| 3/1/2006 12:00:00 AM

El Factor X

Francisco Cajiao, columnista de Dinero.com, explica la desoladora realidad que retrata el programa de televisión Factor X y lo que dice sobre nuestro sistema de educación.

No deja de sorprender al observador desprevenido la multitud que se agolpa en estadios y escenarios enormes, para demostrar su talento en el canto. Miles de personas de todas las edades intentan convencer a un jurado de que tienen eso que en el reality se denomina el Factor X, que es una mezcla de talento, simpatía, pasión y, sobre todo, deseo de ser alguien visible más o menos por arte de magia.

Por las audiciones eternas desfila una variedad inmensa de apariencias que van desde los más desgarbados hasta los más estrambóticos. Gente que hace parte de una cultura que se afana por hallar modas, formas de cantar que intentan los arpegios de los famosos, ademanes francamente repulsivos, canciones que no dicen nada, disfraces que dan ganas de llorar. todas las expresiones posibles de la feúra se dan cita en estos eventos masivos. Entre toda esta infinita variedad de fenotipos y arquetipos algunos logran demostrar que tienen un algo especial que con un poco de entrenamiento y clases de buen gusto, podrían algún día presentarse ante un público exigente e igualmente exótico y convertirse en famosos, ricos y exitosos.

El precio de semejante aventura podría parecer para algunos demasiado alto: hacer el ridículo ante millones de televidentes y recibir unos juicios terriblemente desalentadores después de menos de un minuto de canto, generalmente bajo una situación de nervios y angustia que riñe con cualquier posibilidad de hacer algo bien, haría pensar que la gente que se atreve es verdaderamente masoquista. Pero no siempre se tiene en cuenta que el solo hecho de salir por la televisión y existir por unos minutos ante la familia o ante los amigos ya es una gran ganancia, así no se consiga nada más. Hay gente que está dispuesta a cometer las más grandes barbaridades si con eso consigue superar el anonimato y ser reconocida al menos por unos instantes. Es seguro que muchas de esas presentaciones son esperadas desde los hogares con ansiedad, teniendo listo un aparato de VHS que permita grabar esos instantes de vida pública. Probablemente la grabación circulará después entre conocidos y se repetirá una y otra vez durante años, especialmente si el candidato logra superar la primera ronda.

Muchas cosas pueden decirse de lo que hace aflorar este programa. Hay una tendencia reiterativa de hombrones bien musculados y grandotes que después de su fracaso inicial, y absolutamente obvio, lloran como bebés y piden perdón a su mamá por haber fracasado y haberle dado una frustración más. Hay gente de la calle que sabiendo que nada más tiene que hacer en la vida porque ya el desempleo de años se ha vuelto una ocupación, se colocan en cualquier fila que vean en la ciudad y esperan dos o tres días sin saber siquiera que al final deben cantar. Hay quienes padecen de una autopercepción imposible de entender, pues se ponen energúmenos ante la incapacidad del jurado para reconocer un talento que sólo ellos creen tener. Inclusive hay quien se apareció por allí por indicaciones de su papá y con pinta punk cantó un bambuco tan bien cantado que pasó a la siguiente ronda con una jartera infinita.

Pero atrás de estas apreciaciones y otras muchas que podrían hacerse, hay algo dramático: lo que Cioran llamaba "la tentación de existir", en un país hecho de silencios e invisibilidades. Un país incapaz de crear condiciones para que la gente muestre lo que tiene, exprese lo que siente, y pueda cultivar los dones que la vida le dio. Protagonistas de novela, factor X, cambio extremo y otros tipos de programas similares están substituyendo lo que una sociedad debería hacer de forma sistemática y permanente en sus colegios y universidades. Es en estas instituciones educativas donde debería buscarse cada día el factor X de millones de niños, niñas y jóvenes que podrían acceder al mundo de la ciencia, la tecnología, el arte, la matemática, la literatura o la acción social. Descubrir el potencial intelectual y las grandes habilidades de nuestra gente tendría que ser el factor de calidad primordial, antes que unos números con los cuales se califica la capacidad de repetir correctamente un conjunto de recitatorios que en la mayoría de los casos no tiene ningún significado para los estudiantes. Y para ello hay que meterse en serio en nuevos paradigmas de la educación, es necesario crear condiciones sociales para reconocer a los jóvenes que quieren destacarse en los distintos campos de la vida social, establecer mecanismos de reconocimiento público.

Todo esto constituye el gran reto de una sociedad en la cual parecería que todas las oportunidades están reservadas para unos pocos, generalmente de los más altos estratos de la población. La educación requiere más imaginación, más esmero por las personas, más conocimiento de lo que se está cocinando en la vida de unas nuevas generaciones que sólo ven posibilidades de éxito si acceden a los concursos promovidos por los medios de comunicación, a los desfiles de modas o a los grupos de delincuencia por donde circula el dinero en grandes paquetes de billetes.
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