| 1/1/2012 5:00:00 PM

La deuda: ¿estamos realmente a un paso del abismo?

Hay diferentes maneras de examinar el endeudamiento, incluso la deuda que tenemos con aquellos que han sido una fuerza de cambio, opina la escritora e historiadora Sarah Dunant.

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BBC
Cuando niña, pasé por una fase extraña en la que, para poder dormir por la noche, contaba. Empecé con ovejas pero pronto había tantas que las abandoné, y seguí contando, sin cesar. Eventualmente me di cuenta de cuán sinsentido era estar acostada contando en vez de dormir y paré. No me acuerdo a cuánto llegué, pero era cerca de 20.000.

Cuando lo recuerdo, me pregunto si no estaba un poco desquiciada.

Este año he sentido un elemento de desquicio similar respecto a los números, a medida que los dígitos y los ceros se han apilado uno encima del otro para reflejar el peligroso y precario estado de la economía global.

Uno podría contar toda la vida -noche y día- y nunca llegaría a los billones que le debemos usted, nosotros, las compañías, los gobiernos, las naciones soberanas, yo a... ¿a quién exactamente?.

¿Estamos realmente a un paso del abismo? ¿Se acabó el mundo que conocemos?

Tratar de entender las ramificaciones de esta catástrofe hace que la mente tiemble: es como imaginar el infinito.

Y en medio del pánico surge una pregunta sencilla: ¿cómo logramos todos ignorar lo obvio?
La usura y el florín

Trabajando en Italia hace unas semanas, me topé con una exposición en el palacio Strozzi de Florencia que explicaba los dolores de parto económicos y morales de la banca hace 500 años.

Florencia fue el lugar en el que todo empezó, con el florín dorado, la moneda que se convirtió en el punto de referencia de todas las otras en esa época.

La mayor parte de la exhibición describe el diálogo entre los banqueros y la Iglesia para encontrar una manera de tornar la idea de la deuda en algo aceptable para la sociedad cristiana. Esto porque, aunque ahora suene raro, cobrar intereses por prestar dinero -la usura- era claramente pecado.

La lógica subyacente era que la ganancia no resultaba de vender ningún producto sino de vender tiempo -aquel que corre entre el momento en el que se presta el dinero y el momento en el que se recupera- y el tiempo no era algo con lo que el hombre podía jugar. El tiempo pertenecía sólo a Dios.

Se trataba de una delicadeza teológica que lograron superar, por supuesto -ayudó que el que el papado necesitaba préstamos así como todo el mundo-, pero no sin un animado debate sobre cómo perseguir el dinero y prestarlo puede llevar a una catástrofe humana y espiritual.

Muchos de los que hicieron fortunas en los primeros tiempos de la banca -los obvios en Florencia fueron los Medici- también invertían mucho dinero en obras de caridad y civiles.
Apocalipsis

Asomándome al precipicio de nuestra fusión económica y el lenguaje del desastre que le acompaña, empecé a preguntarme si es algún tipo de amenaza apocalíptica es necesaria para salvar a la sociedad de sus peores excesos

Si uno sale de la máquina del tiempo en la mayoría de los momentos en el pasado, encontrará que la gente ha jugado con la idea de que todo va a terminar, no sólo mal, sino en caos y destrucción, y si no en lo que a esa generación le queda de vida, sí poco después de eso.

Desde la llegada de Mesías, o el retorno de Jesucristo, pasando por las infinitas películas de desastre de Hollywood, por alguna razón el apocalipsis nos llama.

Es casi darwinicamente proteico en la manera de cambiar de forma: de los cuatro caballos del apocalipsis, al temor de la destrucción nuclear tras la II Guerra Mundial, hasta el debate actual sobre la violación y calentamiento del planeta.

Quizás no veamos las tumbas abiertas con muertos saliendo del Día del Juicio Final, pero nuestra despiadada codicia de consumidor y la falta de conservación podrían causar que el mundo estallara a nuestros pies.

Para quienes creen apasionadamente en eso, la diferencia entre ese escenario y los temores apocalípticos del pasado es que los últimos eran desacertados, pero el actual es correcto. Cabe anotar que eso es exactamente lo que la gente en cada momento pensó de su apocalipsis particular y del anterior.

Vértigo

Pero lo que ha pasado este año, que pienso explica de alguna manera la confusión y desespero que muchos sienten, es que dos apocalipsis potenciales chocaron.

Mientras que por un lado nos dicen que tenemos que salvar el planeta de manera que no podemos seguir explotando sus riquezas y reducir drásticamente nuestro nivel de consumo, también nos dicen que para poder salir de la pesadilla de la recesión, tenemos que crecer y que el crecimiento depende del continuo gasto y consumo, es decir, más crédito y más deuda.

Escuchar esas dos voces simultáneamente da vértigo mental. Quizás eso es lo necesario. Quizás estamos en tal problema que no nos basta con un apocalipsis sino que necesitamos dos.

Entretanto, yo arguyo que necesitamos hacer algo con la deuda mundial, para rehabilitarla lejos de la obsesión con el dinero y tornarla en algo más positivo.
Bien común

Solía ser así. La idea de deuda estaba ligada a cuestiones que el dinero no puede comprar, desde muestras aisladas de bondad hasta expresiones más grandes. Me refiero a esas deudas que sólo se pagan haciendo algo parecido por otros en otra ocasión.

Recuerdo hace 30 años cuando yo, como mucha otra gente, no quería que estacionaran misiles nucleares estadounidenses en el Reino Unido. Pero no tenía el tiempo -o era demasiado ambiciosa- para dejar mi trabajo e irme a protestar durante meses.

Pero sí visité a quienes lo hicieron en el campamento pacifista de mujeres de Greenham Common, de las que se decía eran un grupo de chicas peludas y abuelas lesbianas. Me quedé aterrada del humor, la energía, inteligencia, poder y silencioso poder de esas mujeres.

Así también, el movimiento Occupy y de indignados de todo el mundo. Cuando fui a visitar la versión londinense, sonaban en mis oídos las descripciones de los políticos que los calificaban de poco higiénicos, desempleados, en el mejor caso ingenuos y en el peor, peligrosos para el tejido social.

Lo que encontré fue una mezcla diversa de personas, viejas y jóvenes, de todas las clases sociales, empleadas y desempleadas, usando formas de democracia directa, conferencias y conversaciones, para protestar contra la manera en que la persecución ciega de crecimiento y ganancias había corrompido los sistemas sociales y políticos .

Dos mensajes centrales han emergido del movimiento y ambos han sido usados como palos para golpearlos. El primero es que no ofrece soluciones directas. El segundo es que rehúsa promover a líderes que hable por ellos.

Lo que está diciendo es que necesitamos una conversación más profunda y general sobre cómo cambiar la dirección del mundo en el que vivimos.

Claro que puede quedarse en nada y dispersarse con el polvo apenas se levanten las últimas carpas. Pero si no es así, si empezamos a hablar con más profundidad sobre adónde vamos y cómo, examinando las grietas en vez de empapelarlas, entonces tendremos otra deuda con quienes nos llevaron a esto.

La alternativa... bueno, siempre están esos cuatro caballos apocalípticos esperando entre bambalinas.

Entretanto, lo que puedo ofrecer es una vieja frase de Woody Allen: "Más que en cualquier otro momento de la historia, la humanidad enfrente una encrucijada. Un sendero lleva a la desesperación absoluta, el otro a la extinción total. Recemos por que tengamos la sabiduría de escoger correctamente".
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