| 8/1/1995 12:00:00 AM

Diagnóstico sin reserva

¿Como puede un hospital mantenerse financieramente sano en Colombia, si el aestado habitual del sector es de shock deficitario?

AI Hospital Pablo Tobón Uribe, de Medellín, no Ale ha nacido gemelo. Aunque se distingue por el celoso manejo de su misión social, siempre ha funcionado con criterio de empresa privada, y por eso recibió, en 1994, el galardón nacional a la mejor gestión financiera en el ramo de la salud.

Definitivamente, dice Iván Darío Vélez, su director, en este sector "no se puede trabajar a pérdida". Las razones son muy simples: con plata y solvencia financiera se paga el personal, se está al día con los proveedores, se mantienen y actualizan los equipos y las ayudas diagnósticas, y se amplía y mejora la capacidad de cubrimiento de la entidad. "Con resultados negativos, lo que impera es un estado de zozobra y frustración", agrega Vélez.

En el sur, norte, oriente y occidente del país, la historia hospitalaria se repite: déficit agobiantes, escasez de implementos, rebaja en la atención, huelgas de personal, amenazas de cierre, Igual ocurre con los procedimientos empleados para llamar la atención: súplicas a las autoridades de gobierno, informes y editoriales en la prensa, campañas para obtención de fondos, exhortaciones a la solidaridad ciudadana.

Es un ambiente que, definitivamente, jamás se vive en el Pablo Tobón Uribe, hospital que, al celebrar el próximo mes de octubre sus bodas de plata, se levanta como institución piloto en Colombia y la región.

La historia retrocede cerca de medio siglo. En una de sus primeras y más importantes decisiones, la naciente Asociación Nacional de Industriales, ANDI, se propuso velar por el bienestar y la salud de los trabajadores de sus afiliados, con la iniciación, en 1948, de un proyecto hospitalario de gran magnitud. Como el componente inicial de la agremiación era antioqueño, la sede fue Medellín. Pero en 1950, cuando se creó el Seguro Social, el proyecto se desvirtuó y quedó suspendido. Se retomó cuatro años más tarde, en 1954, tras la muerte del benefactor Pablo Tobón Uribe, quien destinó un aporte de $5 millones (cuando la tasa de cambio vigente era de $2.50 por dólar) para constituir una fundación que llevara su nombre. El objetivo central era darle a la ciudad un hospital sin ánimo de lucro.

Pero cuando la ANDI se enteró de los propósitos, contactó a los directivos de la fundación y les ofreció, en donación, tanto el lote como el edificio en construcción, lo mismo que los planos y equipos de reciente importación. La entidad gremial no pedía nada a cambio. Ni siquiera un puesto en la junta directiva.

Con la fusión de recursos se inició el montaje del ambicioso proyecto, que enfrentó tempranas dificultades por agotamiento de recursos. Pero con la ayuda del desaparecido Fondo Nacional Hospitalario, de la empresa privada y de muchos particulares, la obra se entregó en julio de 1970, para abrir finalmente sus puertas en octubre de ese año.

Veinticinco años después, el Pablo Tobón Uribe es un proyecto piloto en Colombia. El hospital ha sido inspirador y miembro fundador de entidades como el Centro de Gestión Hospitalaria, la Asociación Colombiana de Hospitales y el influyente grupo de directores de hospitales y clínicas de Medellín. Sus acciones han sido ejemplarizantes en un sector donde no suele existir espíritu de grupo.

Si de algo sirve la lección, Iván Darío Vélez y su equipo dedicaron seis años (de 1964 a 1970) a diseñar, escribir y puntualizar la filosofía y los manuales de trabajo, antes de atender al primer paciente. "Por eso, desde que abrimos las puertas, sabemos qué estamos haciendo, por qué lo estamos haciendo y cuánto nos cuesta", dice Vélez. En esencia, es un sistema que, de alguna forma, se anticipó a los hoy abanderados principios de mejoramiento continuo y calidad total.

Esta claridad de propósito ha pagado dividendos. Primero, le ha asegurado al hospital frecuentes contribuciones de las principales compañías antioqueñas. Una de las más recientes -y de las más cuantiosas- es la realizada por Almacenes Exito: $500 millones para el montaje de la Unidad de Cirugía Ambulatoria.

Benefactores institucionales del mismo calibre incluyen al Banco Industrial Colombiano, la Compañía Nacional de Chocolates, la Compañía de Empaques, Solla y muchas otras. Se puede hablar de que alrededor del Pablo Tobón Uribe se ha generado un grupo de empresas adictas, que han instituido aportes regulares y aparentemente de por vida. En el plano directivo, la junta incluye nombres como los de Adolfo Arango, presidente de Cemento Argos, y Germán Jaramillo Olano, presidente de Cadenalco. Millonarias donaciones también llegan procedentes de aristocráticas familias, muchos de cuyos miembros son tratados o atendidos en el hospital, e, incluso, deciden pasar allí sus últimos días.

Los aportes, curiosamente, llegan sin pedirlos. "Nos encantan las cartas de agradecimiento, pero no las de solicitud", dice Vélez. Y es cierto: el Pablo Tobón Uribe no realiza colectas, ni expide estampillas, ni realiza caminatas ni maratones. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de las entidades hospitalarias, los aportantes se acercan a la institución por tener la certeza de que sus contribuciones "no caerán en una caneca sin fondo". No hay duda de que la transparencia, la gestión administrativa y financiera, y la dedicación y vocación de servicio de todos los 760 trabajadores componen el principal activo del Pablo Tobón Uribe.

"Por eso no vacilamos en apoyarlos y estimularlos", dice Héctor Arango Gaviria, vicepresidente de la Compañía Nacional de Chocolates. Y más allá de los aportes económicos, joyas industriales del Sindicato Antioqueño como la Nacional de Chocolates brindan a Vélez y a su equipo continua asesoría técnica y empresarial. "Y lo hacemos porque el Pablo Tobón es una verdadera empresa sin ánimo de lucro". Y sin ánimo de quiebra.

El secreto del acierto administrativo radica en el manejo de costos y en el carácter unificado de las tarifas. Aunque atiende a pacientes de estratos altos y bajos a la vez, el hospital elabora una sola factura para ambas categorías. La atención es la misma, el menú es igual, las instalaciones locativas carecen de distingos, y la entrada y la salida son por el mismo ascensor.

La diferencia es que los pacientes privados, o portadores de pólizas particulares, pagan el total de sus gastos. En cambio, aquellos con limitaciones económicas cubren el servicio con parte de sus propios recursos y con subsidios del Estado y del mismo hospital. Y mientras el usuarío privado elige médico y paga por sus honorarios, el otro utiliza el pool de profesionales de planta. Porque según el lema oficial, en el Pablo Tobón Uribe "algunos dan más, pero ninguno recibe menos".

Este sistema, ahora copiado a nivel nacional, se bautizó con el nombre de "clasificados socio-económicos". El punto con estos pacientes subsidiados es que se aparta radicalmente del concepto de la medicina de caridad que primaba hace unos años. El usuario y sus familias simplemente no pagaban porque no podían o porque no querían. Pero en el Pablo Tobón Uribe, los pacientes de recursos limitados contribuyen con los gastos en la medida de sus capacidades o la de sus familiares y personas solidarias. "No negamos el servicio a nadie, pero tratamos de juntar todos los recursos que podamos. Y en esto se sustenta nuestra buena gestión financiera".

Fuera de los ingresos por manejo de pacientes privados y por prestación de otros servicios médicos, ambulatorios y de laboratorio, el Pablo Tobón Uribe no tiene rentas propias ni acciones en bolsa. "Aquí, volador hecho es volador quemado", dice Vélez.

De las 201 camas que tiene el hospital, 100 se destinan a pacientes privados y 101 a pacientes clasificados. En el porcentaje del esfuerzo, el 65% está dirigido a los clasificados socioeconómicos y el 35% a los pacientes privados.

Para 1995, el presupuesto de funcionamiento se fijó en $14.200 millones, que se gastarán en su totalidad. "Siempre aspiramos a obtener un remanente para invertir en nueva tecnología y capacitación de personal", dice Vélez. "Y generalmente nos queda con qué financiar esas actividades".

El sistema de "clasificados socio-económicos" del Pablo Tobón Uribe ha sido adoptado, en efecto, por la nueva legislación de seguridad social nacional y ha dado lugar al "Sisben", o sistema de beneficiarios de salud, diseñado para la población sin protección médica.

Una de las últimas batallas del Pablo Tobón, destinadas a racionalizar los costos, se centra en el desfase que le impone a los hospitales el Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT), cuyas tarifas, según Vélez, responden más a criterios políticos que a realidades económicas. La clasificación vigente conduce a trabajar a pérdida, aparte de que las compañías de seguros realizan descuentos adicionales a las cuentas de cobro enviadas por clínicas y hospitales.

El hospital, que en promedio recibe el menor número de accidentes de tránsito en la ciudad de Medellín, pierde mensualmente $12 millones por la descompensación del SOAT. "Si el gobierno no fija tarifas que respeten la estructura de costos de los hospitales será imposible que éstos puedan financiarse adecuadamente y los mantendrá en una situación penosa", dice Vélez.

A demás de sensatez financiera, el Pablo Tobón Uribe promueve otros valores de cultura hospitalaria que lo ponen en una clase aparte frente a un buen número de entidades dedicadas a la salud. "Esta cultura implica que cada persona trabaja con la misma camiseta", dice Javier Orozco Mora, gerente general de la Clínica Las Américas, uno de los complejos privados más modernos de Medellín. "Y eso es lo que envidio".

Esta "cultura", desarrollada por Vélez y su equipo, fue cuidadosamente pensada. El proceso de elección -no de selección- del personal es exigente, y llega tan lejos como hasta averiguar las condiciones de vida de los futuros colaboradores. El argumento es que ninguna persona que cause infelicidad en su propio hogar podrá transmitir energía positiva a un enfermo. Los manuales de funciones indican la manera de vestirse y de comportarse, y deletrean cada una de las condiciones del compromiso.

Otra fortaleza es el apoyo académico. A falta de una facultad de medicina, el Pablo Tobón Uribe trabaja con las tres que funcionan en la ciudad (Universidad de Antioquia, Universidad Pontificia Bolivariana y CES). Esta presencia polivalente genera esmero y alto índice de investigación, y muchos de los 30 médicos que participan en el programa tratan de ganar méritos para conseguir, después de egresados, una plaza definitiva.

En conjunto, es un panorama muy diferente al que suele imperar en otras instituciones donde no existe continuidad en la misión y menos en la administración, y donde las cuotas partidistas son las que determinan quién ocupa qué cargo, por cuánto salario y por cuánto tiempo. Bajo esas circunstancias es casi imposible crear compromiso y vocación de servicio. Por esa razón, Vélez respira tranquilo al saber que en su hospital ya se ha instalado una cultura para rato. Porque una cultura, dice, no se borra de un brochazo. "Si fue difícil llegar hasta donde estamos, más difícil será acabar con lo que hemos hecho".
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