| 8/1/1995 12:00:00 AM

Oro en el país de la plata

La rigidez del patrón dólar lleva a la renuncia de Domingo Cavallo en Argentina.

En estos días el gobernador de la provincia de Buenos Aires ha decretado un "toque de queda" que busca "acabar" con el delito, el uso de drogas y la criminalidad; y, al mismo tiempo, recuperar las buenas costumbres entre los jóvenes porteños. La medida, que impone el cierre de toda clase de establecimientos a las 3 de la mañana, ha generado un debate tan obvio como inesperado en una ciudad acostumbrada a vivir de noche. Mientras que los noctámbulos bonaerenses critican al gobernador por su falta de sensibilidad bohemia, y los jóvenes inventan ya formas de burlar el cierra puertas, la oposición ha encontrado una nueva arma contra la administración justicialista. Independientemente de las razones políticas o morales de la medida, argumentan los críticos, los males que atacan al país en general y a la capital de la provincia en particular, tienen que ver con la situación económica Argentina y no con el horario de cafés, confiterías y bares en Buenos Aires.

LA REALIDAD POSTELECTORAL

La victoria electoral de Menem en mayo, aparentemente el mejor augurio para el éxito de su segunda administración, hizo suponer un respaldo masivo a las políticas del gobierno cuyos triunfantes miembros previeron un renovado boom económico. Analistas y políticos por

igual no consideraron, sin embargo, que el voto podía representar el miedo al pasado, antes que complacencia con el presente ni, acaso, que la situación política y económica del gobierno era tan boyante.

En las semanas anteriores a la elección, en la etapa final de la campaña, un incidente imprevisto complicó el panorama político de manera inesperada. El trágico accidente en el que muriera el hijo del presidente Menem creó un breve vacío de poder en la Casa Rosada, que postergó la definición de una clara política postelectoral y que desató conflictos postergados en aras electorales. La popularidad y poder de Domingo Cavallo, el ministro de Economía, aunada a la conocida falta de humildad, provocaron una breve pero intensa confrontación que buscaba su destitución. Cavallo, adelantándose a sus enemigos, atacando antes que defenderse, utilizó públicamente una palabra prohibida en el vocablo económico argentino: "recesión". La jugada del creador de la convertibilidad, en el contexto de la inestabilidad financiera

generada por el "efecto tequila", tuvo un efecto inmediato en la confianza doméstica, que recurrió a estrategias defensivas un tanto irregulares.

En lugar de presionar el índice de precios -la inflación siempre ha sido el signo más claro de inestabilidad en Argentina- los argentinos redujeron el consumo y postergaron inversión. El terrorismo económico de Cavallo le ganó el apoyo incondicional del presidente, pero evidenció de manera lateral los males que afectan a la economía del país.

Cavallo y los argentinos aposi taron hacia 1991, cuando la ley de convertibilidad fue aprobada, a dos instrumentos: la libre conversión del peso con respecto al dólar en el nivel uno a uno, y el flujo constante del ahorro externo que permitiría la continua expansión de la economía. Y si bien la primera se mantuvo, el segundo se deterioró por causas fuera del dominio nacional. La crisis mexicana de diciembre de 1994 cambió las expectativas y los horizontes de la inversión en Latinoamérica, demostrando que las ventajas de la globalización financiera conllevan obvias desventajas.

La ola de desconfianza que el "efecto tequila" desatara entre diciembre de 1994 y febrero de 1995, implicó una repatriación masiva de capitales extranjeros invertidos en Latinoamérica, cuya resaca desató una serie de fugas de capitales consideradas, erróneamente, como una cosa del pasado. Antes de las elecciones de mayo, los efectos de la crisis mexicana provocaron una reducción de aproximadamente 16% del total de depósitos en el sistema bancario argentino. La corrida de fondos generó un desesperado aumento en las tasas de interés, y evidenció una crisis de liquidez cuyos alcances no habían encontrado criterio alguno de previsión.

La convertibilidad, que se convirtió en la única medicina posible para la hiperinflación de los ochenta, sujetó a las empresas argentinas a un régimen draconiano en términos de reducción de costos, establecido para compensar la ausencia de devaluación. Y los costos que más se sacrificaron fueron los laborales. La fuerza de trabajo no sólo fue, ha sido y sigue siendo víctima de la reducción en costos, sino también de la rigidez impuesta sobre los salarios. La recesión, reconocida o no, no ha podido así expresarse en consumo: el desempleo en Argentina raya en el 19% y los shocks externos no auguran horizonte propicio en el corto plazo.a crisis laboral no sólo se ha limitado al sector privado. Ha atacado con mayor fuerza al sector público, en muchas de cuyas dependencias no se pagan sueldos desde hace dos meses. Peor aún, el gobierno ha amenazado con reducir salarios hasta en 30%, al mismo tiempo que busca aumentar impuestos e incluso cobrarlos por adelantado.

Dependiente de sus exportaciones, el país está en manos de una demanda externa, que si bien tiene una tendencia creciente, puede detener su impulso en cualquier momento. La disminución en el ritmo de crecimiento, interno y externo, cuestiona además los objetivos fiscales comprometidos frente al Fondo Monetario Internacional. Pocos tienclen a creer que el gobierno sea capaz de cumplir sus objetivos (le superávit fiscal equivalente a US$2.000 millones. Lo único que le queda a Cavallo y su equipo es convencer a los inversionistas extranjeros, y a los propios argentinos con dinero en el exterior, que el futuro es mejor (le lo que perciben y que sus dólares tendrán retornos adecuados en Argentina.

La ausencia de receptividad, sin embargo, podría amenazar con creciente descontento social, inestabilidad y crisis financiera. Las protestas recientes en las provincias del interior evidencian el malestar ocasionado por una crisis implícita que nadie pareciera querer reconocer, y pone al frágil sistema financiero en una situación difícil. Si algún evento inesperado, de la magnitud del levantamiento zapatista en Chiapas, generara una nueva corrida bancaria, el gobierno tendría que limitarse a observar el colapso imposibilitado de rescatar bancos por la imposibilidad de aumentar la base monetaria, o, de lo contrario, acabar con la convertibilidad.

Esta última solución es inaceptable para Cavallo que alude, con razón, que la eliminación del uno a uno generaría una corrida al dólar, un efecto negativo en las exportaciones -muchos costos están establecidos en dólares-, y un aumento en la deuda pública que se cobra en pesos, pero se paga en dólares. En una sociedad acostumbrada a la indexación, el efecto devaluatorio tendría consecuencias inflacionarias inmediatas, más aún si se toma en cuenta que una depreciación de diez centavos equivale a diez por ciento.

Cavallo sabe, sin embargo, que la situación es crítica y que podría ser insostenible. El miércoles 23 (le agosto, el ministro de Economía se presento a una interpelación en el Congreso, prefiriendo acusar a sectores privados por tráfico de influencias, antes que reconocer lo álgido de la situación. La cortina de humo, sostienen los analistas locales, es parte de una estrategia establecida por Cavallo para dejar la cartera de economía antes de que las circunstancias obliguen a Menem a prescindir de sus servicios. Cavallo, que aún mantiene ambiciones presidenciales, no querría así asumir los riesgos de una huelga general exitosa, pasando a la historia como el "hambreados" del pueblo por un lado, o el "devaluados" de la economía por el otro. En Buenos Aires ya no se discute si Cavallo renuncia o no, sino más bien cuándo renuncia.

La bancada y el partido peronistas lo han dejado solo para no contagiarse (le su creciente impopularidad doméstica, prefiriendo ignoran las implicaciones financieras internacionales, medio en el cual Cavallo es extremadamente popular. Pero la renuncia no solucionaría el problema de fondo.

Todo apunta a la "madre de todas las crisis de liquidez"; la rigidez de un estándar difícil de multiplicar. De la misma manera que el patrón oro constriñó el desarrollo financiero de las economías desarrolladas en las primeras décadas del siglo, forzando a un cambio por el patrón dólar luego del establecimiento del Fondo Monetario Internacional en Bretron Woods, los argentinos deben buscar una salida a la rigidez de la convertibilidad. La salida de Cavallo apunta a deflactar la economía, reduciendo su tamaño, para incrementar la liquidez monetaria -es decir, devaluar al revés- mientras compra tiempo para el retorno del ahorro externo.

E I gobierno, sin embargo, no tiene mucho tiempo. La crisis de la región, una consecuencia cíclica natural después de los años de crecimiento económico, no parece amainar en el corto plazo, como tampoco parecen amainar los ánimos caldeados de los trabajadores argentinos. Obreros y empleados públicos han llamado a un paro de protesta para el 6 de septiembre, ignorando un llamado de la CGT, la central peronista, para encontrar alternativas a la crisis laboral.

Lo que parecieran ignorar líderes sinclicales y gobierno por igual son las promesas que hiciera el presidente Menem durante la campaña de su primer gobierno: "Por el hambre de los niños pobres, por la tristeza de los niños acomodados, por los jóvenes y los viejos, con la bandera de Dios, que es la fe, y la bandera del pueblo, que es la patria, por Dios, y les pido: síganme. Yo no los decepcionaré". Esas mismas palabras, el pueblo argentino podría no haberlas olvidado.
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