| 2/2/2017 12:00:00 AM

El problema no es por ahí

Antes que dictar normas para Uber sería mejor dejar atrás las de los taxis.

Se va agudizando el conflicto entre Uber y los taxistas, con incidentes cada vez más graves, sin que se avizore una solución. Lo que se oye es que las autoridades consideran que el servicio de Uber debe ser “regulado” y que mientras tanto es ilegal. Creo más bien que Uber, no porque sea de tecnología avanzada sino porque es exitoso y efectivo, pone en evidencia graves falencias regulatorias del servicio de taxis.

En efecto, para comenzar es interesante evaluar la forma en que los conductores de taxis son remunerados, mediante un “arriendo” en el que el conductor se compromete con el dueño del carro al pago diario de lo que se llama el producido, para tener derecho a explotar el vehículo; el exceso sobre el producido es el ingreso del conductor. El conductor entonces tiene un ingreso variable, que depende de la buena fortuna diaria para conseguir “carreras” cortas y cercanas, de que no ocurran incidentes, de minimizar los costos de combustible y de que su salud esté “al pelo” para que pueda cumplir su turno normal de doce horas. En seguridad social y vacaciones está librado a lo que él mismo logre ahorrar para descanso y cotizaciones, porque por regla general el dueño del taxi no se entiende con esos temas. Con todo eso no paga impuestos ni de vainas. El efecto de esa peculiar manera de funcionar es que la relación de trabajo que tienen los conductores con los dueños de los taxis podría aguantar alguna mejoría normativa que le diera cierta estabilidad a los conductores y acceso a los beneficios de la seguridad social como cualquier empleado. Pero de eso la ley no se ha ocupado. A Uber se le critica que no se hace responsable de los conductores de los vehículos; en ese caso los de Uber tienen mejores argumentos que los taxistas, pues aquel solo negocia con los dueños de los carros que tienen un negocio propio y no son empleados.

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En segundo lugar, la principal queja de los taxistas proviene de que ellos tienen un capital invertido en el negocio, que no es solo el vehículo, y que los de Uber simplemente salen a la calle a ganar su plata. En eso tienen razón los taxistas, aunque con una precisión necesaria: las normas no les piden a los taxistas más que el vehículo y cumplir ciertas normas de pólizas y licencias especiales de conducción. No obstante, las normas disponen que solamente una cierta cantidad de vehículos pueden prestar el servicio de taxis, con lo cual la oferta está controlada cuantitativamente. Ahí surge un negocio con los cupos, pues cada taxi que tenga derecho a circular no solamente vale por lo que cuesta comprarlo sino por el valor de ese derecho; lo tiene que pagar todo el que quiere comprar un taxi y ponerlo a trabajar. Por ello, cuando vemos por la calle uno de esos “zapaticos”, dense cuenta que no valen lo que cuestan en el concesionario sino varias veces más. Hoy cada cupo pasa de noventa millones. Eso no es ilegal sino el efecto directo de una regulación de la oferta. A mi juicio esa restricción de oferta es anacrónica y, por lo tanto, la solución lógica sería dejar libertad para poner nuevos carros en circulación. Eso le arreglaría la vida a los nuevos taxistas que ya podrían comenzar a nivelarse con los de Uber, pero mataría a los dueños actuales de los taxis que tienen su patrimonio invertido en esos cupos, más que en los carros.

Viene entonces el tercer tema fundamental y es que los taxis tienen tarifa regulada, principalmente en función de la distancia recorrida. De nada vale la liberación cuantitativa si persiste el control de tarifas. Uber, por su parte, tiene precios libres en función de muchos parámetros, incluida la escasez de carros disponibles y nadie se queja por ello. La tarifa regulada era razonable cuando se podía andar en la ciudad y los carros eran bienes escasos. Ahora el parque de automóviles es enorme, aumentando los costos de andar por la ciudad, tanto para los particulares como para los taxis, con lo cual el sistema existente es muy desfavorable para los taxis. Con el costo de los cupos y la menor rentabilidad del negocio de los taxis, disminuye el costo y tamaño del taxi que puede ser rentable operar. Uber no tiene esas restricciones pues simplemente aprovecha ese enorme capital inactivo invertido en vehículos que se mueven poco y cuyo ingreso marginal lo hace muy atractivo.

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Por estos puntos y seguramente otros más, llegó la hora de botar a la caneca la regulación de taxis y concebir una regulación interesante para el futuro, que funcionará un corto tiempo hasta que llegue el automóvil autónomo y dejen de ser útiles tanto los taxis como Uber.

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