| 6/1/1995 12:00:00 AM

Terrorismo de derecha

"...me mata la estupidez de vivir un fin de siglo distinto del que soñé" -Ana Belén

Al mediodía del 20 de mayo el presidente de Estados Unidos anunció un cambio que indicaba como pocos el signo de los tiempos. A partir de la madrugada de ese mismo día, la Avenida Pensilvana, a la que da el frontis de la Casa Blanca, permanecería cerrada para el tráfico de vehículos. Los bloques de concreto, a ambos lados de la avenida, marcaban el fin cíe más cíe 200 años de acceso.

"Después de cuatro asesinatos de presidentes y ocho atentados fallidos contra la vida de presidentes, estuvo abierta; durante una guerra civil, dos guerras mundiales y la Guerra del Golfo, estuvo abierta. Y ahora, debe ser cerrada", dijo el presidente Clinton al anunciar la medida en su mensaje radial de los sábados.

La sombra del atentado de Oklahoma, sus 165 víctimas, se dejaron sentir en la medida. Lo que las amenazas extranjeras no pudieron conseguir, fue logrado por un sector de los propios norteamericanos, cuyo violento extremismo es la evidencia más clara de los insospechados medios a los que ciertas tendencias radicales están dispuestas a recurrir. Luego de la acción terrorista de Oklahoma, los

Estados Unidos han pasado a formar parte de la nueva aldea global en que se ha convertido la civilización occidental.



HISTORIA DE UN ATENTADO



Todo parece indicar que los orígenes inmediatos del atentado se remontan a la muerte de la esposa y el hijo del líder supremacista Randy Weaver en Idaho en 1992 en una confrontación con el FBI, pero principalmente al raíd que el Bureau of Alcohol, Tobacco and Firearms emprendiera contra el culto Branch Dividian en Waco, Texas, el 19 de abril de 1993. Después de 51 días de asedio, miembros de la policía federal, que recibieron la orden de tomar las instalaciones del culto en busca de armas y bajo la sospecha de abuso de menores, fueron recibidos a tiros por los seguidores de David Koresh, el mesiánico líder de los Davidians que practicaba la poligamia aludiendo al fin del mundo. Los intentos de asalto terminaron con una inmolación que acabó con la vida de 82 fanáticos seguidores.

El incidente, descontado por muchos como otro acto de insana de una secta religiosa, se había convertido desde entonces en un hito para los libertarios" norteamericanos. Interpretado como una emboscada de un "gobierno opresivo", que buscaba intervenir en el derecho a armarse y al culto, las numerosas "milicias" que pueblan el oeste y el medio oeste en Norteamérica hicieron de Waco una causa de lucha.

Timothy McVeigh, el solitario, silencioso y único sospechoso detenido por haber participado directamente en el atentado, es precisamente uno de los simpatizantes de la Milicia de Michigan y uno de los cultistas de Waco, cuya destrucción ocurrió exactamente dos años antes de la destrucción del edificio federal en Oklahoma.

La Milicia de Michigan, fundada en 1994, cuenta con 12.000 miembros y es parte de una red que comprende 13 milicias en 11 estados, que a su vez aglutinan a unos 100.000 "patriotas" que comulgan en el principio de mantener al gobierno alejado de su tierra, sus billeteras y sus armas. La violencia no es una característica de todas las milicias; su composición es tan diversa como sus orientaciones, que van desde comunidades ultra cristianas, conspiracionistas, derogadores de impuestos, constitucionalistas ortodoxos hasta defensores de la Segunda Enmienda. Es esta última la que, sin embargo, los une a casi todos.

La Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América sostiene que "una bien regulada milicia es necesaria para la seguridad de un Estado libre, y el derecho de la gente a mantener y portar armas no deberá ser infringido". Los defensores de la enmienda ven en las intenciones del gobierno norteamericano de regular la venta

y uso de armas semiautomáticas como una violación a sus derechos individuales, y un posible primer paso para abolir la Primera Enmienda, que garantiza la libertad de expresión. La paranoia armada esconde, sin embargo, razones de fondo.



DEL NEW DEAL A OKLAHOMA



Los grupos "libertarios" norteamericanos, aquellos que fundaron las comunas utópicas del siglo XVIII y que iniciaron un movimiento antimasónico en el siglo XIX, han mantenido uno de los principios fundamentales de la democracia norteamericana: la libertad como principio inalienable. Su radicalismo ha obedecido a distintas circunstancias en el tiempo, y pese a que 1995 encierra para los habitantes del "heartland" una circunstancia particular, sus vínculos con el pasado se vinculan a un instrumento que compartieron con sus antecesores: las armas.

El derecho a portar armas, y eventualmente a utilizarlas, implica, según la Constitución norteamericana, el derecho a defender la seguridad y la libertad de amenazas externas a la comunidad y al individuo. La enmienda, escrita en 1776 aludiendo a la vigente amenaza de ataques de la corona inglesa, se enraizó en los usos y costumbres de

una sociedad que conquistó su vasto territorio con base en el tesón de colonos que implantaron justicia y orden con escasos recursos y apoyo del Estado. La consolidación de éste último, sin embargo, trajo consigo restricciones que habrían de consolidarse hacia 1933.

En los inicios de la depresión económica desencadenada en 1929, el gobierno de Franklin Delano Roosevelt vislumbró claramente que el colapso de la economía norteamericana se debía, entre otras cosas, a la prescindencia que caracterizó a los gobiernos de las primeras dos décadas del siglo veinte. Con el fin de restablecer un estado eficiente y redistributivo, el New Deal propuso la creación de una serie de agencias diseñadas para controlar los excesos del capital y favorecer a las mayorías. Entre otras cosas, el liberalismo demócrata creó durante la década de los treinta instituciones como el Internal Revenue Service (IRS), el Federal Bureau of Investigations (FBI), la Securities and Exchange Commission (SEC) y el Wellfare, que enmendaron errores del pasado y sacaron, junto al esfuerzo industrial de la II Guerra Mundial, a los Estados Unidos de la crisis.

Hacia fines de los setenta, sin embargo, la validez de una serie de principios del New Deal empezaron a ser cuestionados, cuando el Estado empezó a incurrir en más deudas que aquellas que la recaudación de impuestos podía cubrir. Desde 1969 el gobierno norteamericano ha mantenido presupuestos deficitarios, que pudieron ser sostenidos, con mayor o menor éxito, hasta los años de la administración Reagan, cuando cortes en las tasas impositivas

y excesivo gasto en defensa motivaron un punto de inflexión.

Si bien el déficit público norteamericano no afecta a la economía en su totalidad -el sector privado es vasto en relación con el gasto público-, sus efectos en el bienestar de los ciudadanos es evidente. La derrota de Bush obedeció, entre otras cosas, a una economía que parecía no querer caminar y a unos beneficios que ya no se hacían sentir entre la clase media. La victoria de Clinton, sin embargo, reflejó el voto de una mayoría urbana que vio como su apalancamiento se reducía en las últimas elecciones legislativas. En noviembre del año pasado, el partido republicano retomó el control del Congreso luego de varias décadas de dominio demócrata, a la cabeza de Newt Gingrich, un híbrido libertario-populista-conservador.

La elección de la nueva hornada de conservadores, su "Contrato con América", el renacimiento de la "Derecha Cristiana" y el fortalecimiento de la National Rifle Association (el lobby de los fabricantes de armas) han reflejado las condiciones del "heartland". La apertura al comercio internacional, la modernización del aparato productivo, la orientación hacia una economía de servicios y el déficit del gobierno central han generado un encogimiento de la clase media y han tendido a afectar en mayor medida a los pueblos del interior, del país, en donde se encuentra la espina dorsal de Norteamérica, y no tanto así a las ciudades, cuyos problemas dependen en gran medida de factores demográficos.

Privados de empleo estable o subempleados, asediados por bancos cobrando hipotecas, pagando impuestos de los que no ven ningún beneficio, las mayorías norteamericanas, conformadas por WASPs (White Anglo Saxon Protestants), han buscado culpar al gobierno y otros agentes por sus males. Los rancheros ven en las regulaciones para el uso de la tierra y el agua lo mismo que los leñadores ven en las medidas de protección al medio ambiente; los trabajadores del campo sienten en los inmigrantes temporales la misma amenaza que parecieran implicar las "nannies" ilegales para las adolescentes de los suburbios. Entre los radicales, sin embargo, la perspectiva es más oscura: el gobierno es un ente que busca coartar la libertad construyendo campos de concentración bajo la excusa de crear parques nacionales; colaborando con Nafta y el GATT para dejarlos sin trabajo; con miras a establecer un "Nuevo Orden Mundial" caracterizado no por el libre comercio sino por la existencia del "Big Brother". Estos últimos, los más radicales de los radicales son los que viven en "Militia Land".



LA CRISIS DE FIN DE SIGLO



Los milenarismos hacen alusión a aquellas tendencias que, en miras al inicio del milenio en el cual reinará Cristo (Revelaciones 20: 15), anuncian el fin del mundo, el esperado Apocalipsis. Y es evidente que, a sólo cinco años del inicio del segundo milenio en la Era Cristiana, los cultos y las sectas busquen satisfacer el cumplimiento de sus propias profecías. Jim Jones en Guyana y David Koresh en Waco engendraron sus propios Apocalipsis, pero no llegaron, sin embargo, a los extremos de Oklahoma: sacrificar a víctimas inocentes para "defenderse" del presupuesto ataque de sus "enemigos".

El caso de las milicias no es, sin embargo, el único. Los atentados del metro de Tokio, en donde 12 personas murieron después de inhalar gas sarín colocado por miembros de la secta Aum Shinrikyo, apuntan en la misma dirección.

Pareciera ser que la tendencia terrorista-radical hacia fin de siglo se inclina hacia la derecha, en contraposición a las de los años 20 cuando ésta se inclinaba hacia la izquierda. Los "anarco-terroristas" veían en la sociedad industrial aquel tipo de amenaza que los "libertario terroristas" ven en la sociedad tecnológica. En ambos casos lo que se expresaba era, y es, un miedo atávico al cambio, a aquello que resulta difícil de entender. Las mayorías en una sociedad cualquiera, por lo general aquellas que ven cómo sus medios de subsistencia se reducen, tienden a ver en los avances inesperados fuentes de inseguridad, que en muchos casos pretenden combatir con medios violentos, que buscan volver a una etapa considerada "mejor".

Lo que no entienden, sin embargo, es que el retorno al pasado, en términos sociales, es prácticamente imposible. Los intentos socialistas anarquizantes vieron sus sueños convertidos en pesadillas con el surgimiento del estalinismo y el nazismo en los treinta. Si los norteamericanos que se sienten al margen del progreso no ceden a la tentación de la minoría de "patriotas", armados con fusiles automáticos y explosivos y no mosquetes, y si optan por reformar el New Deal en lugar de eliminarlo, verán cómo es que las libertades son mejor defendidas, cómo es que se puede lograr una segunda revolución americana que no necesite de armas para ser emprendida.
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