| 4/11/2012 6:00:00 PM

Empleo en España

Empleo en España

La compleja realidad del mercado laboral español y la reforma adoptada recientemente son relevantes en Colombia.

por Alberto Carrasquilla

La tasa de desempleo en la Madre Patria llegó a 22,8% en 2011, cifra que no muestra la dimensión completa de la tragedia. Primero, el asunto se sigue agravando en 2012. Segundo, el desempleo de largo plazo, personas que han buscado trabajo por un año o más, se cuadruplica entre 2008 y 2011, pasando de 552.000 a 2,4 millones de personas. Tercero, hay una importante asimetría por grupos de edad entre 2008 y 2011: los menores de 35 han reducido de manera importante su participación laboral, sugiriendo desaliento, mientras que los mayores de 35 la han aumentado en grado aún más importante, sugiriendo estrechez financiera en los hogares.

El desempeño económico explica, desde luego, parte importante del deterioro. Entre 2008 y 2011, la economía se contrajo en más de 3%, y diversas proyecciones están apostando a que, al menos en 2012 y de pronto en 2013, habrá aún más de lo mismo. Pero también es cierto que hay más factores importantes porque la mala situación laboral española es anterior a la crisis reciente. En los noventa había coqueteado ya con tasas de 20% varios años y solo entre 2005 y 2007, en medio del auge constructor y crediticio, logra exhibir cifras inferiores a 10%. 

Hay, entonces, tres hechos importantes, observables en la última década, que deben ser explicados de manera simultánea. Primero, en tiempos “normales” (cuando el PIB va en línea con su tasa de largo plazo) hay un diferencial adverso a España en materia de empleo. Segundo, cuando la economía crece por encima de su potencial, amparada por la entrada de capitales, la tasa de desempleo española converge rápidamente a la observada entre sus pares de la Eurozona. Tercero, cuando la economía entra en dificultades, el mercado laboral se deteriora de manera más rápida y sustantiva que en el resto. 

La combinación de análisis, explicación y propuestas más completa que he visto de cara a estos tres hechos está recogida en un interesante libro editado por los profesores J.J Dolado y F. Felgueroso, cuyo resumen está disponible electrónicamente. El diagnóstico es sencillo: el mercado laboral adolece, por lo menos de tres problemas. Primero, la dualidad entre trabajadores con contrato permanente (en general, más viejos, menos capacitados y mejor dotados para el lobby) y trabajadores con contrato temporal. Segundo, un esquema de negociación colectiva excesivamente centralizado e incapaz de incorporar las especificidades reales de cada firma, y por ende de cada potencial contrato laboral nuevo. Tercero, los elevados costos que tiene el proceso de emparejamiento entre trabajadores y puestos vacantes, no solo porque al desempleado se le incentivan ineficiencias que merman la intensidad de su búsqueda, sino también porque a la firma se le imponen costos innecesarios a la decisión de llenar una vacante determinada.

Dado el diagnóstico, la propuesta es clara y transparente: para mejorar la situación laboral, es necesario buscar que todos los nuevos contratos laborales sean idénticos, que la negociación en materia de contraprestaciones sea descentralizada y sensible a las especificidades inherentes a cada contrato y que las normas incentiven la búsqueda y la contratación.

Con tino, creo yo, el nuevo gobierno decretó en febrero una reforma laboral que los Diputados aprobaron (sin cambios) en marzo, la cual busca atacar no solamente el componente coyuntural del problema, sino también sus raíces. La reforma, sin duda, moderniza en diversas dimensiones y en grado importante la legislación laboral española y, aunque la partida será muy larga, será parte del regreso a la normalidad.

La enfermedad que padece el mercado laboral español tiene dos características interesantes para el debate en Colombia, otro país de alto desempleo y creciente dualidad laboral. La primera, la enfermedad no solo va en contravía de las buenas intenciones que permean la normatividad vigente, sino que buena parte de la enfermedad se explica, en interesante paradoja, por la confluencia de buenas intenciones. Segundo, la enfermedad tiene costos cada día más grandes, pues convierte la inversión en capital humano en una decisión extremadamente riesgosa, individual y socialmente, con claros y crecientes efectos de largo plazo.

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