| 6/1/1995 12:00:00 AM

Guayabo de tequila

La política exterior norteamericana se está redefiniendo entre la corriente aislacionista y el intervencionismo imperial. El libre comercio está sobre el tapete.

En la superficie de las cosas en Washington, la crisis mexicana no parece haber tenido un impacto negativo en la intención de incluir a Chile y al resto del hemisferio occidental en el Tratado de Libre Comercio (TLC). La administración Clinton piensa presentar una nueva legislación fast track (vía rápida) al Congreso antes de finalizar el mes de junio. Los líderes republicanos del Congreso encargados de los comités claves del comercio en la Cámara y el Senado realizarán audiencias públicas en mayo y junio sobre el fast track y la inclusión de Chile en el TLC. Los líderes republicanos también están comprometidos en la renovación del Sistema Generalizado de Preferencias antes de finalizar julio, y en la aprobación del proyecto de ley llamado Paridad Caribeña, el cual le concedería privilegios comerciales similares a los del TLC a los países de la Cuenca del Caribe.

En abril el presidente Clinton invitó al presidente de Brasil, Fernando Enrique Cardoso, en su primera visita oficial a Washington. Fue la segunda visita de un jefe de Estado de ese país en los últimos 24 años y Clinton aprovechó la oportunidad para reafirmar el compromiso de su gobierno en la creación del Área de Libre Comercio de las América. "Estamos en un momento de oportunidad sin paralelo", manifestó Clinton.

Pero incluso los más empecinados defensores del fast track y de la inclusión de Chile en el TLC reconocen que el libre comercio se enfrenta a una dura batalla en el Congreso. La administración Clinton y los líderes republicanos del Congreso están fuertemente divididos. El presidente Clinton buscará la reelección y no puede darse el lujo de enemistarse con los sindicatos y los grupos verdes que tienen la llave de millones de votos; de ahí su insistencia en la inclusión de los temas laborales y de medio ambiente en el lenguaje del proyecto de ley sobre la extensión del TLC.

El secretario de Comercio de Estados Unidos, Mickey Kantor, quien personalmente cree que las cláusulas que mejoran los niveles laborales deben ser parte de cualquier acuerdo comercial de los Estados Unidos, también está presionando fuertemente por la inclusión de los temas laborales y ambientales en el lenguaje del propuesto fast track. El 5 de abril, el representante republicano Jim Kolbe le dijo a Kantor que sería "un grave error" que el gobierno presentara un proyecto fast track con provisiones sobre temas laborales y ambientales, y advirtió que el Congreso rechazaría este proyecto de ley. Pero Kantor no ofreció transarse. "No considero esto como un asunto ideológico. Lo veo como un asunto de negocios de una injusta ventaja competitiva",

respondió Kantor, y agregó: "Me temo que vamos hacia un fuerte debate sobre este tema".

Más allá de estas diferencias específicas de opinión entre el presidente Clinton y el Congreso acerca de la nueva autoridad de negociación fast track, no se puede negar que la crisis de México ha afectado los planes de una rápida expansión del TLC a corto plazo.

Después de un crecimiento del 20% en 1994, superando los US$100 mil millones en el primer año del TLC, el comercio bilateral entre los Estados Unidos y México va a registrar un superávit considerable en 1995 a favor de México. Las exportaciones de los Estados Unidos a México pueden decaer entre US$,20 y 25 mil millones este año como resultado de la devaluación del peso en más de un 40% y la consiguiente crisis económica de México, mientras que las exportaciones mexicanas hasta finales de marzo iban aumentando en más de un 30% anual. La administración Zedillo ahora predice un superávit comercial de US$5.4 mil millones para 1995, comparado con el déficit comercial del año pasado de más de US$28 mil millones. El peso mexicano mucho más barato sin lugar a dudas estimulará a algunos productores en Estados Unidos para aumentar sus inversiones en las actividades productivas de México, aprovechando los costos de salarios considerablemente inferiores, pero otros productores de Estados Unidos que pensaban aumentar sus exportaciones a México han visto fracasar sus planes de negocios a corto plazo en los últimos seis meses.

El TIC no causó la crisis mexicana, pero obviamente se le está atribuyendo gran parte de la culpa en los Estados Unidos y en México. En Washington, la crisis mexicana ha revitalizado a un amplio sector de las fuerzas anti TLC -desde Ralph Nader, los sindicatos, los ambientalistas y proponentes del comercio controlado-, hasta los conservadores sociales, los nativistas y los aislacionistas como el candidato presidencial Pat Buchanan. Muchos miembros de la comunidad encargada de elaborar las políticas se están dando cuenta tardíamente de que, en el entusiasmo de vender el TIC a un público escéptico y bastante indiferente en los Estados Unidos, se exageraron el alcance de la modernización de México y los beneficios inmediatos del TLC Los recientes acontecimientos políticos dé México también han causado alarma en Washington, en especial la detención de Raúl Salinas de Gortari, acusado de ser el cerebro intelectual del asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Mas Massieu, y la noticia de que los narcotraficantes y la corrupción habían alcanzado niveles muy altos en el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari. La audiencias en el Congreso sobre el narcotráfico y la corrupción en México se realizarán en Washington entre mayo y septiembre.

Después def gran triunfo electoral de los republicanos

en noviembre pasado, el abrupto viraje de Washington hacia la derecha ha sido también un factor importante en desalentar los proyectos de expansión a corto plazo del TLC. Los líderes republicanos del Congreso, como los senadores Jesse Helms, Al D'Amato, Phil Gramm y Bob Dole, y los representantes Dan Burton y Benjamin Tilman, entre otros, han tocado una serie de nuevos temas de política exterior que están destinados a tener un impacto en las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica. Temas como Cuba, el narcotráfico, los derechos de propiedad, la inmigración ilegal y la ayuda exterior de Estados Unidos tienen ahora un perfil mucho más alto en este nuevo Congreso republicano. Después de seis meses, es obvio que la crisis mexicana será un tema que dará todavía mucho que hablar.

En México, la oposición a las medidas económicas de emergencia de Zedillo es bastante amplia, y muchos empresarios están criticando abiertamente al neoliberalismo. Durante una visita, de una semana a

Washington en abril, un grupo de empresarios, académicos y políticos del estado de Puebla pidieron, entre otras medidas, una apertura más gradual de México, aranceles selectivamente más altos para estimular la recuperación de las industrias nacionales mexicanas más duramente golpeadas por la crisis, y el reemplazo del Banco de México por una junta monetaria. También insistieron en una inversión más directa en México por parte de los inversionistas estadounidenses, pero reconocieron que el clima actual en su país no es nada atractivo.

Entre tanto, como lo demostró claramente la visita oficial a Washington del presidente Cardoso del Brasil, las ruedas del comercio internacional se siguen moviendo rápidamente. La tecnópolis de México hizo un excelente trabajo entre 1987 y 1993 manejando eficientemente la macroeconomía, pero 1994 fue un clásico ejercicio en mal manejo populista y con motivaciones electorales, cuyos costos están pagando ahora los, mexicanos. Como resultado, Brasil es el país preferido actualmente por los asesores en mercado e inversiones. Miles de millones de O lares de inversionistas estadounidenses serán "redirigidos" ¡en los próximos uno o dos años de México a Brasil, según lo han admitido funcionarios de alto rango de la administración Clinton.

El presidente Cardoso fue a Washington, entre otras cosas, para recalcar una y otra vez que México ni es Brasil ni es como el resto de América Latina. De pie al lado de Clinton durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, el presidente Cardoso -un orador que seduce y que encantó al Washington oficial- se deleitó en su nuevo papel de vocero principal de América Latina en Washington. ¿Por qué Cardoso?



- Porque el tamaño -la extensión geográfica, la población y los recursos- sí cuenta: Brasil es uno de los tres grandes mercados emergentes señalados por el Departamento de Comercio de los Estados Unidos como vitales para los intereses comerciales estadounidenses. Después de la elección de Cardoso, gracias a una plataforma de impulso a la inflación y de reforma de mercado libre, quienes elaboran las políticas en Washington se están dando cuenta de que nunca ha habido una mejor oportunidad, que se recuerde recientemente, de construir fuertes lazos comerciales y diplomáticos con Brasil. Históricamente, las relaciones Estados Unidos-Brasil han sido distantes en sus mejores tiempos. La administración Clinton espera que empezarán a cambiar ahora con Cardoso, antiguo profesor de sociología cuya carrera política lo ha llevado del socialismo a las reformas del mercado.



- Porque nunca habrá una sola Arca de Libre Comercio de las Américas si no convergen el TLC y MERCOSUR, MERCOSUR no convergirá con el TLC si Brasil no lo desea. Brasil es la piedra angular del MERCOSUR, como Estados Unidos lo es del TLC.



- Porque México ya no es el preferido de Washington después del colapso del peso mexicano y no existen otros líderes potenciales en el horizonte: Carlos Menem de Argentina debería gobernar un segundo período, pero su salud parece estar fallando. El gobierno de los Estados Unidos está totalmente convencido de que el presidente de

Colombia, Ernesto Samper, ha sido afectado en su prestigio por los carteles de Cali, y el ex presidente de Colombia, César Gaviria, ha sido relegado a una oscuridad relativa en su nuevo cargo como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). En Venezuela, el presidente Rafael Caldera ha desmantelado las políticas de libre mercado puestas en marcha por el expresidente Carlos Andrés Pérez; Caldera no ha reemplazado el programa de su predecesor, orientado hacia el mercado, con un plan propio y creíble. En Perú, Alberto Fujimori fue reelegido por más del 60% de los votantes de ese país en las elecciones de abril, pero al gobierno de Clinton todavía no ha podido aceptar el hecho de que el autogolpe de Fujimori, con apoyo militar, fue respaldado por la mayoría del pueblo peruano. Por derecho propio, el presidente de Chile, Eduardo Frei, debería estar ejerciendo el papel de líder clave de América Latina. Después de todo, la notable modernización de Chile durante los últimos veinte años es un ejemplo que el resto de América Latina debería seguir, y Chile está sin duda alguna listo para afiliarse al TLC (aún más de lo que estaba México, según aducen algunos analistas). Pero la personalidad de Frei no se presta y Chile es muy pequeño.

Por el momento, queda entonces solamente el presidente Cardoso de Brasil para llenar el escenario en Washington. Brasil es el país más importante de la región que más recientemente adoptó un plan exitoso para detener una hiperinflación disparada, y Cardoso fue el arquitecto de ese plan, el motivo principal para obtener la elección como presidente. Aunque el gobierno de Cardoso empezó bien, su éxito a largo plazo todavía está lejos de estar asegurado. Cardoso debe persuadir a un Congreso fragmentado de reformar la constitución del país, de manera que pueda llevar a cabo las reformas estructurales necesarias, además de un ambicioso programa de privatización; y debe hallar una manera políticamente sostenible de controlar los hábitos demenciales de gasto de los gobiernos altamente independientes de los estados del Brasil. Los primeros cuatro meses de gobierno de Cardoso no fueron impactantes. Desde su visita a Washington, no obstante, parece estar haciéndolo mejor. Entre tanto, debe seguir la función, y Cardoso es ahora el mejor espectáculo en Washington y, por lo tanto, un aliado necesario para la estrategia de expansión comercial de la administración Clinton.

Este nuevo énfasis de Washington en el fortalecimiento de las relaciones Estados Unidos y Brasil no significa que Chile haya sido olvidado o haya perdido importancia en la mente de quienes elaboran las políticas. Los que apoyan el ingreso inmediato de Chile al TLC están decididos a hacer todo lo posible para lograr su objetivo. Chile puede no ser el gran mercado emergente como México, Brasil o Argentina, pero es claramente el ancla del TLC en Sur

América. Es difícil concebir una verdadera Arca de Libre Comercio de las América en la próxima década sin que Chile primero se convierta en el cuarto miembro del TLC.

El asunto aún por resolver es si Chile será el primer miembro del TLC antes o después de las elecciones presidenciales de 1996 en los Estados Unidos. Algunos analistas de Washington no ven la necesidad de acelerar el proceso si las corrientes políticas actuales en Washington podrían posiblemente evitar el acceso de Chile. Según este punto de vista, podría ser aconsejable esperar hasta 1997 para el ingreso de Chile al TIC. En dos años, se argumenta, la recuperación económica de México ya deberá ser aparente y el clima político en Washington mejoraría.

Si bien este argumento es persuasivo para algunos, no tiene en cuenta algunas realidades hemisféricas. La crisis mexicana sacudió a toda Latinoamérica, asustando de igual forma a los inversionistas extranjeros y a los gobiernos reformistas latinoamericanos. Notablemente, la respuesta a lo largo de Latinoamérica ha sido la de apretar las políticas fiscales y reafirmar su compromiso, hecho en diciembre en la Cumbre de las América, de seguir impulsando la liberalización del comercio, las reformas estructurales orientadas hacia el mercado y la consolidación de la democracia.

La crisis mexicana no va a detener los esfuerzos de integración regional. El apoyo popular al neoliberalismo puede ser superficial en muchos de los países de la región, la pobreza puede ser extensa, y las instituciones de la democracia, la justicia y la sociedad civil pueden ser peligrosamente frágiles, pero los latinoamericanos en general están entusiasmados ante el rescatado ideal de la integración regional en una sola comunidad, que han acariciado tantas generaciones. Muchos latinoamericanos también se preguntan, sin embargo, por qué los Estados Unidos tienen tanta dificultad en afirmar su liderazgo en una forma clara y consistente. La ocasión exige una enérgica reafirmación del liderazgo de los Estados Unidos en el hemisferio. El incluir a Chile en el TIC en 1995 proyectaría el mensaje adecuado: que Estados Unidos sigue firmemente comprometido en la integración hemisférica por medio de la expansión del comercio.

La Cumbre de las América, reunida en Miami por invitación de los Estados Unidos, creó los lineamientos básicos de una nueva sociedad hemisférica integral. Esta proyectada sociedad es la próxima etapa lógica en una larga y con frecuencia conflictiva relación entre los Estados Unidos y Latinoamérica, pero también es la mejor oportunidad que los Estados Unidos y Latinoamérica han tenido de crear verdaderamente una sociedad hemisférica basada en la prosperidad económica y en la estabilidad democrática de todos los países de las América.

En los Estados Unidos, sin embargo, la importancia de un compromiso global y del liderazgo de Estados Unidos en el mundo no parece ser percibida por los ciudadanos de clase media con la misma claridad de visión articulada de muchos latinoamericanos. Algunos estudiantes latinoamericanos de las idiosincrasias políticas y sociales de los gringos tienen la teoría de que el aislamiento de los Estados Unidos y la aparente indiferencia de muchos norteamericanos ante los asuntos internacionales se deben al hecho de que Estados Unidos es tan grande geográficamente, tiene tanta gente y es la economía más grande del mundo. Otros la denominan la arrogancia privilegiada del último "superpoder" que queda en el mundo en la alborada del tercer milenio.

En realidad, los norteamericanos han estado buscando una nueva política exterior desde el colapso del imperio comunista. Estados Unidos ganó la guerra fría, pero en este proceso derrotó a un enemigo que por décadas había forzado una política exterior de cabeza clara en Estados Unidos. Ahora se escuchan voces confusas dentro del país, presionando en extrañas y nuevas direcciones en el exterior.

En la derecha aislacionista, por ejemplo, se aduce que Estados Unidos tiene pocos intereses extranjeros legítimos y que por lo tanto debe evitar enredos en el exterior. Los intervencionistas envían tropas a Haití y a Somalia, pero bajo el comando de extranjeros y sólo para rehacer esos lugares según el sueño de los norteamericanos liberales. Los aislacionistas propenden un proteccionismo económico que no demuestra confianza en la capacidad del país para competir en el mundo. Los intervencionistas se esconden detrás de un multiculturalismo vacuo que subordina los valores norteamericanos a otros que con frecuencia son hostiles a los Estados Unidos.

Estados Unidos no le ha dado la espalda a Latinoamérica, como lo han sugerido algunos analistas latinoamericanos después de los resultados de las elecciones de noviembre, la reacción negativa del Congreso al rescate de México y la creciente hostilidad del Congreso hacia el comunismo cubano y la narco democracia colombiana. Más bien, quienes elaboran las políticas todavía están tratando de definir las prioridades vitales en el mundo, y Latinoamérica está atrapada en medio de este proceso. La amistad y el compromiso con Latinoamérica tan frecuentemente expresados por el presidente Clinton y por otros líderes de la izquierda y la derecha en los Estados Unidos son genuinos.

Por una parte, Estados Unidos sí quiere liderar el proceso de integración hemisférica. De otra, no obstante, Estados Unidos todavía está definiendo sus prioridades en política extranjera, y las ideas vuelan rápida y fuertemente tanto de la izquierda como de la derecha. Las sonoras frases que se escuchan todo el tiempo en el debate sobre política exterior, tales como libre comercio sin restricciones, diplomacia comercial, desarrollo sostenible y construcción de una nación democrática, entré muchas otras, dicen mucho sobre la diversidad de ideas que influyen en el surgimiento de una nueva política exterior de los Estados Unidos en el mundo posterior a la guerra fría.
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