| 7/1/2014 3:15:00 PM

Veleidades totalitarias

Las constituciones liberales y democráticas consagran múltiples valores que son indispensables para garantizar la dignidad humana. Entre ellos cabe mencionar la libertad, el orden, la justicia y la igualdad.

Suele pasar desapercibido que la realización plena y simultánea de estos valores es imposible. Lo es porque los valores últimos, tales como los mencionados, se encuentran en un conflicto irreductible.

Si se garantizara, por ejemplo, la libertad absoluta para que cada uno de nosotros pudiera intentar la realización de sus fines en la vida sin restricción alguna, la sociedad resultante no sería igualitaria; como es fácil imaginarlo, los mejor dotados se impondrían sobre los demás, generando una estructura social altamente jerarquizada.

Y a la inversa: el afán por asegurar altos grados de igualdad, fatalmente conduciría a una sociedad en que la libertad estaría seriamente restringida. Isaiah Berlin, uno de los pensadores más importantes de la pasada centuria, dejó dicho que: “La necesidad de elegir y de sacrificar unos valores últimos a otros resulta ser una característica permanente de la condición humana”.

Consecuencias profundas derivan de este carácter conflictivo de los valores. Menciono tres:

En el acuerdo marco que dio origen a las actuales negociaciones en La Habana se estipuló que, una vez suscrito y ratificado el acuerdo que ponga fin al conflicto, se iniciará la construcción de La Paz, así, con mayúscula. Como la reconciliación final, y, por lo tanto, la solución definitiva de todos los conflictos es una utopía, la paz posible no es nada diferente a la finalización del conflicto armado.

Estoy seguro de que el equipo gubernamental que participó en esa fase de las conversaciones tiene claro el concepto, pero que no le quedó más alternativa que aceptar la postura absolutista –marxista- de las FARC para poder negociar. Ciertas ambigüedades e imprecisiones en los textos son, con frecuencia, indispensables para intentar acuerdos con quienes se encuentran en la orilla opuesta.

En segundo lugar, no hay sistema político distinto a la democracia liberal (o, lo que es lo mismo, el Estado Social de Derecho) que sea plenamente compatible con la preservación de los valores fundamentales. Sin embargo, que ambos valores concurran en ese tipo de organización estatal no significa que se trate de una y la misma cosa. El acento democrático denota el derecho de las mayorías a gobernar; el liberal, al reconocimiento de los derechos que todos tenemos, así seamos parte de la minoría.

Puede haber gobiernos democráticos, en los que, sin duda, las mayorías gobiernan, pero en los que los derechos de las minorías no son adecuadamente reconocidos. La China actual podría ser clasificada como una democracia no liberal; cabe aceptar que el Partido Comunista representa las mayorías aunque evidentemente no garantiza el derecho a disentir.

Es factible también la existencia de gobiernos que respetan al menos algunas libertades ciudadanas pero que no han sido constituidos por el querer de las mayorías. Luego de consolidar su poder por medios horrendos, el régimen de Pinochet en Chile terminó siendo una dictadura benévola que reconocía buena parte de las libertades ciudadanas. Lo mismo podría decirse de la tiranía “liberal” del PRI en México en el siglo pasado.

El punto tercero y último que vale la pena destacar es la difícil armonización del respeto a las libertades ciudadanas con la preservación del orden público; es lo que hace evidente el abanico de opciones por las que han optado las autoridades locales para evitar actos de violencia con motivo del mundial de fútbol. Con notable éxito, Medellín y Barranquilla han desarrollado estrategias pedagógicas y el despliegue preventivo de la fuerza policial en sitios en los que, de acuerdo con la experiencia, podrían ocurrir desmanes.

Bogotá, por el contrario, ha decidido imponer la ley seca durante los días en que ha jugado la selección nacional. De esta manera, se nos ha privado a los habitantes de esta sombría ciudad de uno de los elementos característicos de la fiesta: el consumo de bebidas alcohólicas, salvo en nuestras casas, como si fuera este, por sí solo, y no por el exceso, una conducta merecedora de represión.

Por supuesto, bien podrían las autoridades capitalinas decir que el número de víctimas fatales se ha reducido con relación al primer partido cuando no se había dispuesto la ley seca. Seguramente las cifras serían todavía mejores si se resolviera imponer el toque de queda, o -en el extremo-si se prohibieran las transmisiones por televisión de los partidos. El orden sería total aunque la libertad quedaría aniquilada.

La política establecida por las autoridades distritales no tiene en cuenta el enorme agravio que comportan las restricciones impuestas a las personas que son capaces de celebrar el fútbol con sus amigos en un bar, beber con moderación y abstenerse de agredir a los demás. Los vándalos y fanáticos tienen que ser minoría, tal como sucede en otras partes de Colombia.

A este fracaso en la conciliación de orden y libertad se añade un abuso evidente: las restricciones al tránsito vehicular durante los días en los que juega el seleccionado nacional.

Esta medida es legal cuando pretende racionalizar el tráfico dado el déficit de infraestructura, el exceso de automóviles o la suma de ambas cosas. Privar a quienes poseen automotores del derecho de usarlos por los peligros que ello necesariamente implica debería conducir a su prohibición. Han pasado por alto las autoridades distritales que los excesos de velocidad y la conducción bajo los efectos del alcohol son conductas sancionables, pero que no lo es manejar cumpliendo las normas ordinarias de prudencia, y en los días y horas establecidos.

Los antecedentes opresores del socialismo real son bien conocidos: Lenin, Stalin, Mao, Fidel, Pol Pot, Chávez... Ejemplos que, ojalá, no siguiera la “Bogotá Humana”.


* Presidente Ejecutivo Fasecolda
jbotero@fasecolda.com
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