| 4/28/2006 12:00:00 AM

El valor real de los indicadores

A veces daría la impresión de que los gobiernos trabajan más para los indicadores que para la gente, y allí comienza a ser relevante la discusión sobre el valor real de los instrumentos que se utilizan y el valor que se les debe dar, dice Francisco Cajiao, columnista de Dinero.com

La educación, como muchos otros campos del desarrollo humano, requiere la utilización de indicadores confiables que permitan verificar el progreso de las políticas que el Estado adelanta para satisfacer las necesidades de la sociedad. De este modo se han ido desarrollando formas de medir los niveles de escolaridad de la gente, los costos que deben asumirse para conseguir objetivos de mejoría en la calidad, las relaciones entre nivel educativo de la población y oportunidades de ingresos. Uno tras otro han ido surgiendo nuevos instrumentos que se suman para conseguir una imagen de lo que se avanza en esta materia en cada país del mundo.

En la medida en que se profundiza en la aplicación de nuevos métodos de análisis, va resultando más claro que la educación es el factor más importante del desarrollo social, sobre todo en una época en que el conocimiento se constituye en el eje central del avance social. El paso de un mundo que durante mucho tiempo fundamentó su economía en la mano de obra no calificada a uno basado en la ciencia y la tecnología, determina nuevas necesidades en el proceso educativo. Hasta hace cuatro o cinco décadas bastaba con que la mayoría de la sociedad tuviera una educación básica que le permitiera el acceso a un universo cultural relativamente restringido, mientras solamente un grupo reducido tenía el control de la tecnología y las actividades profesionales necesarias para el funcionamiento del aparato social. Hoy ese esquema es completamente insuficiente desde el punto de vista económico, y el atraso de unos pueblos con respecto a otros está claramente determinado por el nivel educativo del conjunto de la población.

Los diversos indicadores de los cuales se dispone, permiten verificar hasta qué punto un país está en condiciones de competir con el resto del mundo. Sin embargo, los indicadores, por sí mismos, son incapaces de producir cambios importantes en las políticas educativas. Parecería una observación de Perogrullo, pero infortunadamente no es suficientemente clara para quienes manejan la administración pública. Si bien es indispensable hacer un permanente seguimiento de lo que ocurre en relación con la cobertura del sistema escolar o universitario, con los resultados académicos que producen los estudiantes, con los recursos que se invierten, con el desarrollo de los maestros o con la eficiencia general del sistema, ello no asegura que las decisiones de política que se adoptan sean las mejores.

A veces daría la impresión de que los gobiernos trabajan más para los indicadores que para la gente, y allí comienza a ser relevante la discusión sobre el valor real de los instrumentos que se utilizan y el valor que se les debe dar. Se pueden mencionar una gran cantidad de situaciones: por ejemplo, la obsesión por aumentar la cobertura del sistema al menor costo económico posible, puede ser un objetivo perverso, como ha sucedido en Colombia en los últimos años. Es verdad que se ha creado un significativo aumento de cupos escolares, pero a la vez se han mantenido tasas de abandono escolar tan altas que terminan por contrarrestar el esfuerzo gubernamental con un inmenso costo humano.

Otro tanto ocurre con la obsesión por los indicadores de calidad basados casi exclusivamente en el rendimiento académico de los estudiantes. En primer lugar hay que señalar que la complejidad de evaluar adecuadamente el aprendizaje hace que las pruebas en sí mismas siempre sean poco confiables con respecto a lo que se desea conocer. Este es un problema universal, ya que los avances científicos sobre la forma en la cual aprenden las personas no corresponde a las formas a través de las cuales todavía se imparte la educación. Casi podría decirse que el sistema escolar contemporáneo sobrevive a contrapelo del progreso científico realizado desde los campos de la biología y la neurología. Pero aun asumiendo que las pruebas existentes fueran capaces de medir de manera confiable el desarrollo intelectual, este no constituye sino una parte del proceso educativo que corresponde a la escuela, sobretodo en los primeros cinco o seis años escolares. No es un buen nivel de matemática o de lenguaje el que asegura la calidad de una institución educativa. Esto hace parte de la calidad, pero no menos que la capacidad expresiva de los niños y niñas, la consolidación de una autoestima que les permita ser autónomos y responsables en el marco de una creciente autonomía emocional. Es, sin duda, más importante que los niños y jóvenes aprendan a convivir, a generar relaciones de confianza, a interesarse por los problemas colectivos, a organizarse para el desarrollo de iniciativas surgidas de ellos mismos, a resolver sus conflictos de manera racional y a desarrollar una disciplina de autocuidado, que lograr altos puntajes en pruebas cognitivas.

Los graves problemas de la sociedad colombiana y los retos económicos del futuro requieren hombres y mujeres capaces de reinventar la sociedad y para ello se necesitan espacios donde quepan talentos nuevos, altos niveles de creatividad que usualmente se salen de la norma esperada en las pruebas, interés por asuntos que no hacen parte de los currículos oficiales. Nuestros niños y niñas tienen que aprender a habitar ciudades complejas, a comunicarse en un mundo donde circulan multitud de lenguajes y culturas diversas. Casi nada de esto se refleja en las pruebas ordinarias que hoy día se aplican, pero los padres de familia, los maestros, y los gobernantes parecen estar obsesionados solamente con los resultados de esas pruebas, que aparte de inexactas están muy lejos de decirnos si estamos teniendo éxito en el propósito de formar "buenas personas". Con demasiada frecuencia resultan descalificados niños y niñas muy valiosos porque no son hábiles en el diligenciamiento de pruebas estandarizadas. Desde Einstein y Picasso es frecuente que personas de grandes desempeños intelectuales hayan sido muy mediocres bajo la óptica de las herramientas de evaluación convencionales.

Por esto es necesario seguir avanzando en la construcción de nuevas herramientas que indaguen sobre lo esencial. Herramientas que ayuden a introducir cambios radicales en aquellas políticas que no están produciendo los resultados que se pretenden. Para ello es necesario cambiar también los modelos de evaluación, pues cuando lo que anda mal son los procesos educativos, lo que corresponde es idear nuevas formas de educación que no pueden medirse con los parámetros viejos.
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