| 3/1/1995 12:00:00 AM

La insoportable levedad del peso

De la economía de la burbuja al paquete milagroso. Zedillo y Clinton van de tumbo en tumbo.

En los edificios del Paseo de la Reforma y los rascacielos de Wall Street; en las maquilas de Ciudad Juárez y las factorías de El Paso; y en las casas de gobierno de Los Pinos y la Casa Blanca, por más de un mes, el tema ha sido uno: la insoportable levedad del peso.

Después de haber caído en 81% al 30 de enero, cuando alcanzó su punto más bajo a un tipo de cambio de US$6.33 por dólar, comparado a US$3.5 el 20 de diciembre del año pasado, la moneda se mantenía, al 10 de febrero, en precarios US$5.48 por dólar, el equivalente a una devaluación del 57% en menos de sesenta días. Las fluctuaciones monetarias, la zozobra y la oposición habían puesto al partido de gobierno mexicano en una de las posiciones más delicadas en sus sesenta años de hegemonía.

Para mediados de febrero, diez semanas después de haber asumido la presidencia, Ernesto Zedillo Ponce de León enfrentaba una de las coyunturas más críticas en la historia contemporánea de México. Acosado por problemas económicos, políticos e insurgentes, el presidente combatía en tres frentes: el de la devaluación, la derrota electoral y la acción militar en Chiapas. Zedillo enfrentaba además otro tipo de batallas: una doméstica, la rebelión creciente entre los sectores conservadores del PRI; y una internacional, la inusual presión sobre el manejo económico de la crisis.

Desde que Miguel de la Madrid (1982-1988) iniciara una serie de reformas económicas, producto de la "crisis de la deuda", que se consolidaron durante el sexenio de Carlos Salinas (1988-1994), la línea dura del PRI ha venido resistiendo los cambios políticos que deberían haber acompañado a la liberalización. El resentimiento partidario se ha atrincherado contra la pérdida de poder político y económico y ha

resistido recurriendo, según -todo parece indicar, incluso a la violencia. Por otro lado, agobiado por las expectativas de casi todas las naciones de la región, que sintieron después de la caída del nuevo peso mexicano la sensación de fragilidad y la premonición de desastre, Zedillo ha venido tratando de acomodarse a las exigencias de un paquete de rescate cuya dimensión salvaría a la economía mexicana del colapso, pero que a su vez incrementaría la deuda externa del país en casi 50%, e impondría condiciones nacidas de instituciones extranjeras como la Secretaría del Tesoro y el Congreso norteamericanos, que el gobierno tendría problemas en manejar políticamente.

Las consecuencias del "efecto tequila" no sólo han tocado a los países latinoamericanos, que asumieron en México una suerte de modelo a seguir, sino también a una docena de economías emergentes que han ligado sus destinos al flujo de capitales externos; a los mayores bancos de inversión en New York y México que invirtieron miles de millones de dólares propios y ajenos, en mercados que sólo prometían crecer; y a una serie de industrias que apostaron por un peso fuerte vinculado al Nafta.



LA BURBUJA COMO ESTRATEGIA DE CRECIMIENTO



Por la crisis mexicana se venía anunciando desde 1991 cuando la balanza en cuenta corriente (la diferencia entre el total de bienes y servicios exportados e importados) empezó a acumular déficit ligeramente superiores al 4% del PIB, pero que no preocuparon a nadie, gracias a la creciente cuenta de capital da diferencia entre exportación e importación de capitales de corto y largo plazo), que con saldo de US$24,940 millones hizo posible un cómodo superávit de US$8,137 millones en la balanza de pagos ese año. Los crecientes déficit en la cuenta corriente (6.8% del PIB en 1992 y 6.4% en 1993) fueron desdeñados como anunciadores de crisis. Su existencia, señalaron los gestores del plan económico de la administración Salinas, era indicador de creciente actividad económica, de la importación de bienes de capital, necesarios para el sostenimiento del crecimiento, y de la existencia de inversión extranjera. Esta había venido incrementando su participación en la cuenta de capitales en un aparentemente sostenido flujo, que llegó a sumar US$30.882 millones a fines de 1993. Hacia fines de 1994, sin embargo, el déficit de la cuenta corriente alcanzó su punto más alto en US$30,000 millones (8% del PIB) para una cuenta de capital, en el mejor de los casos, de solamente US$11,600 millones.

La burbuja, que había venido creciendo año por año engañando a

mexicanos y extranjeros por igual con su atrayente resplandor, alcanzó su punto máximo hacia la mitad de 1994 cuando el capital foráneo, atemorizado por el asesinato de Luis Donaldo Colosio empezó a decaer. Para el segundo trimestre de 1994 la cuenta de capital había descendido de US$11,434 millones entre enero y marzo a solamente US$1,014 millones entre abril y junio. En los mismos períodos el déficit en cuenta corriente creció de US$6,858 millones a US$7,351 millones. En ese momento, la diferencia empezó a ser pagada

con las reservas internacionales que cayeron de US$29.000 millones en febrero a menos de US$7,000 millones (el equivalente a dos meses de importaciones) en diciembre de 1994.

Gran parte de la inversión extranjera, acumulada entre enero de 1991 y junio de 1994 y que Había empezado a abandonar el país, estaba entre los US$25,546 millones invertidos por extranjeros en acciones de la Bolsa de México, la que había visto un año irregular para cerrar con 44% de pérdidas en dólares entre enero y diciembre del año pasado.

El gobierno de Salinas, que había tratado de mantener una política monetaria austera para controlar la inflación, y que había tratado de esterilizar el flujo de dólares con los instrumentos de deuda, asumió que las importaciones, en su mayor parte intermedias y de capital, se reducirían en la misma medida que la disminución de capitales extranjeros, pero no tomó en cuenta que el asesinato del secretario general del PRI, losé Francisco Ruiz Massieu, iniciaría otra corrida de capitales, ni que las importaciones seguirían con la inercia que la sobre valuación del peso les seguía dando.

Cuando las reservas llegaron al punto crítico de diciembre, la devaluación se hizo inevitable. Allí reventó la burbuja.



EL PAQUETE MILAGROSO



La devaluación de diciembre y la salida del "capital golondrina" eran solamente parte del problema. Una importante proporción de la inversión extranjera se encontraba en papeles de deuda de dos denominaciones: Cetes (deuda en pesos) y Tesobonos (deuda en dólares) que ascendían a US$19,520 millones y US$10,736 millones respectivamente a junio de 1994. Los Tesobonos, creados en febrero de 1994 para atraer capital extranjero, eran - los que presentaban el mayor problema: alrededor de US$16,000 millones, en su mayor parte en manos de inversionistas norteamericanos, maduraban en marzo de 1995 y las posibilidades de default (no cumplimiento), considerando la imposibilidad de reemplazar las reservas internacionales, era inminente. En Estados Unidos se sintieron los escalofríos de 1982: el fantasma de la "crisis de la deuda" rondaba nuevamente.

Fue precisamente tal posibilidad la que provocó la inmediata ayuda de los Estados Unidos, que proveyó una línea de crédito, creada entre los acuerdos de Nafta, de unos US$3,000 millones para mantener el valor del peso en las primeras horas de la crisis. A la luz de una corrida de capitales, que no podía ser detenida con un control de cambios que Nafta impediría, el Fondo Monetario Internacional proveyó un standby loan de US$7,760 millones. Cuando ambos recursos probaron ser insuficientes ante la dimensión de la deuda en proceso de maduración, Bill Clinton propuso la creación de un préstamo garantía de US$40,000 millones. Esta suma funcionaría como una reserva en garantía. En el caso extremo de default, serviría para la reestructuración de la deuda mexicana. El préstamo enfrentaba, sin embargo, un escollo de dimensiones mayores: la aprobación del Congreso norteamericano.

A raíz de las elecciones de noviembre, el Congreso de los Estados Unidos había cambiado de una tradicional mayoría demócrata, a una nueva y enérgica mayoría republicana, que había logrado su triunfo con base en una serie de promesas populistas y que propugnaba la no intervención dejase no gasto) en cuestiones internacionales. El paquete de rescate les ofrecía, precisamente, a ellos y a los demócratas que se opusieron a Nafta, la posibilidad de probar su fuerza, independientemente del desastre que podría significar el colapso mexicano. El Congreso demandó modificaciones en los salarios y la política laboral mexicanos, además de condicionar el préstamo a mayores esfuerzos para reprimir la emigración ilegal y el narcotráfico. Tales exigencias empezaron a agravar la crisis y a generar demandas políticas, que Zedillo se veía imposibilitado de cumplir ante las resistencias del Congreso mexicano. Al borde del rechazo de ambos cuerpos legislativos, y cuando el peso alcanzó su nivel más bajo, Clinton fue capaz de encontrar una nueva salida: recurriendo a un oscuro fondo de la Secretaría del Tesoro norteamericana (Treasury's Exchange Stabilization Fund) y forzando al FMI a aumentar su ayuda, el presidente puso en marcha el "Plan B".

El nuevo esquema proponía, sobreseyendo al Congreso a través de una orden ejecutiva, un paquete de US$52,800 millones compuesto por US$20,000 millones en swaps and guarantees de los Estados Unidos, US$17,800 millones en standby loans del FMI, US$10,000 millones del Bank for International Settlements (IBS), US$3,000 millones en líneas de crédito de la banca privada y US$2,000 millones de otras fuentes. El paquete "milagroso" presenta, sin embargo, dificultades y potenciales problemas.

En lugar de un préstamo garantía, el "Plan B" se convertía en una préstamo real que aumentaría en casi 50% la deuda externa mexicana, actualmente sobre los US$120,000 millones. El nuevo paquete incluye en su mayoría préstamos de corto plazo (3 a 5 años) y una proporción menor a largo plazo (10 años). Tales incrementos en la exposición internacional mejorarán la situación del país en la coyuntura, pero no serán capaces de darle los lapsos necesarios para resolver sus problemas estructurales.

El préstamo del FMI ha generado serios conflictos entre los países miembros. Aprobado bajo los auspicios y la presión de los Estados Unidos, que representa el 40% de las decisiones del directorio, el préstamo, equivalente a un volumen siete veces mayor a las líneas regulares de la institución, fue rechazado por Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Suiza. El organismo contempla en sus estatutos el trato igualitario de los países miembros y el préstamo a México ha sentado un precedente negativo, especialmente en el actual escenario de crisis financieras alrededor del globo.

Las condiciones del préstamo, por otro lado, han empezado ya a provocar rechazo entre los mexicanos que nunca han visto la intervención extranjera con buenos ojos. La prestación del paquete obliga al gobierno a presentar cuentas detalladas del manejo monetario y fiscal cada mes, cosa que el Congreso mexicano, ciertos sectores del partido y muchos mexicanos rechazan tajantemente. Como si eso fuera poco, el Congreso norteamericano ha buscado censurar la Orden Ejecutiva por US$20,000 millones, aduciendo que la ocupación anterior del secretario del Tesoro, Robert Rubin, presenta un conflicto de intereses. Hasta 1992, Rubin, la pieza clave en el diseño del "Plan

B", se desempeñaba como copresidente de Goldman Sachs, el banco de inversión privado más grande en los Estados Unidos.

La suma de tales escollos provocó que el "Plan B" no fuera aprobado, como se esperaba, en la segunda semana de febrero y que su viabilidad, puesta en cuestión, siguiera afectando el valor del peso que se mantiene en precario equilibrio.



REACCIÓN DOMÉSTICA E IMPACTO GLOBAL



La crisis monetaria mexicana tuvo efectos políticos casi inmediatos, cuando el presidente Zedillo ordenó, el 8 de febrero, la movilización de centenares de tropas en Chiapas. Aduciendo el descubrimiento de un arsenal rebelde y la identidad del "subcomandante Marcos", Zedillo parecía estar tratando de disipar la tensión creada por la inestabilidad del peso y la incertidumbre que las elecciones en jalisco estaban creando entre los dirigentes del PRI. Las acciones militares en Chiapas, sin embargo, no sólo fracasaron en sus intentos de capturar a los rebeldes, sino que desataron críticas de la oposición política, los organismos internacionales de derechos humanos y no acallaron las voces de protesta del PRI, que ven en las derrotas políticas señales de debilidad presidencial.

Las consecuencias económicas de la crisis se han manifestado además en la creciente debilidad del sector financiero, cuya cartera vencida está creciendo día por día, y en compañías que se "palanquearon" en dólares aprovechando bajas tasas de interés en los Estados Unidos, pero que ahora ven crecer desembolsos e intereses. El 14 de febrero el Grupo Sidek, un conglomerado vinculado a la acería, la construcción y el turismo, declaró una moratoria por US$19.8 millones, la que causó una de las caídas más severas de la

Bolsa de México. Para el viernes 17 el IPC había caído, desde el primer día del año, 23.6% en pesos, el equivalente a 34% en dólares.

Los problemas de México no se han limitado, sin embargo, a sus fronteras. En el corto plazo, la recesión que habrá de ver México este año -el crecimiento esperado es de cero en el mejor de los casos-, combinada con alta inflación, alrededor de 30%, afectará la capacidad de consumo de los mexicanos.

La Reserva Federal norteamericana espera una reducción de entre 20,000 y 30,000 puestos de trabajo en los Estados Unidos, como consecuencia de una reducción de exportaciones a México. La crisis ha afectado también a Wall Street, que ha visto pérdidas históricas en 1994, producto fundamentalmente de los incrementos en las tasas de interés norteamericanas -y su efecto en el mercado de bonos- y la crisis de los mercados emergentes. En los dos últimos meses, J. P. Morgan; CS First Boston; Goldman Sachs; Solomon Brothers; Merryl Lynch; Smith Barney y Lehman Brothers anunciaron un total de 6,000 despedidos.

Si bien la crisis mexicana se desencadenó por razones domésticas, la incapacidad del gobierno para aceptar las limitaciones de su propia economía, sus orígenes forman parte de un nuevo esquema mundial. La ola de reformas económicas, generada por el fin de la guerra fría, ha internacionalizado el capital, al punto de convertir la inversión privada de portafolio en un instrumento imprescindible para el desarrollo. La volatilidad de los capitales internacionales, sin embargo, puede estar generada en avaricia, más que en genuino interés por ganancias razonables. No es casual que en estos días la ocupación de broker esté siendo cuestionada en los Estados Unidos por inversionistas y ahorristas por igual, quienes ven con preocupación el interés que sus corredores prestan a sus propias bonificaciones, y no necesariamente el riesgo que corren con el dinero de sus clientes. La variable internacional en la crisis mexicana no exime, sin embargo, al gobierno, que lejos de controlar el flujo de capitales en niveles manejables, influyó en su entrada indiscriminada. El caso mexicano demuestra que el verdadero capitalismo, el que debe favorecer a las mayorías, sólo es posible a través de verdaderas democracias: aquellas que permiten la división de poderes y el control mutuo de las instituciones, pero sobre todo las que permiten difundir el mal (o buen) manejo de las finanzas públicas, con el fin de corregir errores antes que devenguen en crisis. Se trata finalmente de oponer la densidad del interés nacional a la levedad de políticas promovidas por intereses particulares.
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