| 2/12/1999 12:00:00 AM

Yenlandia

Brasil perdió una magnífica oportunidad para ordenar su casa.

A comienzos de enero, Joseph Yam, la máxima autoridad monetaria de Hong Kong, sugirió tímidamente una unión monetaria en Asia. Debió haberse expresado más decididamente. Los países asiáticos deberían transitar rápidamente hacia una mayor integración financiera y monetaria, y formar un tercer bloque monetario, después del dólar y el euro. Los beneficios potenciales de integrar las políticas monetarias y eliminar las fluctuaciones cambiarias dentro del bloque serían enormes.



La solución no es restringir movimientos de capital. La solución es quitar a los bancos centrales el poder de manejar políticas monetarias discrecionales.



¿Por qué deberían integrarse los países asiáticos? Hay varias razones. En primer lugar, los vínculos comerciales y de inversiones entre ellos son muy importantes y crecientes. Por lo menos el 45% del comercio asiático se realiza dentro de la región. Desgraciadamente, la mayor parte de ese comercio se factura en dólares y está muy poco cubierto contra los riesgos de devaluaciones, como quedó demostrado en las crisis cambiarias desatadas en 1997. Además, una gran proporción de la inversión extranjera directa se dirige a actividades que involucran comercio con otros países de la región. Cuando esto ocurre, las fluctuaciones en los tipos de cambio crean trastornos en la actividad, lo cual afecta seriamente las posibilidades de crecimiento.



Comprensiblemente, las naciones asiáticas sienten que los mercados financieros internacionales abusan de su poder con el solo fin de conseguir ganancias especulativas. Pero la globalización de los mercados está para quedarse. La única manera de prevenir más abusos es evitar los errores de política económica en el ámbito doméstico y crear un bloque financiero tan poderoso que supere a los especuladores. El nivel de interdependencia en los mercados de capitales mundiales es tan alto que una plétora de políticas monetarias brinda innumerables oportunidades para los especuladores financieros. La solución a este problema no es restringir los movimientos de capitales o castigar a los especuladores. La solución está más bien en quitarles a los bancos centrales el poder de manejar políticas monetarias discrecionales.



Muchos países asiáticos se opondrán a renunciar al control de sus políticas monetarias nacionales. Los créditos subsidiados y los mercados monetarios distorsionados se desvanecerían bajo una unión monetaria asiática. Esto es mejor todavía.



Hoy en día, Asia se enfrenta a una situación similar a la de Europa a fines de los años 80. Si Asia se aventurara a una unión monetaria, la inflación caería y lo mismo ocurriría con las tasas de interés, tal como sucedió en Eurolandia con la unión monetaria. La razón por la cual lo mismo pasaría en Asia es, simplemente, la eliminación de los riesgos de los errores monetarios y cambiarios.



Algunos podrían objetar que los ciclos de actividad en los países asiáticos no están bien sincronizados. Cierto, pero tampoco lo estaban en Estados Unidos hace 50 años y, a pesar de eso, floreció bajo una unión monetaria.



Quizás más significativa es la propuesta de quienes quieren demorar las negociaciones para una unión monetaria hasta tanto la actual situación esté bajo control. Yo no estoy de acuerdo. La unión monetaria debería ser implementada gradualmente (en un plazo de cinco años). Una vez que los tipos de cambio y la política monetaria tengan un claro horizonte de convergencia, el ajuste sería mucho más fácil.



Para acelerar el proceso en Asia, los asiáticos podrían comenzar centrándose en una moneda líquida e importante que flota contra otras monedas importantes de referencia. El candidato obvio es el yen.



Casualmente, Japón está promoviendo el uso del yen como moneda de reserva. De hecho, el primer ministro de Japón, Keizo Obuchi, visitó Europa a comienzos de enero para promocionar al yen. Un progreso en la dirección de una zona del yen le daría más fuerza a esta proposición al imponer a esta moneda como punto de referencia para la mayoría de las transacciones en Asia. Ello beneficiaría tanto a Japón como al resto de los países asiáticos.



Los diseñadores de política que han cedido el control sobre la política monetaria se han visto obligados a encontrar la verdadera naturaleza de los problemas de sus economías. Todo esto es para bien. Eso es lo que Yam debió haber dicho acerca de una zona del yen.



Brasil: una oportunidad perdida



El problema fundamental de Brasil no fue solucionado con la secuencia de devaluaciones que siguió a los anuncios del 13 de enero de 1999. La única solución para las altas tasas de interés y los ataques especulativos en la cual pueden confiar los países emergentes es la adopción de regímenes monetarios y fiscales disciplinados. Regímenes basados en reglas, no en caprichos. Que obligen a los que toman las decisiones de política a mantenerse dentro de un curso de acción bien planificado y que no los restrinjan los antojos de los burócratas y gobernadores de turno. Para las monedas, sólo hay dos regímenes de este estilo: una caja de convertibilidad como la que hay en Argentina o Hong Kong; o un sistema de libre flotación, con un banco central restringido por estrictas reglas monetarias, como el de Nueva Zelanda. Los regímenes intermedios no funcionan, y de uno de ésos es de donde viene y hacia donde se dirige Brasil. Abandonó un sistema de bandas poco creíbles para adoptar un sistema de flotación sucia sin ningún objetivo de inflación o política monetaria.



La experiencia ya debería haber taladrado nuestros cerebros con la lección de que un país puede manejar su política monetaria o su tipo de cambio, pero no los dos. Sin embargo, Brasil se resiste a vivir con la disciplina de una regla cambiaria o una monetaria. Bajo el actual esquema, las tasas de interés no bajarán y se disparará la inflación. Una magnífica oportunidad fue perdida, a un costo enorme para todos.
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