Plan de acción para América Latina

| 3/7/2003 12:00:00 AM

Plan de acción para América Latina

Buscar una mayor equidad y mejores resultados sociales para América Latina, y hacer que la arquitectura financiera juegue un papel más constructivo en la región, es el reto para los gobiernos.

El ex ministro de Hacienda Juan Manuel Santos fue el encargado de interpretar y organizar las conclusiones a las que llegó el grupo de trabajo que se creó en la Cumbre de Río, para analizar los desafíos de América Latina con miras a la reunión del Foro Económico Mundial que se llevó a cabo en enero pasado. En el grupo participó, entre otros, el ex presidente de España Felipe González. Estas son las principales conclusiones a que llegó el informe.



Consenso de Washington

Los pobres resultados de América Latina en los últimos años fueron atribuidos, entre otras muchas razones, al Consenso de Washington, que sirvió de guía para la gran mayoría de las reformas que se pusieron en práctica en el continente desde principios de los años 90. Como se recordará, este fue un catálogo de propuestas que elaboró John Williamson en 1990, y que contenía diez temas: disciplina fiscal, prioridades del gasto público, reforma fiscal, desregulación de los mercados financieros, tasa de cambio competitiva, política comercial menos proteccionista, más inversión extranjera directa, privatizaciones, desregulación y estímulo a la competencia, y derecho a la propiedad.

Ha habido mucha controversia en torno a si este decálogo de iniciativas era lo que la región necesitaba. Algunos dicen que las reformas se quedaron a mitad de camino, otros que fueron mal implementadas, otros que suponían una estructura y funcionamiento de los mercados que en América Latina no se daban. No es del caso entrar en esta discusión, pero sí destacar que en los últimos tiempos se ha generado una gran reacción, hasta el punto de que muchos han pedido su entierro definitivo.

Un nuevo paradigma sería sin duda un paso muy importante para devolverles la confianza y la esperanza a los latinoamericanos. Pero ese nuevo paradigma no debe ser un paso atrás -hacia el pasado-, como algunos proponen, sino que debe construirse partiendo de lo que ya se tiene, con las rectificaciones del caso, y salvaguardando lo bueno del Consenso, como la baja inflación o la disciplina fiscal, dos condiciones básicas para que cualquier país pueda a la larga generar más prosperidad.

Para algunos podría sonar un tanto extraño que desde el Foro Económico Mundial, considerado la Meca del neoliberalismo y la globalización, surjan planteamientos de este tipo. Pero este tipo de comentarios es producto de las estigmatizaciones y contiene un sofisma: parte de la base que la globalización o el Consenso de Washington son intrínsecamente antisociales, lo cual -por supuesto- no es cierto. Pero lo que sí es cierto es que los resultados no han sido los esperados y el desencanto lo está capitalizando con bastante éxito un neopopulismo al que le gustaría retroceder a los esquemas de antaño. Y precisamente para evitar que eso suceda, tiene todo el sentido político que la bandera de buscar una mayor equidad y mejores resultados sociales para la región la asuman quienes piensan que si bien hay que hacer rectificaciones, no debe darse marcha atrás en el proceso de reformas.



Entorno atractivo para la inversión

En las discusiones sobre el "Plan de acción para los gobiernos", salió a relucir con especial fuerza la necesidad de que los gobiernos hagan mucho más para cambiar un entorno que se percibe como negativo para la inversión, a uno que resulte atractivo. Fomentar la inversión es fundamental porque es evidente que sin inversión no puede haber producción y sin producción no puede haber crecimiento, generación de empleo ni prosperidad social.

El reto está entonces en generar las condiciones para atraer más inversión, sobre todo más inversión productiva de largo plazo. Uno de los grandes cuestionamientos al proceso de reformas y apertura de los últimos años es precisamente que la inversión extranjera -en su gran mayoría- compró activos ya existentes e hizo más bien poco para generar nuevas industrias que realmente expandieran la frontera productiva. El otro tipo de inversión, que llegó y se fue como una golondrina, fue la inversión financiera y especulativa, cuyas secuelas pueden ser más negativas que positivas por la volatilidad que genera.

Uno de los factores más importantes que se identificó como adverso a la inversión es el cambio permanente en las reglas de juego y la falta de continuidad en las políticas. En este orden de ideas, la presencia de un verdadero Estado de Derecho, que haga respetar las reglas de juego, se considera crucial.

Otro problema es la falta de consistencia entre las políticas públicas. Por eso, es tan importante tener una visión clara sobre el rumbo por seguir y transmitírsela a todas las instancias del Estado.



La arquitectura financiera

América Latina se ha caracterizado por una baja propensión al ahorro. Este es un serio problema estructural que, entre otras muchas consecuencias negativas, incrementa la necesidad de contar con fuentes externas de financiación. Este es uno de los problemas más complicados que afronta la región: su dependencia de unos mercados inciertos y volátiles para financiarse. El problema es más complicado para aquellos países que, por no haber mantenido una disciplina fiscal, han acumulado una deuda pública de tal magnitud para financiar sus déficits, que su propia sostenibilidad se encuentra en tela de juicio. En esta coyuntura, el papel de los bancos multilaterales y del Fondo Monetario es definitivo. Se supone que estas entidades deberían actuar en forma anticíclica, pero la verdad es que en muchas ocasiones resultan haciendo lo contrario. En un entorno económico mundial tan débil e incierto como el actual, ponen a los países más vulnerables en una trampa diabólica de la cual no es fácil salirse.

¿En qué consiste esta trampa? Sencillamente en que los países con déficits fiscales que necesitan financiación en un mercado tan difícil como el actual no pueden pensar en conseguirla sin un aval del FMI. Hasta el Banco Mundial y el BID están condicionando el desembolso de sus créditos a la existencia de un programa con el Fondo. El Fondo, a su vez, les exige a los países que hagan un ajuste fiscal para equilibrar las finanzas públicas y detener el crecimiento de la deuda. La única forma de hacer un ajuste que de veras sirva, es incrementar los ingresos (léase impuestos) y/o recortar el gasto. Ambas medidas, sin embargo, tienden a frenar el crecimiento. Y si el crecimiento es inferior a lo deseable o a lo esperado, generalmente los ingresos fiscales también disminuyen, lo cual vuelve a incrementar el déficit.

La única forma de salir de ese círculo vicioso es crecer a tasas más altas, y al mismo tiempo generar superávits primarios que permitan estabilizar y hacer sostenibles las deudas. Por eso, el ex presidente Felipe González hablaba de la necesidad de aplicar programas de desarrollo en lugar de concentrarse exclusivamente en los programas de ajuste. El problema está en que los mercados son los que exigen los ajustes para estar seguros de que los países van a poder servir sus deudas, pero son los que primero se retiran de la región ante cualquier turbulencia. Es en esos momentos cuando las multilaterales deberían entrar a suplir los faltantes. Pero lo que se oye por parte de sus principales accionistas es una tendencia a restringir los recursos disponibles para estos propósitos. De hecho, el BID ya impuso topes a los créditos de emergencia.

Por todo lo anterior se recomienda buscar la forma para que la arquitectura financiera juegue un papel más constructivo en el desarrollo de América Latina.

Al final del ejercicio se quiso elegir una frase corta que identificara una visión hacia donde los gobiernos deben dirigir sus acciones. La que ganó fue "convertir a los ciudadanos en verdaderos partícipes y accionistas de sus países". Solo así las sociedades latinoamericanas podrán vencer la apatía y la indiferencia para poder trabajar mancomunadamente y salir adelante.
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