| 12/12/2007 12:00:00 AM

Las aspiraciones de Javier Alexander

Javier considera que la educación es la única herramienta que le permitiría mejorar su condición de vida.

Javier Alexander Arboledo es un barranquillero de 24 años de edad que, desde hace 10 meses, se ocupa en oficios varios en un edificio de apartamentos. Vive con sus padres y sus tres hermanos.

Dice que se siente feliz, porque tiene una bonita familia y aunque su salario no es de lo mejor, gana el mínimo, siente que debe seguir aguantando sin renegar. Está tranquilo porque dice que tiene EPS y todas las cosas que manda la Ley; si eso no fuera así, tendría que seguir pidiéndole plata a sus padres hasta para ir al médico.

Su remuneración llega quincenalmente. Gasta cerca de $90.000 en transporte, en usos personales y cosas de aseo, $50.000. Los gastos de la casa se dividen entre él y su padre, quien trabaja en Jardines del Recuerdo y gana el mínimo. Nadie más trabaja en la familia. Su mamá es ama de casa porque no tienen dinero para pagarle a alguien que cuide y esté pendiente de los demás hijos. Javier también tiene otro hermano, un poco menor, que no vive con ellos y puede estudiar gracias a su padrino. Los otros hermanos estudian en una escuela pública.

Javier sonríe y se siente orgulloso porque, como dice él mismo, viven en casa propia. “Vivimos bien, aunque no nos damos lujos para nada. Hacen falta cosas en la casa, pero nunca nos acostamos con el estómago vacío y creo que mi familia también se siente feliz. Lógicamente uno a veces quisiera tener más, vestirse mejor, salir con los amigos, pasear, conocer, pero qué se puede hacer. Uno a veces piensa para qué tanto trabajo si la remuneración es poca y no alcanza, pero no hay que ser desagradecido con la vida, pues todos estamos juntos y sanos, y esa es la base para seguir luchando. Algún día, algún día…”

Los fines de semana prácticamente no se hace nada. En los ratos libres, trata de descansar. El papá trabaja todos los días y descansa cada 15 días, mientras que Javier, trabaja de lunes a sábado, hasta mediodía.

Cuando es quincena compra algo “bueno” de comer para que la señora de la casa, la mamá, lo prepare. Su ideal es estar la mayor parte del tiempo en familia.

“Por ahora lo que si está claro es que hay que trabajar duro para reunir plata y tratar de estudiar algo”, dice Javier, quien terminó el bachillerato y se graduó en un curso de análisis de programación, pero como no hay muchas oportunidades de trabajo en su ciudad, tiene que conformarse con lo que hace.

Este joven costeño soñó con vincularse y pertenecer a la fuerza pública, pero como dice él, hasta para eso se necesita plata y tampoco salió apto, por lo que tuvo que enterrar pronto esa idea.

“Antes de graduamos del colegio, mis padres y mi hermano vivíamos mejor, pero las cosas han cambiado. A nosotros nos daban casi todo, hasta donde se podía, pero ahora a mis hermanos pequeños ya no se les puede dar todo. Yo trato de ayudarles en lo que más puedo, pues a mi papá le toca muy duro”.

Su señora madre trabajaba antes en una panadería, donde duró casi nueve años, luego trabajó en una tienda de comida, pero ahora, debido a los niños y a sus nuevos oficios, tuvo que retirarse para cuidarlos, lo que se vio reflejado de inmediato en los ingresos de la familia.

“Acá todos los días son lo mismo. Sin embargo, yo no le reprocho nada a Dios, pues afortunadamente tenemos nuestra casa y una familia buena. Todos tenemos claro que queremos salir adelante a como de lugar. Tenemos que seguir luchando y en este país uno tiene que acomodarse como sea a las circunstancias”, dice tímidamente Javier.

Y agrega: “El sueño que tenemos todos es ser profesionales algún día, porque estamos seguros de que no sólo en este país, sino en todas partes del mundo, si uno no tiene educación sencillamente no se es nadie en la vida”.

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