| 10/1/1994 12:00:00 AM

El "Parao" español

Crónica sobre el desempleo en España y otros sustos.

El paro es una enfermedad " que no se cura con empleos transitorios de verano, como quiere Felipe González", dice un hombre que bebe su caña (cerveza) y enciende otro cigarrillo. Está nervioso, a su lado el periódico del bar, abierto en cualquier página, releído. "El Paro, señor, es un sueldo de mentiras para tener de qué rabiar sin llegar a enloquecer. Es una gota de agua en una boca sedienta, seca, ronca de pedir empleo, de maldecir, de blasfemar. ¡Dios nos devuelva a Franco!, esos sí eran otros tiempos. Éramos pobres, pero no se notaba tanto".

El paro es un subsidio de empleo que el gobierno español da a los que están cesantes. Tres meses de salario por cada año trabajado, a razón de 40.000 pesetas el mes (más o menos Col. $260.000). Pero este salario apenas si permite la supervivencia de una familia no mayor de tres personas que vivan por fuera de la ciudad: en un suburbio, en un pueblo pequeño o en el campo. Es cara la vida en España, más del doble que en Colombia, en unas cosas. El triple, en otras. A fin de cuentas, tiene un nivel de vida (de las clases medias medias hacia arriba) igual que el de la Unión Europea. Al menos en teoría, claro.

El paro lo cobran obreros, campesinos, profesionales, maestros, actores, en fin, todo el que certifique que ha trabajado siquiera un año. También los que no han hecho nada, pero tienen quien certifique por ellos. Es una manera de sobrevivir en un país que no estaba preparado para el ritmo económico del primer mundo, regido por la gran circulación de dinero.

Y si bien es cierto que al comienzo del gobierno felipista (socialismo al centro) el subsidio fue bien recibido, ahora no lo es tanto, dado el deterioro que viene sufriendo el bolsillo del español medio, que ve que las cosas se encarecen, mientras a él el paro se le acaba. Está pasando que muchos asisten ya a los últimos pagos del subsidio de paro y no ven posibilidades de empleo. Por ejemplo, un hombre que hubiera trabajado diez años, tendría derecho a 30 meses de paro, pero en este momento ya le han pagado el equivalente a 9 años y sólo le queda un año, o sea un total de 120.000 pesetas por recibir. Y es evidente que esto lo angustia y se nota en el movimiento económico del país, donde cada vez rota menos dinero y se cierran más empresas pequeñas mientras las grandes se ven condicionadas en su producción por las regulaciones de la Unión Europea, que controla las ofertas para que los faltantes de demanda sean abastecidos por empresas de otros países adscritos a la unión. Es el caso de la industria láctea española, que cada vez es obligada a producir menos, para dejar competir en su propio mercado a los quesos y leches de Holanda.

Cuando se le acabe el paro, nuestro hombre buscará en la seguridad social alguna ayuda en condición de miserable. Y en buena parte es culpa de él, que hizo cuentas alegres cuando comenzaron a pagarle el subsidio y comenzó a hacer uso de empleos flotantes con los que se ajustaba el salario. Pero ya es tanta la oferta para el ejercicio de estos empleos mínimos que cada vez se paga menos por ellos y entonces cunde el desespero. Y es que sí hay empleo, pero en condición de subempleo.



Son claros los esfuerzos del gobierno español por frenar el desempleo y, para finales de este verano, el ministro de Trabajo aducía la creación de 170.000 nuevos empleos, reduciendo de esta manera los índices creciente de paro. Sin embargo, estos son meros arreglos por encima del problema enorme de crisis y desempleo que enfrenta España, como consecuencia de su ingreso a la Unión Europea y a la poca competitividad de sus empresas en un mercado sofisticado. En el sistema de la unión, las empresas de un determinado sector podrán producir X cantidad y el sobrante saldrá del país para competir en otros países europeos, previamente señalados por las directrices de la UE. Para una nación como Francia, en capacidad de subsidiar sus precios para hacerlos más competitivos en España, el negocio es bueno. Para España, que al momento del compromiso con la UE sus empresas no habían alcanzado el desarrollo de las otras del grupo, es fatal. Fatá, como diría un andaluz.

Entonces, a menos producción (debido a la regulación) menores posibilidades de generación de empleo y más índices de cesantía de trabajadores que, al no haber alcanzado la edad para la jubilación, entrarán a participar del paro. Para frenar esta crisis, el gobierno español ha comenzado a generar pequeños empleos que le aseguren a los cesantes un salario superior al del paro. Pero son empleos inestables, estacionales, que al final desembocan de nuevo en el paro.

Se dice que una forma de frenar el paro sería crear de nuevo unas leyes de amparo a las empresas nacionales, para que abastezcan ellas solas los mercados españoles, al menos en las necesidades básicas primarias y en los servicios públicos. Otros, más radicales, comienzan a predicar "España para los españoles", tanto en términos económicos como de oportunidades de trabajo. Y hay mucho de razón en esto de desesperarse, porque el empobrecimiento es cada vez mayor y la ayuda proveniente de la UE cubre cada vez menos las necesidades crecientes de la población y de los planes de gobierno. Y es que a nivel de clases medias, que siempre son las que más se resienten en casos de decrecimiento, el descontento es manifiesto y se pregonan, a nivel popular, soluciones fascistas que corten de cuajo lo que está sucediendo. Los pueblos poco entienden de largos plazos y menos de pactos entre señores, dice Miguel Botella, antropólogo granadino.



Cuando los marroquíes y los africanos supieron que España había ingresado a la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea), la inmigración creció a niveles alarmantes. Entraron por las playas mediterráneas en todo tipo de barquichuelas y comenzaron a engrosar las filas del trabajo barato y sin prestaciones sociales. No hubo rechazo inicial a estos hombres que llegaban de tierras empobrecidas. Y los españoles, que también habían sido trabajo negro barato en Alemania, vieron en estos inmigrantes lo que ellos habían sido antes. Además, los medios de comunicación y los voceros del gobierno hablaban de las riquezas por venir. Qué más daba, entonces, que los moros y los negros se apoderaran del trabajo bajo (barrer calles, limpiar edificios, hacer las faenas duras del campo) si, de acuerdo con la teoría, el español medio iba a ingresar al nivel de vida de los países desarrollados. Crecidos al rango de señores, se veían bien el ingreso de siervos. Y todo de buena fe, porque españoles e inmigrantes creían que el país se iba a convertir en un paraíso. Lo decían los dirigentes, las revistas, la televisión, la gente. Al mismo tiempo del destape erótico e ideológico (aparecidos una vez murió Franco), se dio rienda suelta a un destape emocional donde los sueños superaron a la realidad. Y uno de estos sueños era vivir el paro, privilegio de los trabajadores de los países de la gran Europa.

Entonces se abandonó el trabajo duro del campo, los trabajos mínimos de la ciudad y hubo una buena parte de la población que se sentó a esperar las nuevas oportunidades, mientras en sus trabajos eran reemplazados por la clase inmigrante. Y en la espera de la oportunidad hubo fiesta y olvido de los duros días del gobierno franquista.

Pero al igual que en la novela de Steinbeck, las oportunidades no llegaron y el español de las clases menos favorecidas (donde abundan los gitanos y los moros españoles) encontró que el trabajo que antes había abandonado ahora estaba demasiado competido, y que los días de la bonanza no llegaban porque los pretendidos crecimientos de la empresa española no cuajaban tal como se había previsto. Hubo manifestaciones contra el gobierno socialista, los partidos se dividieron, las autonomías pretendieron un cierto grado de federalismo. Mucha política y poco resultado. La pobreza que se trataba de olvidar, rondaba de nuevo. Y esta vez en un país con demasiadas ofertas consumistas, que es el marco donde el pobre se siente más violentado.

Ahora los inmigrantes se han reducido, ya no se ven tantos negros ofreciendo cachivaches en las calles, España para ellos es un país de paso, no un lugar de oportunidades. Claro que muchos se han quedado y ahora son los campesinos negros de las masías catalanas, una nueva clase rural con hijos españoles, que a veces cobran paro cuando acreditan las peonadas suficientes. Los moros, en cambio, son los dueños de pequeños negocios y los trabajadores de talleres de cosas de calidad muy criticable. Y ellos, con muchos españoles pobres, acrecientan el fenómeno de la economía informal, caracterizada por el rebusque, la comisión, las pequeñas corrupciones y el tráfico de drogas (del que participan también los chinos).



Hoy, quien tiene un trabajo lo cuida como si fuera oro. Y los empresarios evitan contratar extranjeros para no ser mal vistos por la comunidad. No está fácil la vida, la canasta familiar se encarece, pocos tienen la oportunidad de comprarse un piso para vivir. Un muchacho, que viajaba conmigo en el tren de Madrid a Aranjuez, me decía que tenía un oficio de oficina y las 140.000 pesetas que percibía mensualmente apenas si le alcanzaban para vivir en casa de sus padres y venir a la capital a un cine los fines de semana. Y que ni soñar con hacerse a una vivienda. Y entre risas, comentaba: "Yo hago vida conyugal de día con mi chica, que en la noche cada uno se va a dormir a casa de sus padres. Es la única forma de ir tirando".

España se había caracterizado por ser el país europeo que mejor había desarrollado la industria del turismo. Al país, uno de los que mejor ha conservado su patrimonio cultural, rehaciendo en oportunidades aquello que amenazaba ruina, llegaba lo mejor del turismo europeo y norteamericano. España, se vendía como el país donde nunca faltaba el sol y promocionaba sus costas y hoteles (que siguen siendo de excelente calidad). Esta herencia del franquismo seguía siendo muy bien administrada. Pero el turismo es una industria que depende de los ahorros de las gentes y de la capacidad de circulación de dinero que éstas tengan. Ahora, en un mundo donde las crisis económicas saltan donde menos se las piensa, el turismo hacia España se ha resentido. No en gran medida, pero se siente y esto lleva a que los empleos que provenían del sector se hayan reducido, generando paro.

La universidad tampoco propone soluciones y sigue botando a la calle profesionales que esperan pacientemente a aprobar una oposición (tres exámenes para entrar a trabajar con el gobierno) o a que los llamen y les ofrezcan 120.000 pesetas por lo que saben hacer. Se llama Fábrica de Parados a las universidades, que siguen produciendo un profesional poco competitivo con las exigencias de la Unión Europea.

Y lo siguen produciendo, porque la industria y las instituciones españolas no han creado un perfil del profesional avanzado que necesitan. Y no lo han creado porque estos estamentos no han avanzado al grado que exige el modelo de la UE.

Otro de los grandes problemas que enfrenta el gobierno español es la desertización creciente que invade a las tierras del sur de la península. Existen zonas de Andalucía donde hace más de cuatro años que no llueve, lo que ha obligado a terminar con los hatos y a reducir muchos cultivos de extensión. Esta situación también genera paro y es semilla de descontento. No son pues fáciles las soluciones a encontrar por el Ministerio de Trabajo, además de enfrentar a una buena parte de la juventud española (casi una generación) que no quiere enfrentar trabajos pesados, pues ha sido hija del confort y del consumismo. Nada fácil para encontrar soluciones, si señor.

Muchos españoles medios le echan. la culpa de lo que pasa al socialismo, a la corrupción en el gobierno y a la gran cantidad de impuestos que hace que los inversionistas se retiren. Otros culpan a la Unión Europea, porque han visto que el sistema de participación exigido por este ente ha ido destruyendo paulatinamente a la mediana industria española, incapaz de competir en las circunstancias actuales. En fin, se habla mucho, se especula, pero no hay nada muy claro en este . "paran" español, donde la pobreza vuelve a hacerse presente después de una generación de destape y de sueños de riqueza.

Por cada cuatro españoles en capacidad de laborar, uno se encuentra en paro. Y mientras tanto, asistiendo a una lucha política entre Aznar y González, el país se empobrece y aparecen brotes radicales que se acusan entre sí y ejercen un clima de terror y anarquía que desmoraliza y hace sentir peor la situación. ¡Ay salero, ay salero, ahora ya no se sabe cómo se gana el dinero! ¡Viva Pérez de Guzmán!
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