| 10/15/2008 12:00:00 AM

Viaje al pasado

Los colombianos deben tener una mente más abierta para acoger a los extranjeros. Colombia es como China hace 30 años, dice el empresario chino Tommy Tam.

A Colombia le falta “tener una mente abierta y brazos abiertos para acoger a los extranjeros”, dice de una manera refrescantemente franca el empresario chino Tommy Tam, presidente de Ample, una firma inversionista e importadora de vehículos en Bogotá.

A los ojos de este ciudadano chino que se confiesa enamorado de Colombia, el país es en más de un aspecto, parecido a la China de hace treinta años.

Encuentra, por ejemplo, que los puertos y los aeropuertos son particularmente atrasados y en eso basta mirar cualquier medida de competitividad para encontrarle razón.

Una parte del rezago se podría eliminar con la inyección de capital y conocimiento de empresarios extranjeros, pero para eso se requiere que haya una nueva apertura, que esta vez, a diferencia de la del 90, no consiste en reducir los aranceles.

“Hace treinta años un empleado chino ganaba US$3 dólares al mes. El gobierno abrió el país a los extranjeros. Los apoyó e hizo que la operación de los negocios fuera sencilla”, dice. El resultado de esa política está a la vista del mundo en la economía más importante del Asia.

Pero hay otros aspectos que necesitan cambios culturales. El más importante, ser serios en los negocios.

“Los colombianos no tienen mente internacional. Tampoco respetan el trabajo lo suficiente. En la china nunca decimos mañana. Eso no tiene sentido para nosotros”, dice Tam para ilustrar el caso típico para los colombianos que aplazan la entrega de los trabajos ofrecidos. “Tampoco decimos cinco minutos cuando no son cinco minutos”, añade.

Hay otra práctica nacional que enfurece a las personas de negocios extranjeras. “Los colombianos tienen que aprender a ser puntuales. Es el año 2008”, afirma Tan con vehemencia. “Muchos de disculpan diciendo que llegaron tarde por el tráfico. Eso es inadmisible”.

Le parece que hay demasiados festivos y que a muchos nacionales hay que empujarlos para que hagan su trabajo. Todo esto hace que el movimiento empresarial colombiano sea especialmente lento.

Seducción tropical
Tommy Tam en Colombia a pesar de los dolores de cabeza que le producen esos rasgos culturales. En 2004 llegó por primera vez, invitado por la alcaldía de Tuluá. A esa población del Valle llegó en un vuelo desde Bogotá y estuvo tres días siempre custodiado por guardaespaldas. Sin embargo, le gustó tanto el lugar que cambió su pasaje de regreso para quedarse tres días más en Bogotá.

De regreso a China, investigó durante un año las condiciones del país. Encontró que Colombia ocupaba el tercer lugar de la región en población, en extensión y en producción y que su gran lunar estaba en la seguridad.

En 2005 hizo una segunda visita con un grupo de empresarios, entre los que se encontraban los representantes del consorcio que licitó la ampliación del aeropuerto de Bogotá.

En febrero de 2006 decidió finalmente establecer su compañía en el país. “Estoy enamorado de su país. Fíjese que no digo me gusta, digo enamorado”, asegura.

Ahora tiene un negocio de importación de vehículos. Vende desde tractomulas con precios que están entre $159 millones y $179 millones, hasta mototaxis de tres ruedas y carrocería que valen $15 millones. El mercado le parece promisorio. Espera haber vendido 100.000 unidades de este mototaxi en los próximos cinco años. “Es una herramienta de trabajo. De lunes a viernes sirve para conseguir dinero. El fin de semana sirve como carro de familia”, señala.

Comenzó a exportar madera desde el Urabá y avanza en un negocio para exportar petróleo de los Llanos a China.

El amor de Tam por Colombia, como todos los amores, tienen su lado irracional, pero sin duda tiene el espacio suficiente para ver que las cosas pueden mejorar para acercar a Colombia a la China de hoy.

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