| 10/30/1998 12:00:00 AM

Momento para una idea excelente

Los países deberían tomar conciencia de la importancia de crear un fondo fiscal contracíclico para ahorrar en prosperidad y gastar en recesión.

No hay duda de que la entrada y salida de capitales puede volver a las economías un tanto maníacodepresivas. Sin embargo, los controles de capital que intentan devolver las riendas de la política monetaria a las autoridades locales no tienen sentido. El nivel actual de globalización ha tornado prácticamente inútil la política monetaria independiente en los países emergentes. El movimiento de capitales entre los países es de tal magnitud que supera los esfuerzos de los gobiernos por controlar sus tipos de cambio y sus tasas de interés.



A pesar de ello, aún queda cierto espacio de maniobra para los gobiernos que están decididos a suavizar estos ciclos. Llegó el momento de aplicar una idea excelente: un fondo fiscal contracíclico.



La lógica de funcionamiento de este fondo contracíclico es muy simple. Los gobiernos deberían ahorrar durante los buenos tiempos con un doble propósito:



* Para acumular ahorros en un fondo fiscal que pueda ser utilizado en momentos de recesión, insolvencia fiscal, crisis bancarias o crisis financieras internacionales.



* Para contraer el nivel de gastos durante períodos prósperos, ya que la economía estaría acelerada por sí sola, y porque sería muy difícil mantener ese nivel de gastos cuando los mercados de capitales no fueran tan favorables.



Cuando la economía cae o los capitales huyen, el fondo contracíclico proveería financiamiento suficiente para suavizar la recaudación impositiva y los gastos fiscales. De esta manera, el fondo eliminaría el sesgo procíclico de los mercados financieros sin imponer controles a los capitales. En cuanto a la mecánica de operación, el fondo debería ser institucionalizado mediante un conjunto simple de cláusulas gatillo. Por ejemplo, el fondo acumularía cuando la economía crece a X% o más, y desacumularía cuando la economía crece a Y% o menos.



No se debería confundir este fondo contracíclico con las ideas keynesianas. Los keynesianos tradicionales defendían el uso de políticas fiscales discrecionales para lograr la sintonía fina de la economía. Pero los rezagos en las reacciones fiscales eran muy largos, de tal modo que era imposible lograr esa sintonía. Más aún, la cantidad de información requerida por los gobiernos era demasiado grande para posibilitar la efectividad de estas medidas.



Políticamente, las prescripciones keynesianas eran tramposas. Debido a que proveían una lógica para aumentar el gasto de gobierno, la aplicación de la teoría keynesiana terminaba siempre en déficits crecientes y niveles de deuda fiscal insostenibles. A pesar de su mala performance, las políticas keynesianas son recomendadas aun hoy como solución para la crisis en Asia, en especial en Japón.



Tampoco creo que las cuentas fiscales deberían estar totalmente balanceadas todo el tiempo, que es el

típico argumento antikeynesiano. Un presupuesto

totalmente equilibrado simplemente amplificaría los ciclos. Los gobiernos podrían recaudar más y gastar más en los períodos buenos, y gastarían menos durante las recesiones, lo cual llevaría a más altos picos y más profundas depresiones.



En vez de ello, los políticos deberían buscar un presupuesto equilibrado en el tiempo. Los gobiernos deberían incurrir en déficits cuando hay escasez de capitales o caída en el nivel de actividad. Y deberían compensar esos déficits en períodos de expansión.



No estoy subestimando las dificultades de implementar un fondo contracíclico. Pero, a pesar de las dificultades, es evidente que hay una imperiosa necesidad de hacer algo. La volatilidad creciente de los mercados de capitales debería ser encarada con mejores medidas y no tanto con controles cambiarios. Los países están tomando conciencia de ello y, además, sabemos que no es imposible: Nueva Zelanda ha implementado un programa fiscal contracíclico similar al propuesto en esta columna.



Imagínese los beneficios de una idea tan simple. El gobierno debería controlar sus gastos ya que habría una ley que lo obligaría a tener un balance entre ingresos y gastos equilibrado en el tiempo y a limitar el déficit en los malos tiempos. Los gastos también se volverían más constantes, ya que habría una menor necesidad de recortes fiscales cuando llegan las crisis. Esto permitiría que la inversión pública (una de las primeras víctimas de cualquier ajuste) continúe y contribuiría a un sector público más eficiente.



Así mismo, los impuestos serían más predecibles y estables, ya que no habría necesidad de cambiar en emergencia la estructura impositiva. De esta manera, los mercados financieros tendrían una mayor seguridad acerca de la solvencia de los gobiernos, con lo cual se disminuirían los incentivos a la fuga de capitales.



Cuando los mercados están nerviosos, como hoy, los gobiernos seguramente harán algo. Así es su naturaleza. La pregunta es: ¿lograrán mejorar la situación o la empeorarán? Los gobiernos podrían estafar a los ciudadanos mediante incumplimientos en el pago de sus deudas, devaluaciones o imposición de controles de cpital. O bien podrían diseñar métodos para calmar los mercados, prevenir futuras crisis y generar confianza en las economías en las que la gente invierte sus ahorros. Un fondo fiscal contracíclico sería un pequeño paso para un gobierno, pero un gran avance para la credibilidad y la estabilidad.
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