| 4/25/2012 6:00:00 PM

La ética y el capitalismo

El conflicto entre la fe y la búsqueda de riqueza, según dos autores cristianos, aparecería cuando se pierde el vínculo entre ética y progreso económico, y cuando se confunde este último con la felicidad.

El arzobispo Desmond Tutu –premio Nobel de Paz– y Bettina Gronblom, de la Fundación ‘Not just for Profit’ escribieron conjuntamente lo que se podría llamar una homilía de Semana Santa tratando de definir linderos entre la fe y el afán de lucro. La pregunta planteada sería, por ejemplo, ¿es moralmente aceptable cargar intereses por un préstamo a un pobre? O, simplemente, ¿es incompatible ser inmensamente rico y noble espiritualmente?

Esta es otra forma de referirse al tema de las protestas frente a la Catedral de San Pablo en Londres y en Wall Street, en Estados Unidos, por la indignación contra los bancos y el sistema capitalista. Y su tesis es que no se da incompatibilidad entre la fe y el buscar la riqueza; que aunque mucho se pueden defender las bondades de una vida austera, es natural y bueno buscar las comodidades y satisfacciones que da la fortuna. El conflicto aparecería cuando se pierde el vínculo entre ética y progreso económico, y cuando se confunde este último con la felicidad.

La afirmación central es que el capitalismo por sí mismo no es culpable si esto sucede. Que lo atractivo de la teoría capitalista es que se basa en la libertad, pero como lo escribió Milton Friedman, la de escoger y no la de despojar a los otros.

Lo que contaría no es la tasa de interés que se cobra o el tamaño de la mansión que se habita, sino la forma de relacionarse con los semejantes; a saber, bajo la regla de tratar a los demás como nos gustaría que ellos nos trataran. Por eso lo que se debería buscar es el control para impedir los efectos nocivos de las prácticas empresariales, como los daños al ambiente o el abuso en relación a los trabajadores. La responsabilidad de los propietarios y administradores no es solo la de desarrollar empresas rentables; también cuenta el cómo eso se logra.

Aceptan o destacan estos autores que tan cierto es que el Producto Nacional Bruto de todos los países occidentales ha crecido, como que no lo ha hecho su nivel de felicidad. Y lo explican porque si el único incentivo es acumular riquezas, estaremos condenados a aspirar siempre a conseguir más, o sea, a estar insatisfechos con lo que tenemos.

Ahí es donde entran las propuestas de que solo si se inserta dentro de un marco de ética –ética de los medios pero también de los objetivos– se puede simultáneamente ser potentado y feliz.

Siguen una cantidad de recetas que se resumen en que enriquecerse no implica hacer daño a otros, y que todos podemos lograrlo al tiempo que contribuimos a hacer un mundo mejor y más equitativo.

También coincido en que no hay por qué enfrentar ética y capitalismo, o considerar que quien goza de grandes fortunas es inmoral o nocivo desde el punto de vista del interés público. Sin embargo, a un nivel menos filosófico y sin la connotación moralista, también se me ocurren argumentos de estabilidad social, de conveniencia económica y de orden político que serían condiciones para que esta compatibilidad se dé.

El incentivo capitalista en sí contribuye a que quienes lo sienten tengan tendencia a acumular riqueza; y esto es positivo si se logra mediante la creación de ella, pero indeseable si se busca mediante el acaparar las ya existentes; es decir, mediante el despojar a otros de lo que pudieran tener.

Y no debería haber diferencia porque la gran riqueza –y la gran acumulación propietaria de instrumentos de producción– esté en manos del Estado o de unos particulares. Siempre y cuando ese capital y esos bienes estén cumpliendo la función de generar riqueza y empleo, estarían sirviendo a la comunidad independientemente de a quién pertenezcan. Al fin y al cabo, la capacidad de consumo o de gasto de un individuo es limitado y ante lo que sería una gran fortuna es apenas marginal; y buena parte de sus bienes suntuarios o de la propiedad que ellos concentran son al mismo tiempo aportes a la riqueza colectiva y generadores de trabajo y de ingreso para quienes dependen, pero también se benefician, de lo que con esos capitales se hace.

Dos aspectos pueden convertir en indeseable que la propiedad sea de particulares: uno, el que se den el lujo de que sus activos sean parásitos, que no tenga ninguna función productiva sino se limite a satisfacer la sensación de que les pertenecen y pueden hacer lo que quieran, y en tal caso no exista beneficio alguno para el resto de la población.

El otro es que el uso de esa riqueza –incluso no necesariamente el abuso– se convierte en poder y en capacidad de imponer su voluntad por caminos que no consultan la voluntad general. No hay razón para partir de la base de que el sector privado es más eficiente o menos corrupto que el sector público. La verdadera diferencia reside en que quien está en el sector público supone estar directamente en función de un servicio a la comunidad y para ello es escogido, mientras que lo que ella recibe del privado es solo un resultado colateral, que solo en forma residual o caprichosa se orienta de acuerdo a ese propósito. Que usual y normalmente el interés egoísta motive más que el altruismo es probable, pero muchas veces por lo mismo prevalece el fin que se busca sobre los medios para alcanzarlos –actividades delictuosas–, o incluso el objetivo del beneficio personal se logra a costa del daño colectivo –v. gr. los famosos daños colaterales al medio ambiente–.

En otras palabras, el problema es que, aunque suene a paradoja, el capitalismo es esencialmente antidemocrático pues como forma de acceso al poder sustituye la vía del respaldo de la ciudadanía por la capacidad de acumular riqueza.

Las recetas que proponen los autores citados para corregir o contrarrestar los perversos efectos de un capitalismo sin ética, o sea de la banca tal cual la conocemos, están casi todas imbuidas de buenos deseos difíciles de realizar. Su idea sería que atendiendo solo los síntomas no se cura la enfermedad; que deberíamos comenzar por imponer a los administradores que los recursos que manejan los destinen a la inversión que responde a las responsabilidades sociales y que renuncien a la obsesión por mejores rentabilidades; que los mismos bancos y sus accionistas piensen en el servicio para el cliente, ofreciendo y creando los servicios que le garantizan su beneficio, y no que giren alrededor de la ganancia que les produce esa relación. Y su premisa –que ponen a manera de conclusión– es que en el contexto que ellos ven: “todo el mundo está hecho para hacer el bien… hasta los banqueros”.

Sin ser tan optimista, y en base a que por las consideraciones arriba citadas no es malo que haya ricos, podría sostenerse que no son los banqueros los culpables de las características que se les atribuyen, sino que, por la función que cumple la banca dentro del sistema, en una contradicción parecida a la del capitalismo y la democracia, no podrían existir los bancos si su objetivo fuera el beneficio del cliente o si su razón de ser no fuera explotarlo. En otras palabras, que puede haber banqueros –igual que potentados y multimillonarios– con verdadera naturaleza filantrópica, y que el cambio que se requiere no es de las personas ni es a ellas a quien hay que cuestionar, sino el modelo de Estado y, en consecuencia, la función que debe cumplir el manejo del ahorro lo que hay que reformar.

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