| 12/11/2006 12:00:00 AM

La casa de mis sueños

Don Héctor Niño es uno de los quinientos habitantes de Ciudad Bolívar que se han acercado al depósito de materiales La Esmeralda N° 1 a solicitar microcréditos en el corresponsal no bancario de Bogotá, ubicado en el barrio La Candelaria.

Ir a Ciudad Bolívar es toparse de frente con la pobreza. Esa localidad, la número 19 de Bogotá, reposa desordenada sobre los cerros del sur de la capital. La mayor parte de su población vive en las lomas, en casitas a medio hacer de estrato 1 y 2, que a lo lejos parecen retazos de una colcha de mil colores desteñidos. En las laderas de sus montañas, surcadas por calles polvorientas, no cabe un alma más.

Sin embargo, a diario siguen llegando a sus barrios desplazados y personas de escasos recursos, provenientes de otras regiones de Colombia. Por ello, Ciudad Bolívar, que debe su nombre a que El Libertador se refugió en una casa de la zona luego del atentado de 1.828, crece a un ritmo acelerado y a igual ritmo, crece su pobreza.

Precisamente ahí, en esa zona deprimida, atiborrada de gente, llena de invasiones y anillos periféricos de miseria, empezó a funcionar un corresponsal no bancario de Bogotá, el mismo que espera llevar microcréditos a miles de pobres emprendedores que no tienen acceso, por carecer de ‘vida o experiencia crediticia’, a los servicios que ofrece el sistema financiero formal.

Llegué al depósito de materiales La Esmeralda N° 1 a las diez de la mañana como un cliente más buscando información sobre el banco y sus servicios. En el cubículo de Banagrario, ubicado dentro del almacén al lado del mostrador y en medio de toda clase de materiales de construcción, no encontré a nadie.

Una fotocopia pegada en el cubículo contenía la lista de tarifas, que en últimas es una tarifa única de $900 por cada consignación, retiro, consulta de saldo o transferencia de fondos realizada. Otro volante enumeraba la lista de servicios: depósito y retiro en efectivo con tarjeta débito, apertura de cuentas de ahorro y corriente, consulta de saldos, transferencia de fondos con tarjeta débito y entrega de solicitudes de crédito.

Así que le pregunté a una de las vendedoras quién estaba a cargo de la información sobre créditos, quién daba los formularios. Ella, casi sin mirarme, me dijo: “yo no sé nada de eso. El señor del banco, don Eliseo, viene después de las dos de la tarde. Si quiere, hay una planilla, inscríbase ahí, pero sólo si ya tiene un negocio, porque a los que no tienen negocio no les van a prestar nada. Como en diez días la llaman”. Y se fue.

Bibiana Roa, propietaria del depósito de materiales, no estaba ese día de humor para más entrevistas, así que la planilla de inscripción se convirtió de repente en la única fuente de información periodística. No podía creerlo, tenía en mis manos los datos personales de 68 inscritos, datos que en cualquier otro banco serían privados, pero que en éste estaban ahí, sobre el mostrador, a disposición de cualquiera. Con la planilla en mis manos, empecé a leer nombres y direcciones, y anoté las más cercanas al almacén. Así fue como llegué a la casa de Héctor Niño, un caldense de 65 años que se había inscrito el día anterior.

Don Héctor Niño es uno de los 658.477 habitantes de Ciudad Bolívar. Hace 23 años vive, junto con doña Leonor Guauque, su compañera de toda la vida, en el barrio La Candelaria, muy cerca del depósito de materiales La Esmeralda N° 1.

Cuando don Héctor vio la noticia por televisión en el noticiero del medio día se dio cuenta que ese depósito le resultaba familiar. Doña Leonor le dijo “claro mijo, ese es el que queda sobre la 68, ahí abajito”. Así que ni corto ni perezoso fue a que le contaran en qué consistían los microcréditos. Pero le sucedió igual que a mi, nadie le dio razón de nada. No tuvo más opción que inscribirse en la planilla y regresar a su casa sin información y sin formulario.

- Don Héctor, ¿usted ha solicitado préstamos en otras entidades anteriormente?
- Sí, señorita, yo compré esta casa en 1.982 con un préstamo de la Caja de la Vivienda Popular que pagué en diez años. Pero en ese momento sólo me pidieron la partida de bautismo, porque ni registro civil tenía. En cambio ahora piden mucho papel y yo no tengo tantos papeles.
- ¿Y cuánto necesita que le presten?
- Es que señorita, yo tengo un sueño, terminar mi casa, los últimos dos pisos están en obra negra, llevan así más de 20 años. Sólo necesito 5 milloncitos. Por eso anoté todos mis datos en ese papel y guardo la esperanza que el señor Uribe me tenga en cuenta porque ningún banco me ha querido prestar. Es que yo no tengo cuentas ni tarjetas ni nada que se le parezca. ¿Usted es del banco?
- No don Héctor, ya le dije, soy periodista... Y volviendo al tema, ¿usted sí cree que 5 millones le alcancen para terminar la casa?
- Claro que sí señorita, porque con los 5 millones voy a adecuar otro local con su baño y todo, como el que está aquí al lado de mi negocio, ese es mío, lo tengo alquilado por $400 mil mensuales a una señora que vende minutos, claro que en cabinas, no en la calle. Mi plan es sacar del cuarto en donde guardo las películas, un local para alquilar y con esa plata, ir arreglando poco a poco mi casa. Quien quita, de pronto después pueda hasta alquilar habitaciones allá arriba.

En la primera planta de su casa, don Héctor tiene hace 12 años su negocio, la tienda de videos ‘Cine Video El Chispazo’. El local es pequeño y está empapelado de arriba abajo con carátulas de cientos de películas. Las hay de todo tipo, infantiles, de suspenso, drama, acción. Con orgullo y sacando pecho dice: “tengo más de 5 mil películas en VHS, 2 mil 500 en beta y 700 en DVD. Es que toca modernizarse señorita, sino la competencia lo aplasta a uno”.

Las manos manchadas de don Héctor y la tinta de sus uñas me llevó a la siguiente pregunta.
- ¿Usted desempeña otra labor además del alquiler de películas?
- Lo que pasa es que yo no puedo quedarme quieto. He trabajado desde los diez años. Pero ya no vendo cosas como antes que traía mercancía como mi papá que era comerciante. Ahora, además de las películas, reparo chaquetas, venga y le muestro. Llegan así, acabadas, vueltas nada, rotas. Yo les cambio el forro, la cremallera, las remiendo y por último, las tinturo. Por $15 mil las cortas y $25 mil las largas, las dejo como nuevas.

Muhammad Yunus, pionero del ‘sistema de microcréditos para los pobres’ en su país natal, Bangladesh, recibió el pasado 10 de diciembre, en la ciudad de Oslo, el Premio Nobel de la Paz. Yunus cree que la mejor forma de ayudar a la gente a que salga de la pobreza es proporcionándole créditos de montos reducidos para desarrollar sus propios negocios.

Cuando Yunus fundó el Banco Grameen en 1976, Bangladesh vivía la peor de las hambrunas. Hoy día el banco cuenta con más de 6 millones de clientes, 97% mujeres, quienes han podido financiar sus proyectos laborales con microcréditos proporcionados por Grameen. “Los pobres son muy responsables, trabajadores y cumplidos, sólo hay que darles la oportunidad, ese empujoncito que necesitan para salir adelante”, dijo Yunus en una de sus conferencias por el mundo.

Tal vez lo mismo ocurra en Ciudad Bolívar si el programa Banca de las Oportunidades logra su cometido y lleva recursos a tanta gente trabajadora, que como dice Yunus, sólo necesitan de ese ‘empujoncito’ para alcanzar sus metas. Pero para ello, el Banco Agrario debe esforzarse por atender mejor a quienes, con los sueños pendiendo de un hilo, se acercan a ese cubículo ubicado en el depósito de materiales La Esmeralda N° 1, en donde Don Eliseo no suele estar atendiendo aunque sean horas laborales. La gente necesita encontrar respuestas a sus preguntas y no una mano, que indiferente a sus necesidades, les acerque una planilla de inscripción.

Don Héctor sueña con la misma casita con la que sueñan millones de colombianos. A lo mejor, dentro de un tiempo, además de su carro antiguo color rojo intenso parqueado al frente de su residencia, esté allí con su señora, después de toda una vida juntos, 4 hijos y 10 nietos, por fin disfrutando de los 4 pisos de su casa, la misma que compraron hace 23 años y que aún hoy no han podido terminar.

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