| 9/1/1994 12:00:00 AM

Perú: tránsitos, rutas y medios

A menos de un año de las elecciones y liderando las encuestas, Fujimori sigue enfrentando las profundas contradicciones que lo llevaron a la Presidencia.

Por las calles de Lima, antes plagadas de jardines y casonas señoriales y hoy bordeadas por rejas que encierran locales de toda índole, transitan automóviles que el desgastado asfalto no había soportado en muchos' años. Escasos, pero notarios y relucientes Volvos y Mercedes, BMW, Cherokees y un singular Porsche conviven con un masivo número de lustrosos escarabajos Volkswagen y viejos Toyotas, cuyas corroídas carrocerías llevan rodando, en algunos casos, más de quince años. Los automóviles de los limeños, así como los modernos edificios que se levantan en San Isidro, en desmedro de aquellos del centro de la ciudad que no han visto pintura -y en muchos casos inquilinos-en muchos años, reflejan la contradicción en la que viven hoy los peruanos.

Víctima de una de las peores crisis económicas en -Latinoamérica en este siglo y de otra no menos grave crisis política cuya dimensión ha cuestionado la vigencia del orden democrático en el país, el Perú ha sido asediado por uno de los movimientos guerrillero-terroristas más sanguinarios del hemisferio occidental, y la extendida influencia del narcotráfico, que han contribuido a socavar el tejido social de una de las naciones más importantes en el área andina del continente.

Gobernado por quien era un virtual desconocido en la política nacional hace cuatro años; acabada la pesadilla de la hiperinflación, aparentemente resuelto el drama de organizaciones políticas que semejaban un circo y reducida la amenaza de la insurgencia armada, el Perú transcurre, triunfal y penosamente ante la estabilidad y el progreso; la precariedad y la miseria de la misma manera en la que Volvos y Volkswagens sortean los escollos de las calles limeñas.



EL CAMINO DE LA REVOLUCIÓN UNIFORMADA

ENTRE 1930 Y 1963 el Perú fue fundamentalmente gobernado por cuatro dictaduras militares que permanecieron en el poder durante casi 18 años. Hacia el final de ese período, la promesa del reformismo populista llevó a que Fernando Belaúnde Terry fuera elegido en lo que se convertiría en su primer gobierno. Cinco años después, crisis económica, revueltas campesinas y un incipiente movimiento guerrillero impelieron una nueva intervención militar que cambiaría el rostro del Perú.

En 1968, el "gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas", encabezado por el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), inició un proceso hasta entonces desconocido en América Latina, el de una dictadura militar izquierdista, que inició una reforma agraria que habría de acabar con la oligarquía y que nacionalizó la producción multiplicando , el rol del Estado. Las tendencias radicales del "septenato" llegaron a su fin cuando sectores conservadores de la Marina y el Ejército depusieron a un enfermo y acabado Velasco. Los cinco años siguientes, la "segunda fase" del general Francisco Morales Bermúdez se caracterizaron por la austeridad fiscal y una moderación del radicalismo socialista que frustra-

ron las expectativas generadas por Velasco, y que determinaron la retirada militar que se inició con una Asamblea Constituyente en 1977 y culminó en las elecciones presidenciales de 1979. En 1980 Fernando Belaúnde volvió al palacio de gobierno peruano en un país que no se parecía en nada al que había dejado doce años atrás.









LA DEMOCRACIA Y SUS SENDEROS

BELAÚNDE HEREDÓ un Estado sobredimensionado e ineficiente, al que sencillamente maquilló con reformas. que no contribuyeron a paliar una crisis que, agravada por la crisis mundial de la deuda de 1983, generó recesión e inflación. La caída de los precios internacionales de las materias primas de exportación, y los crecientes pagos del servicio de la deuda, fueron agravados por la aparición y desarrollo de Sendero Luminoso, cuya guerrilla rural y terrorismo urbano terminaron por cobrar las vidas de 2'.000 peruanos a lo largo de los últimos 14 años.

Acosados por la creciente violencia y agobiados por la estrecha situación económica, los peruanos voltearon los ojos hacia uno de los viejos tótem de la política peruana. El partido Aprista peruano, que veía bríos renovados en la masiva elección de Alan García, asumió el poder después de 60 años de brega política.



EL DESPEÑADERO HIPERINFLACIONARIO

PARTIENDO DE lo que ciertos analistas dieron llamar el "aprismoleninismo", García lanzó un programa económico heterodoxo basado en el crecimiento estimulado de la demanda y la redistribución del ingreso: Negándose a pagar a la banca internacional más del 10% de los ingresos por exportaciones, el gobierno aprista privilegió la importación de bienes a través de un complicado mecanismo de tarifas y tipos de cambio, para salir de la recesión. El aparente éxito del modelo, que defendían los audaces asesores económicos de García, quienes en su radicalismo keynesiano sostenían que "el déficit fiscal no es inflacionario", se reflejó en tasas de crecimiento del PIB de 17.5% en 1986 y 11.7% en 1987. Lo que García y sus asesores no revelaban, sin embargo, es que tales records se habían logrado a costa de los recursos que la austeridad de Belaúnde, y la apropiación -congelamiento en la terminología gubernamental- de cuentas bancarias en dólares decretada por García, habían generado. Las reservas internacionales netas, que García recibió en US$ 1.383 millones cayeron a US$ 866 millones en 1986 y US$ 81 millones en 1987.

Hacia 1987, sin crédito internacional, y sin controlar en nada creciente corrupción y desabastecimiento generados por innumerables controles, García decidió en el más profundo secreto su peor traspié. En julio de ese año, el presidente anunció la estatificación del sistema financiero para "democratizar" el acceso al crédito. El dispendio de las reservas internacionales en subsidios al consumo y la indexación de salarios se reflejaban en crecientes déficit de la cuenta corriente, caída de la presión tributaria y creciente inflación.

La solución de García fue la de los audaces: emisión inorgánica para mantener la demanda en movimiento. La inflación saltó de 63% en 1986 a 115% en 1987, 1.722% en 1988, 2.775% en 1989 y 7.650% en 1990. El tipo de cambio pasó de US$ I/13.95 en 1985 a US$ I/ 4.963 en 1989, o sea una devaluación equivalente a 35.477%. El PIB cayó en 5.2% en 1988, 8.2% en 1989 y Q.5% en 1990. Para 1,988 las reservas internacionales netas eran negativas en US$ 317 millones.

La sociedad peruana, víctima de una neurosis colectiva en la que la realidad se confundía con la ficción, en la que el fruto del trabajo mensual se esfumaba en días, cayó en un estado anímico caracterizado no por la violación de las leyes sino por su prescindencia. En Lima, las viejas costumbres sociales se desmoronaban con adolescentes de la conservadora clase media limeña haciendo favores como única manera de mantener niveles de consumo: Y mientras la economía se dolarizaba, con una oferta inagotable de dólares del narcotráfico que usaba las calles de la capital como el mejor medio para lavar dinero que hasta el mismo Banco Central demandaba, la economía subterránea ganaba terreno en una ciudad en la que ya no se hacían colas, en donde las, luces rojas eran sistemáticamente ignoradas y en donde la corrupción era una forma de subsistir.

Al final de su período García dejó una inflación acumulada de 2.000.000%, una caída del PIB real de 13%, declive en los salarios superior al 60% y US$ 14 millones de pagos atrasados en deuda externa. El ambiente nos podía ser más propicio para Sendero Luminoso, cuyos líderes habían decidido acelerar el colapso del Estado peruano.

LA RUTA DE LA ESTABILIZACIÓN

AGOBIADOS POR la crisis, los peruanos parecían inclinarse por una nueva opción encabezada por Mario Vargas Llosa, quien había sido el némesis de Alan

García. La alianza de Vargas Llosa con dos de los partidos tradicionales de la

derecha peruana, Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, y la sincera

claridad de su campaña, que demandaba sacrificios antes que recompensas, signaran, sin embargo, su derrota a manos de un neófito en la política peruana.

Alberto Fujimori, ambiguo en su discurso de campaña, se convirtió en el lapso de dos meses en el retador del más famoso de los escritores peruanos derrotándolo con sus críticas a las propuestas de ajuste ortodoxo y con su apelación a las mayorías indígenas del país. Una vez en el poder, sin embargo, Fujimori implementó un programa .de estabilización mucho más estricto que el del propio Vargas Llosa, corrigiendo precios relativos, suspendiendo la emisión inorgánica, eliminando subsidios, aplicando impuestos de emergencia y reduciendo aranceles. En su decisión más radical, que los peruanos llamaron el "Fujishock", el nuevo presidente subió el precio de los combustibles en 30 veces de la noche a la mañana.

Alentado por niveles de popularidad superiores al 50%, Fujimori incrementó la recaudación tributaria, del 4% del PIB heredada de García a 8% hacia 1991, eliminó seis ceros de la moneda nacional, el inti, para crear el nuevo sol, e introdujo reformas referentes a la inversión extranjera, zonas de libre comercio, liberalización del sistema financiero, promoción a la inversión privada y reformas en los sectores petrolero, agrícola, comercio exterior, tipo de cambio, en la administración pública y el empleo. En 1991 la inflación cayó a 139%, el PIB creció 2.8% y el país restableció relaciones con los organismos económicos multilaterales. Para 1992, sin embargo, las relaciones entre el presidente y el Congreso habían empezado a entrar en un período de tensión por lo que el último consideraba excesivas atribuciones del Ejecutivo. Fujimori, cuyo gobierno enfrentaba además la peor ola de violencia de Sendero Luminoso, no tardó en reaccionar. El 5 de abril de 1992, coludido con los militares y a poco menos de dos años de su elección, el presidente disolvió el Congreso, intervino el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Contraloría General y el Tribunal . Constitucional, en lo que la prensa internacional llamó un "autogolpe" y los peruanos el "Fujimorazo".

Fujimori no podía arriesgar el fracaso del plan de estabilización por un posible, aunque probablemente relativo, bloqueo liderado por su principal socio comercial: los Estados Unidos. De otro lado, con un apoyo cercano al 70% el autogolpe no necesitaba de mayores imposiciones: hastiados por la crisis, la violencia y el caos, los peruanos habían cambiado la fe en el cambio que Fujimori representaba en un sistema democrático por la aparente seguridad de un autoritarismo civil que emulaba a lo que para muchos era, y sigue siendo, la "dictadura ideal" de Pinochet en, Chile.

Con el fin de reducir las presiones internacionales, que expresaban preocupación con la continua violación de derechos humanos, y a fin de tomar la iniciativa, Fujimori llamó a elecciones para un Congreso Constituyente Democrático (CCD) que promulgaría una nueva constitución y reemplazaría al Parlamento bicameral por uno cuya Cámara única tendría 80 miembros. La iniciativa no modificó, sin embargo, las expectativas de los agentes económicos, quienes asumieron el aislamiento del país y una posible escalada subversiva que podría encontrar en la dictadura un argumento para justificar su legitimidad, exportando capitales por un monto cercano a los US$ 500 millones. Cuando la situación empezaba a tornarse crítica, un golpe de suerte para Fujimori, pero un logro de la constancia ejercida por la empobrecida División de la Policía Contra el Terrorismo, cambió los rumbos, nuevamente borrascosos, a los que parecía dirigirse inevitablemente el Perú. El 12 de septiembre de 1992 Abimael Guzmán, fundador y líder indiscutido de Sendero Luminoso por 20 años, fue detenido en un barrio residencial limeño.



¿LUZ AL FINAL DEL TÚNEL? LA CAPTURA y sumaria condena de Guzmán dieron nuevos aires al gobierno cuya reforzada popularidad hizo posible una mayoría fujimorista en el CCD y una fácil aprobación de la nueva Constitución en 1993. Liberal como pocas, la nueva carta eliminaba el rol empresarial del Estado, recortaba los derechos laborales e incrementaba sustancialmente el poder del Ejecutivo a quien confería amplios poderes presupuestarios, la capacidad de disolver el Congreso, autonomía en cuestión de ascensos militares e inferencia en la administración del Poder judicial. Por otro lado, ésta introducía el referéndum

como iniciativa legislativa popular, restablecía la pena de muerte sólo para casos de terrorismo, y aseguraba la posibilidad del continuismo con el restablecimiento de la reelección presidencial.

El PIB, que había caído en 2.7% en 1992 creció 6.5% en 1993 mientras que el índice de precios al consumidor bajó de 57% en 1992 a 40% en 1993. El clima de seguridad y estabilidad dio pie para relanzar el proceso de privatización en el que el gobierno había incluido 180 compañías. .Hacia fines de 1993 la inversión extranjera, directa y de capital, alcanzó US$ 1.800 millones impulsando una economía al borde de la inanición. La ola de crecimiento se debe prolongar en 1994 con el crecimiento del PIB en niveles de 9% y la inflación por debajo de 20%.

Los logros económicos de Fujimori, no vistos en gobierno alguno desde 1974,. no son sin embargo todo lo que parecen. El crecimiento económico ha sido generado por grandes inversiones de capital y la recuperación en pesca y minería. Por otro lado, el combate contra la inflación, en la que otros 43 ajustes a lo largo de 19 años habían fracasado, ha causado una dramática restricción en el consumo que ha venido creciendo a un tercio de la producción. Parte de la prevaleciente, aunque cada vez menor, desconfianza es la gran proporción de dólares en el sistema que, al representar casi 70% de la liquidez monetaria, han impelido un proceso de "remonetización" en el que el Banco Central' viene tratando, infructuosamente, dé esterilizar los flujos en moneda extranjera.

Pasada la etapa de estabilización, con respecto a la que todos los peruanos estaban de acuerdo, y que resultó relativamente fácil implementar, el Perú

se encuentra involucrado en un proceso de reformas estructurales para las cuales el gobierno no cuenta con instituciones ni personal adecuados y con recursos

limitados. Una situación macroeconómica aún frágil, balanzas comerciales negativas y persistente pobreza -la mitad de la población peruana está clasificada como pobre y un quinto como extremadamente pobre-, pueden cerrar el paso a la productividad de la que depende el futuro del país.

Desde su perspectiva económica, careciendo de un sentido institucional y tolerante hacia los complejos y aparentemente inútiles procedimientos democráticos, el gobierno no parece reconocer que ese mismo Estado al que ha atacado y desmantelado será necesario, en una versión moderna y eficiente que no sólo posibilite la inversión sino que controle los excesos y proteja a los ciudadanos, así como los intereses del país, desde instituciones independientes capaces de ejercer la división de poderes.

A menos de un año de las elecciones presidenciales y liderando las encuestas con 19% de ventaja en relación con su potencial rival, el ex secretario general de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuéllar, para un total de 45% en la preferencia de voto, Fujimori, enredado hoy en día en disputas conyugales de

alcance político, sigue enfrentando las profundas contradicciones que lo llevaron a la Presidencia y que su gobierno no ha podido, como probablemente no hubiera podido cualquier otro, solucionar.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?