| 10/6/2011 10:00:00 AM

Steve Jobs: la vida del que convirtió la tecnología en arte pop

Steve Jobs tuvo una vida plagada de complejidades, frustraciones y rechazos, que contrastan con la genial sencillez de sus creaciones: el iPod, el iPhone, el iPad, cualquier Mac.

Tuvo una vida de artista atormentado, que en lugar de pinceles, vinilos y lienzos encontró el vehículo para su arte en circuitos, chips y pantallas táctiles.

Además, llevó ese arte a los bolsillos de millones. Usted puede no tener ninguno de esos productos de Apple, que han revolucionado la forma de escuchar música o de usar el teléfono celular. Aún así, para atestiguar el legado de Jobs le basta con que use cualquier mouse o cualquier portátil, o que haya visto Toy Story, la primera película completamente animada digitalmente.

El comienzo de todo
En sus 56 años Jobs nunca terminó una carrera universitaria, sin embargo reinventó el mundo de la tecnología unas cinco veces; además de crear dos veces Apple Inc, el gigante informático.

La primera vez que lo creó fue en 1975, en el garaje de sus padres con Steve Wozniak. Comenzaron armando ordenadores a mano, con la plata que obtuvo tras vender su camioneta Volkswagen para financiar la naciente empresa. En 1976 presentaron Apple II, una bella computadora personal que sería el primer ancestro de los actuales laptops. Salió a la venta por US$666.

Tenía entonces 21 años. Había abandonado los estudios de Reed College, Oregón, después de los primeros 6 meses; no le encontraba sentido a que sus padres de clase trabajadora gastaran todos sus ahorros en su carrera. Nació el 24 de febrero de 1955, hijo de una joven universitaria soltera que lo entregó en adopción en San Francisco, California. Creía que debía ser adoptado por profesionales, y había organizado todo para que lo adoptara una pareja de abogados. Al nacer, ellos decidieron que preferían una niña.

Otra pareja ansiosa de ser padres, Paul y Clara Jobs, lo recibieron. Ella era una contadora que no se había graduado de la universidad; él era mecánico automotriz, y nunca había terminado el colegio secundario. Se mudaron con él a Mountain View, California, que eventualmente se convirtió en sede de Silicon Valley, paraíso de la electrónica donde hoy tienen sede las principales empresas tecnológicas. La madre biológica se negó por meses a firmar los papeles de la adopción. Lo hizo finalmente bajo la promesa de que Steve iría a la universidad.

Cuando abandonó las clases, siguió asistiendo a cursos de caligrafía. “Era hermoso, histórico, artísticamente sutil de un modo que la ciencia no puede captar, y yo lo consideraba fascinante”, por entonces no le hallaba aplicación práctica en su vida. Su primer trabajo fue en Atari, una de las primeras empresas de videojuegos. Dormía en el piso de habitaciones de amigos, devolvía botellas de gaseosa para obtener 5 centavos de depósito, caminaba kilómetros para recibir una buena comida en el templo Hare Krishna. Ahorró y se fue a la India “en busca de iluminación”.

El primer boom innovador
A su regreso, y tras la fundación de Apple en el garaje, encontró la aplicación para sus clases de caligrafía y su encantamiento por la estética bien cuidada. El nombre para su empresa evocaba comunas de Oregon que visitó en su niñez, a las que se refería como “huertos de manzanas”. El famoso logo mordido fue en homenaje a Alan Turing, el padre de la informática moderna y que murió en 1956 envenenado con una manzana con cianuro, que no alcanzó a comerse del todo.

En 1980 Jobs presentó la Macintosh, manejada por un mouse y con una pantalla limpia con bellísimos trazos y letras. Si bien no inventó el mouse, rediseñó prototipos previos empleados por Xerox. Lo hizo más ligero y simple, convirtiéndolo en la herramienta que conocemos hoy.

Dos años más tarde la empresa cotizaba en la Bolsa, alcanzaba ventas de US$1.000 millones, entraba al Fortune 500 y Jobs era millonario. Pero en 1985 se veía obligado a abandonar la empresa que fundó, por diferencias creativas con el entonces director ejecutivo, John Sculley. Cedió poder con la libertad accionaria, y los nuevos directivos tenían una visión más corporativa, menos romántica. 

Cuando dejó Apple Jobs fundó otra empresa de computación, NeXT. Entonces dio un paso que cambiaría para siempre el cine. Compró por US$10 millones The Graphics Group, una empresa de animación que pertenecía a George Lucas. La convirtió en Pixar, y produjo Toy Story y Bichos, las primeras películas completamente hechas en computador. Es decir, que Jobs también es abuelo de hitos cinematográficos recientes como Avatar.

La segunda venida
En 1990 se casó con al amor de su vida, Laurene Powell, a quien conoció en la Universidad Stanford y con quien tuvo tres hijos. Luego, en 1997, volvió a Apple, para crearla de nuevo.

La empresa compró a NeXT por US$430 millones, y él ingresó como consultor. Una computadora en forma de huevo y sin puerto para disquetes llegó de su mano, el iMac, que transformó la fortuna de Apple. Y en 2001 se sacó del bolsillo un aparato que contenía miles y miles de canciones, y que sembraría audífonos blancos en los oídos de millones de humanos para siempre: el iPod. Literalmente lo traía metido en el jean.

Desde entonces empezó a reflejar el característico minimalismo de sus productos en su vestir, reducido a un buzo cuello tortuga negro y jeans. Llegaron versiones ‘nano’ y video de su omnipresente reproductor de música, que se alzó como el producto más vendido con una interfaz que lo hacía parecer un juguete.

Pese a las imitaciones, 10 años después conserva el 70% del mercado. Una vez más, la sencillez se mostraba como una obsesión en las creaciones de Jobs, y aparecía como un modo de huir a las complejidades que plagaban la vida.

Le habían diagnosticado cáncer de páncreas en 2004, una forma particularmente rara. Él mismo lo reveló en un conmovedor discurso en la graduación de la universidad Stanford, en 2005. Sintió el aliento de la muerte: los médicos no le dieron esperanzas de recuperación, y le dijeron que le quedaban unos 4 meses de vida. Pero, finalmente, una exitosa cirugía aplazó la ineludible cita.

Así vino la revolución del mercado de telefonía celular con su iPhone, en 2007. Y luego, en 2010, el mundo se rendía a sus pies por la tableta iPad. Transformó para siempre la relación cotidiana con los dispositivos atravesado por una determinación: simplificarla y estilizarla. Curvas sinuosas, diseños orgánicos y fáciles de usar, eran su evangelio.

Los fanáticos de sus desarrollos pasaban noches afuera de las tiendas para ser los primeros en tenerlos en sus manos. No es exagerado afirmar que sus presentaciones, a modo de charlas simplificadas donde aparecía solo ante un gran fondo azul, eran tan esperadas por los devotos de la tecnología como lo son los campeonatos mundiales por los devotos del fútbol.

La salud vuelve a golpear
Cuando la resurrección de Apple la volvía a poner en la cima del mercado informático, la enfermedad de Jobs revivió. Su creatividad se expresaba como genialidad en el terreno de los dispositivos inalámbricos, pero en el campo de la salud era un parroquiano más.

Sí, había sobrevivido al cáncer de páncreas. Pero ya en 2009 había mencionado que su estado de salud era más complejo de lo que pensaba, por lo que tomó una licencia médica. Circularon fotos donde se le veía demacrado, sumamente delgado. Sufrió un desequilibrio hormonal, y requirió un transplante de hígado. En agosto de 2011 se retiró definitivamente de la empresa, y dejó su lugar como presidente a Tim Cook.

Popularizó la tecnología. La hizo bonita, y alcanzó una fortuna de US$7 billones. Con su regreso al campo de las computadoras hubo una explosión de creatividad, que por años pareció enterrada bajo montañas de teclados y monitores obesos. Quienes trabajaron con él hablan de un radical, obsesionado siempre con innovar, intolerante con la burocracia y la repetición, encaprichado con la renovación hasta del más mínimo detalle. Un dios del Olimpo en el universo de los nerds y geeks, esa inmensa minoría que cada vez es más mayoría.

Falleció el 5 de octubre de 2011, un día después de la presentación del más reciente modelo de iPhone, denominado el 4S. Cuando el planeta esperaba un iPhone 5 y elucubraba sobre un nuevo diseño, llegó esta evolución del iPhone 4, con cambios fundamentalmente internos, de software. Algunos creen que el nombre es un homenaje a Jobs, dado que en inglés "Four S" se lee parecido a "For S": Para Steve.

A Jobs muchos lo describen como genio, visionario, gurú, irremplazable. Otros, lo consideran poco más que un charlatán bien rodeado. Lo cierto es que es una figura de esas que aparecen cada cierto tiempo en la historia, revientan los moldes y le cambian la mirada al mundo. Si no cree que él propició una ruptura así, tan solo mire su celular, su reproductor MP3, su computador o una película animada el fin de semana. Hoy estamos en el futuro, en parte gracias a él.

Quizá los golpes, las enfermedades y los fracasos lo llevaron a límites donde el único escape era una gran idea, innovar y construirse un camino. Como a sus ídolos, Bob Dylan y Pablo Picasso, a quienes admiraba porque ambos siempre “estaban arriesgándose a fracasar”. Ellos lograron composiciones musicales y pinturas eternas: obras que nos transmitirán sensaciones como alegría o alivio por siempre, cada vez que las miremos. ¿Él? aparaticos de pantallas táctiles, que harán que todas esas obras, y más, nos quepan en la mano.

Sus palabras sobre la muerte
“La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la muerte es muy probable que sea la mejor invención de la vida. Es su agente de cambio. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Ahora mismo, vosotros sois lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, seréis los viejos”, Steve Jobs, Stanford, 2005.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?