegado el auxilio estatal en vez de empeorar habrán mejorado?).

O cuando se anuncia la unificación y con ello la universalización del Plan Obligatorio de Salud para igualar los regímenes contributivo y subsidiado, la pregunta automática es con qué dineros y en qué forma se cumplirá ese propósito sin antes dar solución al problema de que el Fosyga tiene quebradas a las EPS, que a su turno tienen quebrados a los hospitales y por eso tienen en quiebra y en huelgas a los diferentes trabajadores del sector.

Ya no se cree en lo que el Gobierno dice, ni se cree que pueda sacar adelante lo que promete; solo el poder burocrático y las conveniencias electorales hacen que en el Congreso cuente el Gobierno con la ‘Unidad Nacional’ como respaldo.

La peor consecuencia de la pérdida de credibilidad es su efecto en cuanto a la posibilidad de una negociación de paz. Esta, que probablemente era –o es– la máxima si no única aspiración de Santos para pasar a la Gran Historia –y que sería lo bueno que nos podría dejar– no solo tendrá grandes dificultades por el lado del establecimiento, sino que es de suponer que también repercutirá en relación a los insurgentes.

Bastante dice la declaración del vocero de los exoficiales de las Fuerzas Armadas al atreverse a pedir la renuncia del Presidente o el llamado a una Constituyente que permita el retorno del Uribismo, planteando como alternativa que las Fuerzas Armadas se tomen el poder (Noticias UNO, sábado 19 de mayo).

Así las cosas, Santos debería definir a qué apuesta: o se mantiene en el pulso con Uribe alrededor de si su continuación de la política de seguridad es un fracaso (con el riesgo de que así pase a la historia, o que perderlo lleve a un Golpe de Estado); o escoge frentear una propuesta de paz negociada, si esa es su verdadera aspiración. Lo que no funciona es jugar en una mesa pensando en ganar en la otra.

Vale aquí citar el magnífico artículo de Natalia Springer (lunes 21 de mayo) recordando cómo la decisión de Mandela y De Klerk de sacar adelante el proceso para acabar el Apartheid superó eventos como ‘cuando la ultraderecha … irrumpió en el recinto en el que se llevaban a cabo las negociaciones con un tanque. Heridos, y arriesgando al máximo sus vidas, los líderes regresaron a la mesa de negociación después de ser atendidos en el hospital, y firmaron los acuerdos’. Mientras el caso contrario sucedió en Ruanda donde: ‘Temeroso de perder el poder e incapaz de neutralizar los sistemáticos ataques de los voceros del ala radical de su propio partido, que permanentemente lo calificaban de ‘traidor’, el presidente paralizó el proceso de paz’; con el resultado que los ‘saboteadores de la paz’ lograron su cometido y el conflicto produjo más de un millón de muertos en cien días.

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