| 12/12/2007 12:00:00 AM

El salario de Nieves Orjuela

Nieves vive en el barrio Inglés, en el sur de la ciudad, en una casa con varias habitaciones. Por la suya paga $225.000, incluyendo los servicios de agua y de luz. En esta casa comparte la cocina y el lavadero con los demás residentes. La vivienda tiene alrededor de 10 habitaciones

Nieves Orjuela es una empleada de cafetería y aseo de una empresa de Bogotá, que con el salario mínimo debe alimentar a sus tres hijos, pagar el arriendo y los servicios, dejar para el transporte y sacar, de donde no puede, el dinero para las tareas de sus hijos.

Cosas como el cine, los helados del fin de semana o tomar un transporte para dar una vuelta por el centro de Bogotá son lujos que no puede darse.

Llora cuando recuerda su situación. Su esposo era “un bueno para nada”, dice, que la abandonó para irse a Barbosa, Santander, a vivir con sus papás y trabajar, luego de que en Bogotá “se cansó”, según le explicó, de buscar trabajo.

“No manda nada de plata para la casa, antes de irse vendió lo que pudo y con lo que recogió se fue y me dejó con los niños”, dice esta mujer de 47 años, Tiene dos varones y una niña. Los tres van al colegio.

Nieves vive en el barrio Inglés, en el sur de la ciudad, en una casa con varias habitaciones. Por la suya paga $225.000, incluyendo los servicios de agua y de luz. En esta casa comparte la cocina y el lavadero con los demás residentes. La vivienda tiene alrededor de 10 habitaciones, dos de las cuales son de los dueños de la pensión.

Puntualmente cumple con sus obligaciones. Prefiere no comer a tener que deber, porque la tranquilidad para ella es saber que tiene un sitio donde dormir. Si no tiene para su comida, de donde sea consigue la plata para darle de comer a sus hijos. De vez en cuando alguien le regala para un mercado o le da un dinero extra que le permite respirar un poco. Una tardanza en el pago de su salario es para ella un golpe duro.

Nieves llegó a Bogotá procedente de Espinal, Tolima. Tenía 12 años cuando se aventuró a probar suerte en la capital del país. Empezó como empleada doméstica en una casa de familia, pasó por varios oficios. Desde empleada de una panadería hasta niñera en un jardín infantil. Todo marchaba bien, hasta que resultó embarazada de su hijo menor, Pablito. En ese momento le dijeron en el jardín que no le darían más trabajo.

No supo qué hacer. Contando sólo con la primaria consiguió trabajo como empleada en un centro de copiado de documentos situado cerca al parque de la calle 93 de Bogotá. Eso fue hace ocho años. La agencia de empleo que intermedia entre ella y su empleador le deja libres $390.000 de los $484.500 que debería recibir.

Es sábado por la tarde y en el Inglés se escucha ruido por todas partes. Dos policías pasan en una moto velando por la seguridad de sus residentes. Nieves está en una panadería donde la conocen por su difícil situación. “Antes era peor. Hoy me gano el mínimo. Antes trabajaba medio tiempo y lo demás me lo rebuscaba”, dice.

Su alimentación se basa en granos, arroz, huevos, salchichas, plátano maduro frito. “Se puede decir que en comida me gasto a diario $8.000”. Y ahí comienzan las cuentas apretadas:

Con $390 mil que le quedan debe separar $225.000 para la habitación y los servicios de agua y luz. Pero aparte debe destinar $15.000 al mes para pagar el gas. En pasajes se le van $2.200 diarios, más los $8.000 de cada día. La cuenta por estos dos rubros asciende a $70.000 semanales, es decir, $280.000 al mes.

Sumando sus gastos, Nieves utiliza $580.000 para satisfacer sus necesidades principales. Es decir, el déficit de su presupuesto es de $120.000. Los empleados de la empresa a la que va a veces le dan plata o le colaboran con un mercado, cuando se puede. “Esa plata que me prestan a veces se vuelve un regalo, con esta situación...”.

En ocasiones recurre al reciclaje de botellas y latas de cerveza por las cuales recibe una suma de $2.000 por kilo reciclado.

Todo lo relacionado con Nieves es pequeño. Desde su estatura hasta el lugar donde vive. Mide 1.60 metros. Cocina en la ollas pequeñas, las grandes ni las usa porque no tiene qué poner a cocinar en ellas. “Nunca las saco, permanecen ahí”, dice.

Su pensión está conformada por un espacio que hace de sala, con una mesa pequeña en el centro. Por una ventana el paisaje está conformado por el pasillo que da a las demás habitaciones y el espacio vacío que hay entre el primer piso y el segundo.

La pintura de la habitación es de un azul pálido. Enseguida está el cuarto donde duermen ella y sus tres niños. Ahí está un tocador usado, el armario de segunda y las dos camas. En una duerme ella con la niña, en la otra, los dos varones. Un televisor que sólo deja ver los canales nacionales sirve para entretenerse con las telenovelas colombianas antes de ir a dormir.

Su anhelo es que su hijo mayor, Oscar, que está terminando de estudiar el décimo grado, pueda ingresar a la policía. “A él también le gustaría entrar a la universidad, pero yo no puedo pagarle la carrera”, afirma Nieves.

Ella esperaría que el salario mínimo aumentara y que fuera de 500 mil pesos. “Así no quedaría tan difícil”, señala.



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