| 7/4/2012 6:00:00 PM

Colombia a la luz de la tesis de Vargas Llosa

Como dice el Nobel Peruano, los medios de comunicación masiva han banalizado hasta las noticias y la información. Y Colombia es un excelente ejemplo.

En su reciente libro, Mario Vargas Llosa sostiene que en el mundo todo se ha vuelto espectáculo, que la imagen ha hecho desaparecer la importancia del contenido en todos los campos. Aplica esto a la cultura, a la política y, en general, describe que los medios de comunicación masiva han banalizado no solo lo que se refiere al entretenimiento –con las telebobelas y la farandulización del interés público–, sino incluso las noticias y la información que podrían ser insumos para temas de más trascendencia.

Más que lo original del tema, sí acierta en llamar la atención por lo bien planteado y presentado por el Nobel Peruano. Y tal vez un excelente ejemplo o argumento para ilustrar ésto es el caso de lo que vive Colombia en materia política.

El acceso a la presidencia del Dr. Santos fue ya un caso único en la medida que sin haber tenido nunca ningún liderazgo, votación o seguidores, y sin tener ninguna propuesta o caracterización como orientación o modelo de lo que sería su concepción del Estado y del Gobierno salió elegido Primer Mandatario de Colombia.

La estrategia y la explicación están en haber hecho carrera en o gracias a los medios. Conocida es como anécdota (que corresponde a la realidad) de sus comienzos según la cual Felipe López daba como única instrucción a quien nombraba responsable de la sección de ‘confidenciales’ de Semana que nunca podía pasar más de dos ediciones sin que apareciera un rumor sobre Juan Manuel Santos: que estaba de candidato a la Embajada de Estados Unidos, que sonaba para la presidencia de la Federación Nacional de Cafeteros, que Carlos Fuentes había usado su nombre en una novela, que se inscribía en un curso o que recibía un premio, etc. Y a lo largo de su trayectoria como funcionario no fueron planteamientos económicos o políticos los que lo posicionaron ante el electorado. Por el contrario, fue su falta de ellos lo que permitió trabajar en forma indiferente con gobiernos de ideologías incluso contrarias.

Esto es posible porque la realidad se volvió un ‘reality’. Pero no porque los personajes muestren públicamente su vida privada, sino porque la política se convirtió en un escenario actoral donde la capacidad histriónica de los protagonistas y la imagen que de ellos transmiten los medios vuelven realidad lo que son solo actuaciones y apariencias.

Al haber abandonado la noción de que la política es la confrontación de ideologías, propuestas y programas, y al haber convertido esa actividad en nada más que el manejo de imagen y de relaciones con los comunicadores, llevó a que, como en un grupo de teatro, lo esencial es la armonía entre quienes la conforman para que, independientemente de la obra que monten, logren el éxito y se involucre al público de forma que asuma como real esa ficción que están presentando, y sientan las emociones y reaccionen tal como lo desean quienes las presentan.

Ejemplo puede ser el del ‘caso Colmenares’ que tiene más seguidores que los diferentes capítulos de las series policiacas y forenses que transmite la televisión. O el caso del Senador Merlano, quien en efecto no estaba obligado a pasar la prueba de alcoholemia, y en efecto el general al ordenar a sus subalternos que no podían obligarlo actuó de acuerdo a la ley. Sin embargo, se convirtió en una realidad lo contrario, a pesar de que eso tan es así que fue ese caso el que propició la nueva ley que sí hace obligatorio someterse a esa prueba.

Pero el de la Reforma Judicial rompe cualquier récord: el presidente Santos se rasga las vestiduras y se presenta como el caballero andante que salvará la patria del alevoso ataque de los terribles congresistas. Los jefes de las bancadas se solidarizan con ese gesto y respaldan cualquier vía que lleve a ese resultado. Y son los miembros de la comisión de conciliación los perversos que abusaron de su poder y el ministro Esguerra el ingenuo que se dejó meter goles.

Pero resulta que esta nueva obra no es sino una versión de la misma que llevó a tal situación.

Lo que pudo hacer de irregular la Comisión sería lo que estaba fuera de sus atribuciones; es decir, lo que no hubiera sido aprobado a lo largo de las ocho instancias del trámite legal. Y esto se caería inmediatamente por el control que corresponde automáticamente a la Corte Constitucional. En otras palabras, todo el escenario montado para hundir el Acto Legislativo es necesario solo para lo que desde antes había aprobado todo el Congreso, que había negociado con los Magistrados de las Altas Cortes, y que había votado por instrucción del Gobierno.

Este nuevo escenario es tan discutible e irregular como podría serlo el que llevó al resultado que se pretende corregir. El director de la obra es el mismo (el Presidente); los actores secundarios –o extras – son los mismos (los Congresistas como miembros de bancadas y de partidos que a nadie representan); en últimas, hasta la obra (el amanguale de todos los actores) es la misma, solo se cambian los maquillajes; pero en especial quienes le dicen al público qué calificación merecen los actores son también los mismos (los medios masivos de ‘información’), por eso la obra es buena o mala y los actores son buenos o malos según lo determinen ellos.

Pero cuando el Presidente dice ‘yo respondo’ ¿por qué no responde por el engendro del cual el principal responsable es él mismo? ¿Cómo responde por lo que pierde el país al perder la oportunidad de hacer la reforma? ¿Cómo se nos presenta como solución para sanear un resultado cuya constitucionalidad se cuestiona un camino aún más claramente cuestionable? ¿Cómo se nos presenta como salvador a quien nos sumergió en este pantano?

Este análisis no es para defender la Reforma, ni a los Congresistas, ni a la Comisión de Conciliación. Tampoco para cuestionar al Presidente, ni menos al ministro Esquerra por haber seguido las instrucciones de su jefe. Lo que se trata de destacar es hasta qué punto somos manejados por los medios masivos de comunicación. Y no para opinar sobre ellos, sino sobre un sistema que hace que el mayor poder de todos pueda imponérsele no solo a los otros poderes sino conformar según sus intereses la ‘opinión pública’, y esto sin que sobre ellos exista ningún control. ¿Ante quién son responsables? ¿Por qué el escándalo que hoy promueven no lo revelaron a tiempo? ¿Por qué manipulan hoy la indignación, cuando durante su estudio y sus debates solo señalaban la urgencia de seguir adelante? ¿Por qué compartieron y apoyaron a lo largo del proceso la posición del Ejecutivo de que lo que importaba era sacar una ley y lo secundario sus fallas?

Y no es tampoco una crítica a los individuos que ejercen el poder en y de los medios. Si hoy respaldan al Presidente en su ‘indignación’ y se presentan tan solidarios con él como antes pero para lo contrario, es porque no tienen por qué rendir cuentas a nadie ni ante nadie. Suponen o alegan que su juez es la ‘opinión pública’ pero son ellos quienes la forman y la dirigen. Es el exceso de poder el que es nocivo en sí mismo; no quien lo ejerce. Y por supuesto quien lo tiene y lo ejerce desea y defiende que así sea.

Choca, y con razón, la actitud de Santos de abusar de su poder para presentarse como el salvador ante una situación que él mismo creó; pero ¿no será acaso lo mismo en lo que también andan los medios?


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