| 8/1/1995 12:00:00 AM

El patio trasero

La administración Clinton es tan culpable como el ex presidente Salinas de la crisis mexicana, que no ha cesado.

La política de la administración Clinton hacia México se parece a un mal crucero por Alaska: la niebla es espesa, los icebergs están cerca y el capitán está perdido. La administración Clinton no está sola navegando en círculos. El manifiesto de pasajeros de este desafortunado crucero incluye líderes del Congreso, analistas de Wall Street, los medios noticiosos de Estados Unidos y otros "expertos en México" que no pueden aceptar la idea de que el "milagro" mexicano era más un mito que una realidad.

Lo mejor que México tiene a su favor hoy día son Sus muchos amigos influyentes en Washington y Nueva York. Norteamérica corporativa tiene inversiones en México de muchos miles de millones de dólares. Norteamérica también tiene un enorme interés político en México. En Washington se ha difundido el temor de que si México cae, otros mercados emergentes alrededor del mundo pueden seguirlo rápidamente, si los asustados inversionistas internacionales huyen a mercados más seguros. En el lado interno de la balanza, las relaciones de Estados con México son movidas por viejos temores de que una guerra civil pueda surgir cualquier día en México, obligando a millones de mexicanos a atravesar la frontera.

Dadas estas realidades, los amigos de México en los Estados Unidos están decididos a contener la crisis mexicana, no importa lo que les cueste a los contribuyentes norteamericanos.

Los amigos de México en Nueva York y Washington están trabajando bastante para rehabilitarla imagen internacional de México, así como la imagen del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, de quien se dice que está viviendo actualmente en Montreal.

Wall Street de nuevo está proponiendo a México como una buena oportunidad para los inversionistas internacionales. La sacudida colectiva del año pasado aparentemente ha sido olvidada, gracias al paquete de rescate de USS50.000 millones reunido por la administración Clinton. Habiendo al parecer pasado los peo~ res días de la crisis, todo vuelve a la normalidad. Los opositores al rescate en Washington se equivocaron, están diciendo ahora los analistas en Nueva York. Sin embargo, antes de aceptar estas fáciles aseveraciones, sería prudente tener en cuenta lo equivocada que estaba acerca de México la corriente principal de Wall Street el año pasado, a pesar de la avalancha de advertencias creíbles de que era inminente un gran colapso de la moneda.

El esfuerzo para hacer parecer que las condiciones en México han mejorado mucho más de lo que ha sido en realidad, está dirigido tanto al gobierno de Zedillo como a los inversionistas internacionales. El mensaje central es que una mayor crisis económica y más agitación política en México son nocivas para el mercado, porque se posterga la inversión internacional, socavando un peso severamente debilitado, y perjudicando la ya muy lastimada economía interna en México. Por lo tanto, cualquier cosa que cause pánico en los inversionistas y demore la recuperación de la confianza y del capital extranjero para México, debe ser resuelto rápidamente con el fin de poner a México de nuevo en la ruta del crecimiento. "Cualquier cosa" incluye situaciones como el conflicto del presidente Zedillo con el ex presidente Salinas.

El procurador general de México, Antonio Lozano, dijo hace poco que el ex presidente Salinas no está siendo investigado en conexión con el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI. Esto representa un fuerte cambio respecto a lo que se había venido desarrollando políticamente desde cuando el presidente Zedillo rompió la regla de muchos años: el presidente entrante de México nunca expone la corrupción y otras fechorías del gobierno anterior. En los últimos ocho meses, los investigadores mexicanos que examinan los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y Ruiz Massieu supuestamente han relacionado ambos asesinatos con grupos dentro de la administración Salinas y el PRI, que tienen vínculos comerciales y políticos con poderosas organizaciones de narcotraficantes. El hermano del ex presidente, Raúl Salinas, actualmente está en la cárcel bajo el cargo de que fue el autor intelectual del asesinato de Ruiz Massieu.

En un viraje extraño, el hermano del asesinado Ruiz Massieu, Mario, ex funcionario de la oficina del fiscal público, está en una cárcel de Nueva jersey bajo el cargo de haber violado las leyes monetarias de los Estados Unidos. Los investigadores mexicanos han acusado a Ruiz Massieu de aceptar por lo menos US$10.000 millones en sobornos de los narcotraficantes, y de encubrir la supuesta implicación de Raúl Salinas en el asesinato del hermano de Ruiz Massieu. No obstante, se rumora en México que el caso contra Raúl Salinas es débil, y que pronto saldrá libre.

En realidad, algunos observadores creen que el presidente Zedillo no tiene otra alternativa que hacer las paces con la familia Salinas si espera completar su período presidencial de seis años. Existen demasiados fantasmas del llamado "salinismo". En el torbellino actual de la política mexicana, el sacar estos fantasmas podría ser fatal personalmente para el presidente Zedillo. Además, el apoyo del PRI a Zedillo es débil. El PRI ha perdido varias elecciones claves este año. En ralidad, algunos observadores experimentados de México creen que el PRI perderá las elecciones del 2000, mientras que otros creen que habrá que convocar a nuevas elecciones antes de ese año. En las últimas semanas, la secretaria general del PRI, María de los Angeles Moreno, ha venido distanciando al partido de la administración Zedillo.

Otro freno para Zedillo es que realmente no tiene a la administración Clinton de su lado cuando se trata de desarraigar la corrupción y seguir adelante con las difíciles reformas políticas. El gobierno de Estados Unidos aparenta estar de acuerdo con estos asuntos, pero la verdad es que Washington quiere que la estabilidad se restablezca en México lo más pronto posible. Si el presidente Zedillo sigue persiguiendo a la familia Salinas, la crisis política podría agravarse rápidamente y esto afectaría el rendimiento de la economía. Una mayor crisis en México perjudica a los bancos estadounidenses y a los exportadores, afecta la generación de empleo en los Estados Unidos, y estimula una mayor inmigración ilegal. Algunos observadores creen que la inmigración ilegal desde México puede doblarse durante los próximos dos o tres años.

Nada de esto, por supuesto, contribuye a las perspectivas de reelección del presidente Clinton en 1996, ni tampoco es bueno para la suerte política de los líderes republicanos del Congreso que apoyaron el plan de rescate del presidente Clinton.

Los funcionarios del Tesoro elogian las mejoras logradas en los últimos meses -el peso estabilizado, mayores exportaciones, una balanza comercial mejorada, el retomo a mercados internacionales, la reanudación de flujos de capital extranjero- como prueba de que México se está recuperando rápidamente y de que pronto estará bien. El crecimiento se reanudará en 1996, prometen ellos.

Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos no es tan elocuente frente a los líderes del Congreso sobre el tema de la corrupción a alto nivel y la connivencia con los narcotraficantes durante la administración Salinas. En las audiencias del 11 de agosto ante el Comité de Relaciones Exteriores presidido por el senador Jesse Helms, los testigos de la administración -Roben Gelbard de la oficina antinarcóticos del Departamento de Estado y el Administrador de la DEA Thomas Constantine- se mostraron visiblemente incómodos cuando el senador Helms les hizo preguntas sobre el narcotráfico, la corrupción y la supuesta existencia de una conspiración contra la administración de Salinas para asesinar a Colosio.

En el frente económico, la moneda de México se ha estabilizado a aproximadamente seis pesos por dólar, como resultado de los miles de millones de dólares en ayuda prestada por el gobierno estadounidense y el Fondo Monetario Internacional. Esto ha permitido al gobierno mexicano regresar a los mercados monetarios internacionales y recoger $2.000 millones en las últimas semanas con ofertas de bonos del gobierno.

Para el salvamento sólo fueron necesarios cerca de US$25.000 millones en ayuda financiera de emergencia que México ha recibido hasta la fecha del Tesoro de los Estados Unidos, el FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Gracias a esta ayuda, más unos US$15.000 millones adicionales que se desembolsarán aproximadamente el año entrante, se evitó el colapso total de México. Sin embargo, si bien es cierto que el pánico inicial ha pasado por ahora, la crisis de México no ha terminado.

L a economía mexicana se contraerá aproximadamente en un 6% este año, la inflación puede sobrepasar la meta oficial del 42%, y más de un millón de trabajadores ya han perdido sus empleos. Aproximadamente otro millón más ingresará al mercado laboral por primera vez este año, sólo para encontrar que no hay empleos disponibles excepto en la economía informal. Cerca de 11 millones de mexicanos están desempleados, y que de una fuerza de trabajo de 36,5 millones de mexicanos, sólo 25 millones tienen un empleo y reciben salario regularmente.

El ministro de Finanzas, Guillermo Ortiz, le está diciendo a los inversionistas internacionales que México se ha recuperado el colapso del peso a una velocidad milagrosa, pero el pueblo mexicano sabe que no es así. Antes de que la devaluación de diciembre pasado arrasara con el 40% del PIB -medido en dólares reales- los niveles de vida en México eran más bajos de lo que habían sido antes de las crisis de la deuda de 1952. Sin embargo, la devaluación de diciembre era sólo la punta del iceberg. En menos de dos décadas, México ha sufrido cuatro grandes colapsos de moneda los cuales, acumulativamente, han devaluado el peso en un increíble 45.000%. Como anota Joe Cobb de The Heritage Foundation, ningún país jamás se ha vuelto rico devaluando su moneda.

Desafortunadamente, el peso puede devaluarse aún más en los próximos meses. Una movida así aumentaría las presiones inflacionarias, y probablemente produciría tensiones con el FMI, pero puede ser la única opción que tiene Zedillo para reducir las tensiones sociales, especialmente entre los mexicanos de clase media. Dentro de seis meses o menos, según algunos observadores, el peso podría depreciarse hasta llegar a $10 por dólar.

Entre tanto, la única razón por la cual el sistema bancario no se ha derrumbado totalmente aún es que el gobierno, ayudado por unos US$2.500 millones en préstamos nuevos del Banco Mundial y del BID, ha estado apuntalando el sistema. No obstante, cerca del 15% de los clientes del sistema bancario no pueden pagar los intereses, y en mayo (el mes más reciente sobre el cual existen datos confiables), 40% de los préstamos del sistema bancario no se ejecutaron.

Además de un sistema bancario debilitado, México tiene la carga de una enorme y creciente deuda externa. El Ministerio de Finanzas oficialmente reconoce una deuda externa de US$135.000 millones, de los cuales US$87.000 millones son del sector público. Pero los analistas independientes en México y los Estados Unidos consideran que la suma es mucho mayor, de unos US$185.000 millones, incluyendo las deudas del sistema bancario, del sector privado corporativo y el costo del paquete de rescate. Algunos analistas también opinan que México pronto se verá obligado a reestructurar parte de su deuda, quizás hasta US$30.000 millones, parte de la cual tendría que ser perdonada.

Sin embargo, los problemas económicos de México son sólo una dimensión de la crisis actual. Los analistas de la administración Clinton y de Wall Street están promoviento la engañosa creencia de que en México °las bases fundamentales son sólidas". En realidad, ninguna de las fallas estructurales, institucionales y políticas que causaron la crisis ha sido corregida.

¿QUIÉN ES RESPONSABLE DE LA CRISIS MEXICANA?

Los arrepentidos acerca de México han nombrado varios candidatos como chivos expiatorios del colapso del peso: el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, conmociones políticas inesperadas como la rebelión de Chiapas y el asesinato de Colosio, avaros especuladores internacionales, el ex ministro de Finanzas de México Pedro Aspe, el presidente del Banco Central Miguel Mancera y el presidente Zedillo han recibido parte de la responsabilidad de la caída del peso. Hasta se ha culpado a NAFTA - equivocadamente- de causar la crisis mexicana.

Obviamente, muchos factores e individuos jugaron un papel innecesario en esta tragedia, pero dos personas en particular merecen mención especial: Carlos Salinas de Gortari y Bill Clinton.

Salinas pudo haber sido el principal arquitecto de muchos de los cambios positivos experimentados por México desde 1988, a pesar de la elección fraudulenta que lo colocó en la presidencia. Sin embargo, Salinas también subyugó a México en diciembre pasado al negarse a ajustar sus políticas monetarias y de intercambio cuando había suficiente tiempo para evitar un colapso total del peso.

Los "tecnopolíticos" asociados con la administración Salinas han argumentado que la crisis del año pasado no era predecible. Estos funcionarios, muchos de los cuales trabajan en el Banco de México y en el Ministerio de Finanzas, insisten en que la devaluación del peso fue una corrección del mercado y que todos

-Wall Street, Washington y Ciudad de México- creían que la estabilidad, la confianza y los inversionistas internacionales regresaran a México después de las elecciones presidenciales en agosto. La política pesó mucho más que las sólidas políticas fiscales en las decisiones económicas tomadas por Salinas durante el último año de su presidencia.

El peso se desplomó y México se precipitó en una crisis, porque Salinas quena ser el presidente de la recién creada Oganización Mundial de Comercio. También estaba decidido a completar su presidencia de seis años como el primer jefe de Estado mexicano en más de 20 años que dejaba la presidencia sin devaluar la moneda. Todo esto obligó a Salinas a actuar como sus predecesores populistas. A medida que los inversionistas extranjeros sacaban su dinero de México, la Administración Salinas creó el Tesobono -un bono gubernamental en pesos a corto plazo, cuya redención al valor original equivalente (más intereses) fue garantizada en dólares por el gobierno mexicano-. Los Tesobonos permitieron a la administración Salinas contrarrestar la fuga de unos US$30.000 millones, a la vez que proporcionó el efectivo para inflar el gasto interno, manteniendo una tasa de cambio sobrevatuada.

Tal vez Salinas sí creía realmente que México se recuperaría rápidamente después de las elecciones. Dada la experiencia histórica de México con los Estados Unidos, no obstante, Salinas también estaba seguro de que el gobierno de los Estados Unidos ayudaría a México si se formaba otra crisis al sur de la frontera. Después de todo, los Estados Unidos habían venido rescatando a México durante décadas.

Salinas también comprendió que México, el que debería obedecer, dirige las relaciones Estados Unidos-México: los encargados de elaborar las políticas, estimulados por un poderoso y sofisticado cabildeo en Washington, están colectivamente poseídos por un miedo visceral de que el colapso económico y político de México podría conducir a una guerra civil en ese país, con el consecuente vuelo hacia el norte de muchos millones de inmigrantes ilegales.

Existe una tercera razón por la cual Salinas tenía confianza de que las malas decisiones económicas basadas en motivaciones de corto plazo podrían no tener en cuenta el poder del libre mercado. Como muchos que están de acuerdo con el llamado "Consenso de Washington", Salinas está imbuido del mito de un México moderno y emergente. Quizás realmente creía que México había logrado en menos de seis años, con sólo reformas parciales de libre mercado y algunos cambios políticos bastante cosméticos, hacer la transición de un país del 'Tercer al Primer Mundo.

Mientras que estas ilusiones utópicas pueden ser comprensibles cuando se miran desde el esplendor aislado del palacio presidencial en Ciudad de México, no se puede decir lo mismo del increíblemente inepto manejo de la administración Clinton a las relaciones Estados Unidos-México desde principios de 1993. Si los críticos del rescate hurgaran un poco más, podrían concluir -y con razón- que la crisis mexicana pudo haber sido evitada. Desafortunadamente, la administración Clinton carecía de la visión para leer correctamente la situación de México.

El NAFTA ya era un negocio cerrado cuando Bill Clinton ganó las elecciones presidenciales. Todo lo que se necesitaba era la aprobación del Congreso. Pero la administración Clinton carecía de una política coherente hacia Latinoamérica, como lo ha demostrado repetidamente en México, Cuba y Haití. Además, el nuevo presidente también debía obediencia política a sus electores hberales en los sindicatos y al movimiento ambientalista. Entonces, la administración Clinton demoró la ejecución del NAFTA por un año, obligando a México y Canadá a aceptar los ahora ignominiosos acuerdos laterales de NAFTA sobre trabajo y medio ambiente. La administración Clinton adujo durante 1993 que los acuerdos laterales eran necesarios para asegurar la aprobación del NAFTA por el Congreso. No obstante, cuando el Congreso finalmente votó sobre el NAFTA a finales de 1993, la división de los votos fue más o menos la misma que hubiera sido si el Congreso hubiera votado sobre el NAFTA a principios del año.

Mientras se desperdiciaba así el año de 1993. las tensiones económicas aumentaban en México. Durante el primer año de la administración Clinton, hubo amplias señales de que el creciente déficit en su cuenta corriente, y su excesiva dependencia en los flujos a corto plazo de capital externo se estaban volviendo cada vez más insostenibles. Había también una creciente montaña de pruebas de que la corrupción era rampante en la administración Salinas, y de que los carteles mexicanos de la droga habían amasado enormes riquezas e influencia política. Pero la administración Clinton ignoró estos indicadores de advertencia.

El NAFTA finalmente entró en efecto el primero de enero de 1994, el mismo día en que estalló la rehelión de Chiapas. De allí en adelante, el descenso de México se aceleró. Los funcionarios del gobierno mexicano siguieron vendiendo a México como un puerto seguro para los inversionistas, y tanto Wall Street como la Casa Blanca de Clinton se les sumaron. Wall Street estaba motivado por la avaricia, pero la administración Clinton sencillamente estaba demostrando su incompetencia.

Meses antes del colapso final del peso, la administración Clinton sabía que era probable una crisis antes de terminar 1994. Una investigación del senador Alfonse D'Amato del Comité del Senado para la banca, la vivienda y asuntos urbanos, ha confirmado, con una vasta doenmentación que lo sustenta, que la administración Clinton se dio cuenta a principios de 1994 que era inevitable una gran devaluación en México. No obstante, hasta el final, la administración siguió insistiendo que en México todo estaba bien.

Nadie pudo haber predicho la agitación política del año pasado en México, aunque fue ingenuo de parte de Washington pensar que México podía hacer la transición de estatus de Tercer Mundo a Primer Mundo sin sufrir violentos trastornos políticos y sociales.

Entre las cualidades necesarias para ser un estadista efectivo están la visión, un fuerte liderazgo, y la capacidad de identificar y aprovecharse de las oportunidades. La oportunidad de la administración Clinton para haber hecho algo por México fue 1993, pero el presidente y su cohorte de "expertos" en Latinoamérica heredados de los años de Carter- carecían de la visión y las aptitudes de liderazgo que hubieran podido lograr algo. Desafortunadamente para el pueblo mexicano, para los contribuyentes norteamericanos y para los principios del libre mercado que constituyen las bases del NAFTA, la administración Clinton no supo afrontar el reto.
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