| 7/4/2015 5:00:00 AM

Mundo rico aporta muy poco a la solución de la crisis mundial de los refugiados

Naciones Unidas informó la semana pasada que el número de refugiados en el mundo se halla en su nivel más alto en más de un decenio. Desde unos 10 millones en 2004, la cantidad trepó hasta alcanzar más de 14 millones el año pasado.

Esto está imponiendo una carga considerable sobre unos pocos –abrumadoramente pobres- países anfitriones, carga que podría prolongarse durante décadas. El informe sugiere que más de la mitad de los refugiados del mundo son menores de 18 años, lo cual significa que muchos pueden perfectamente llegar a la madurez antes de salir de su situación de refugiados. La guerra y la sublevación política podrán crear refugiados, pero es hora de reconocer que el sistema global para enfrentar el problema está quebrado –y esto se debe en no pequeña medida a que el mundo industrializado hace muy poco por ayudar a solucionarlo.

El incremento de las cifras es en gran medida consecuencia del conflicto actual en Siria, que ha generado por sí solo 32,9 millones de refugiados. Junto con Afganistán y Somalia, el país ha originado más de la mitad de la población mundial de refugiados. La mayoría de los que han huido de sus países natales son hospedados por unos pocos países en desarrollo. Kenia, Jordania, Etiopía, Irán, Líbano, Pakistán y Turquía albergan cada uno más de medio millón de refugiados y, colectivamente, más de la mitad de la población mundial de refugiados.

En algunos de los países que reciben más refugiados, los nuevos arribos son dirigidos a campamentos semi-permanentes. En Kenia, por ejemplo, los refugiados fueron canalizados hacia el campamento de Dadaab, a 60 millas de la frontera somalí. Tienen prohibido trabajar y quedan viviendo en carpas abastecidas con raciones de alimentos de la ONU. Kenia, junto con Pakistán y Etiopía, tiene poblaciones de campamentos de más de 500.000 personas. En el mundo entero, más de 3 millones de personas viven en estos grupos de alojamiento “temporario” que rápidamente pueden transformarse en permanentes. El tiempo promedio que una persona desplazada permanece lejos de su casa es 17 años. Muchos de los que se encuentran en el campamento de Dadaab están allí desde la hambruna de 2001 en Somalia o incluso desde hace más tiempo.

Inactividad forzada


La inactividad forzada significa que los residentes de los campamentos dependen de la generosidad caprichosa de la comunidad internacional para su sustento: a raíz de la falta de fondos, el Programa Mundial de Alimentos anunció la semana pasada que recortará una cuarta parte de las raciones para Dadaab, reduciendo la provisión de calorías diarias per cápita hasta 1.520 kilocalorías diarias (la provisión alimentaria en los Estados Unidos es de 3.800 kilocalorías por día). La ociosidad también representa un inmenso desperdicio de potencial humano y genera un entorno propenso a la violencia –si bien las pruebas son escasas, el gobierno keniano ha relacionado los recientes ataques terroristas en el país con el campamento de Dadaab.

Los países ricos están en gran medida libres de estas preocupaciones –quizá por esa razón hacen tan poco por resolver el problema. Estados Unidos, que alberga a 267.000 refugiados, tiene la mitad de población de refugiados que Kenia y menos de un quinto que Pakistán o Turquía. La carga estadounidense de refugiados per cápita es la décima parte de la de Pakistán y menos del 7 por ciento de la carga de Kenia. Por otra parte, el PIB por persona en los Estados Unidos es 11 veces más alto que en Pakistán y 19 veces más alto que en Kenia. América –y el resto del mundo industrializado- debería tomar la delantera para resolver el problema de los campamentos permanentes, pero si bien entrega recursos para alimentos y carpas, rara vez lo hace para soluciones.
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