| 5/10/2006 12:00:00 AM

Barricadas en la OMC

Las negociaciones de la Ronda de Doha se encuentran al borde del abismo. Un fracaso supondría un golpe letal para la Organización Mundial del Comercio. Historia y evolución de esa entidad.

Un fantasma recorre el comercio mundial. La llamada ronda de Doha, el último ciclo de negociaciones en la Organización Mundial del Comercio, se encuentra a punto de desfallecer. Esa ronda, que propone reducir las barreras al comercio de productos agrícolas e industriales entre países, sufre un retraso que la empuja hacia el abismo. Los negociadores se habían dado hasta el 30 de abril para sellar un documento que sirviera como brújula para las negociaciones. Los principales culpables de este retraso, que según varios analistas puede dejar en la lona a la OMC, son la Unión Europea y Estados Unidos. Ambas potencias no se han conseguido ponerse de acuerdo en los mecanismos para desbaratar los subsidios que suministran a sus productores.
 
La apertura de las fronteras al libre tráfico de bienes y servicios entre naciones, se ha transformado en las últimas dos décadas en la más encarnizada batalla de la globalización. Manifestaciones, barricadas, cordones policiales y cócteles molotov se asentaron en los paisajes de Cancún (México) y Seattle cuando la organización OMC aterrizó en esas ciudades para negociar el desmantelamiento de barreras en el intercambio internacional de bienes y servicios. En juego estaban —y siguen estando— las reglas y las normas que señalizan el tráfico de productos que van desde los plátanos de Ecuador hasta los microprocesadores de Silicon Valley en Estados Unidos.
 
Todos los productos y servicios, hasta el sector financiero, son parte de la batalla del comercio mundial. El enfrentamiento en la mesa de negociación de la OMC, sin embargo, convirtió a Seattle y Cancún en la historia de un fracaso. En los últimos 19 años el desmantelamiento del sinfín de artilugios (subsidios, ayudas, tarifas, impuestos) que utilizan los Gobiernos para proteger a sus productores ha pasado a ser parte del discurso oficial de las principales potencias económicas del planeta.
 
En esta particular batalla, Colombia se encuentra en el llamado Grupo Cairns, junto con países como Argentina, Costa Rica e Indonesia. Ese grupo tiene poco protagonismo dentro de la OMC, pero intenta realizar propuestas pragmáticas. Para la estrategia comercial del Gobierno colombiano, sin embargo, la OMC es más bien una pieza complementaria con respecto al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. El potencial de la OMC, sin embargo, es gigantesco.
 
Las medidas reales para derrumbar esas barreras, no obstante, avanzan a cuentagotas. Las acusaciones cruzadas, las divergencias y las escaramuzas entre las grandes economías (EE UU, la Unión Europea y Japón), una nueva ola de mercados emergentes que tiene a China, India y Brasil como sus máximos representantes, y el grupo de países más pobres —la mayoría africanos— han empantanado el avance.
El tráfico de bienes y servicios en todo el mundo ha crecido a un ritmo de más del 6% desde 1985, según el Fondo Monetario Internacional. En el último decenio, sin embargo, el ritmo de crecimiento ha sido sólo levemente mejor que entre 1985 y 1995, con fuertes altibajos por culpa de las complejas negociaciones multilaterales.
 
A pesar de los baches, la OMC se ha erigido desde su nacimiento en 1995 como la antorcha de los defensores del comercio mundial y en el escarmiento de un amalgama de opositores de la sociedad civil. Es el punto de encuentro de 147 países, la mesa en la que se decide y negocia el futuro del comercio entre naciones, y un laberinto donde cualquier medida tiene que estar sellada por la unanimidad de sus miembros.
 
La ronda de Doha, podría inyectar con US$520.000 millones (a precios de 1997) a la economía mundial en los próximos diez años, beneficiando en gran parte a los países emergentes. Los acuerdos multilaterales incorporados en la OMC y la larga lista de pactos bilaterales o regionales (un reguero de siglas como Mercosur, ALCA y APEC), sin embargo, todavía no comprueban la doctrina de que el libre comercio desemboca en una reducción de la pobreza. La liberalización del sector textil, acordada en 1995, ha despertado reticencias contra la liquidación de las tarifas que protegen industrias tradicionales. Este mismo año, un documento del Banco Mundial disparó las alarmas.
 
El organismo terminó confirmando los temores de las ONG que se empeñan en demostrar que la actual ruta de los acuerdos de comercio internacional no ayuda a las naciones más pobres. El documento del Banco Mundial afirmaba que la larga lista de acuerdos regionales y bilaterales no ha servido para crear riqueza en los países pobres.
El informe dibujaba precisamente uno de los principales conflictos en el mapa contemporáneo del comercio internacional: la bicefalia entre pactos a dos bandas y acuerdos multilaterales. Colombia es un claro ejemplo.
 
El número total de acuerdos regionales o bilaterales alcanza ya 206, frente a 89 en 1985. Se trata de un fenómeno que pone en jaque al sistema bajo el escudo de la OMC. Los acuerdos bilaterales, al crear un marco paralelo y, en varios casos conflictivo, con la OMC, terminan entorpeciendo y amenazando la andadura del comercio mundial.
 
A pesar de ese sabotaje, el nacimiento de la OMC, que fue el resultado final del Acuerdo Global sobre Comercio y Tarifas (GATT, por sus siglas en inglés), supuso un salto cualitativo para el comercio global. El GATT, creado en 1948, era un esqueleto débil, sin un organismo como tal. Servía como un marco para las negociaciones y Establecía las normas fundamentales que regían el comercio mundial, pero no poseía el músculo necesario para asegurarse de que los países miembros cumplieran con los acuerdos. Tampoco poseía las herramientas para que los países enemistados por alguna discrepancia comercial resolvieran sus diferencias.
 
Ahora, las disputas que están a la espera de una resolución en la OMC alcanzan ya el medio millar, mientras que en los 47 años de existencia del GATT los conflictos que se plantearon no llegaron a 150. El estado permanente de guerra comercial en el que se encuentra sumida la OMC, sin embargo, supone una amenaza, ya que la resolución de las constantes reyertas entre los países miembros se ha convertido en la principal función del organismo. A su vez, la creación de una especie de tribunal para conflictos comerciales era una clara necesidad durante el antiguo GATT, donde el mínimo desacuerdo entre los miembros se eternizaba y no había medidas internacionales para su resolución. El cambio más dramático que ha vivido el comercio mundial, sin embargo, es la cantidad de países que han pasado a ocupar un puesto en la nebulosa de la OMC. La entrada de China en 2001, con sus más de 1.200millones de habitantes, terminó de confirmar la importancia de la OMC como el principal vehículo para el libre intercambio entre mercados.
 
El organismo lo conforman ahora 147 países, frente a la veintena de miembros que fundaron el GATT. Esos países fundadores eran en su gran mayoría europeos y formaban, junto con Estados Unidos y Japón, una constelación de potencias
con intereses relativamente similares. Ahora, las dificultades para alcanzar un acuerdo en un grupo que aglutina intereses y necesidades muy diferentes son la principal característica de la OMC. En ese cargado ambiente, la agricultura ha desatado las peores tormentas. Los subsidios que ofrecen la UE y Estados Unidos a sus agricultores son, ahora mismo, el principal reto para el comercio mundial.
 
En la cumbre de Cancún, en septiembre de 2003, las potencias más ricas se enfrascaron en una dura batalla con una veintena de países emergentes, que incluía entre otros a Brasil, India y China, conocidos como el G 20.
 
Estos países demandaron a toda voz que EE UU y la UE abandonaran el sistema de ayudas que utilizan para sostener su sector agrícola. Las naciones más pobres consideran que esas prácticas hunden los precios en el mercado internacional
y que por tanto perjudican a sus agricultores. Instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional cifran los subsidios a la agricultura de las grandes potencias en US$250.000 millones al año.
 
El G 20 trastornó la relación de poder en el seno de la OMC y se convirtió en un formidable frente negociador. En Cancún las negociaciones entraron en su punto más álgido y se temía que la ronda de apertura de Doha finalizaría en un rotundo fracaso.

Al final, las grandes potencias dieron su brazo a torcer y aceptaron a regañadientes una reducción en sus protecciones y ayudas a la agricultura. A cambio, Washington y Bruselas quieren que se facilite la entrada de los productos industriales y servicios a los mercados emergentes. Lo único que está sobre la mesa, sin embargo, es un documento borrador. Las batallas para conseguir acordar la letra pequeña y las fórmulas exactas todavía no se han resuelto. Doha se puede convertir en la ronda del fracaso, que terminaría simbolizando la ineficiencia de la OMC. La tierra prometida del libre comercio, de momento, sigue a la espera.
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