| 5/1/1995 12:00:00 AM

El chino del Perú

El triunfo de Fujimori no es garantía de que el Perú progrese, o solucione sus problemas sociales.

Las encuestas habían querido demostrar lo contrario. Desde fines de 1994 la intención de voto presidencial había dejado de favorecer a Alberto Fujimori de niveles cercanos al 60%, para ir descendiendo hasta 46% en la semana previa a la elección. De acuerdo a la ley peruana, la elección presidencial se definiría en primera vuelta si alguno de los candidatos obtenía 50% más uno del total de votos y Fujimori, que había promovido la modificación de la ley añadiendo la palabra "válidos" para eliminar los votos en blanco y viciados, arriesgaba, con 42% del voto, lo que podía ser interpretado como una derrota: tener que enfrentar una nueva campaña con su más cercano rival, el ex secretario general de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuéllar.

El "Chino", sin embargo, volvió a sorprender. Cuando la duda sobre su popularidad había empezado a tomar cuerpo, y cuando los analistas empezaban a especular con la posibilidad de una oposición unida en la potencial segunda vuelta electoral, Fujimori arrasó con sus competidores, obteniendo el 64% de la votación válida, mientras que su competidor más cercano, Javier Pérez de Cuéllar, obtuvo 22%.

En el lado anecdótico, el triunfo de Fujimori le costó un baño en la pileta de la Plaza de Armas al plantel principal de la revista Caretas, la principal de Perú, que había apostado que Fujimori no ganaba en primera vuelta. En cuestiones de fondo, sin embargo, el tema dio para más. La devastadora derrota de los candidatos que representaban a los partidos políticos tradicionales generó un cuestionamiento de su función en el futuro del país y un arranque de mesianismo del actual presidente.

Fujimori, que se autodenomina un "presidente-gerente", señaló a varias publicaciones internacionales que su elección significaba el fin de la "partidocracia" y el inicio de un nuevo modelo de gobierno, creado por él, a nivel mundial: la "democracia directa". "Ya verán" -declaró Fujimori a la revista Time- "en unos años, este tipo de democracia, más auténtica, más directa, que beneficia al pueblo será implementada en varios países. La democracia partidaria será superada".



EL ESPEJISMO DE LA ESTADÍSTICA



El triunfo de Fujimori, si bien incuestionable, tiene sus bemoles. Los votos blancos y viciados, cuyo porcentaje favorecía al presidente en cuanto fuera más alto, llegaron a sumar, 38% del total de votos emitidos, cifra particularmente alta tomando en cuenta que en los procesos electorales peruanos los niveles históricos promediaron 14%. Así, el abrumador 64% del voto, asumiendo una base total de 62, llega solamente a 39.7% del total de votos si se asume la base 100. El margen disminuye más aún cuando se toma en cuenta un ausentismo del 28% de los inscritos en los registros electorales (15% promedio en las últimas 5 elecciones). Así, Fujimori sólo obtendría 38.4% del total de inscritos, que suman 12.4 millones de peruanos sobre una población estimada de 23.2 millones. La cifra es inferior al 41.4% que obtuvo Alan García en 1985, pero es superior al 27.7% obtenido por Fernando Belaúnde en 1980.

De cualquier modo, el nuevo presidente peruano fue elegido por 45% de los electores, mientras que el otro 55% o bien prefirió ignorar la importancia de las elecciones, o acaso decidió protestar, contra el gobierno o el sistema democrático, anulando su voto. Como en el caso venezolano, donde el presidente Caldera fue elegido por un tercio del electorado, el nuevo gobierno parte con la desventaja de haber sido elegido por una minoría con apariencia de mayoría.



LAS BASES DEL TRIUNFO



Si bien la estadística electoral demuestra la debilidad del sistema electoral peruano, también demuestra que aquellos peruanos que decidieron votar lo hicieron en su mayoría por Fujimori. Las razones para tal decisión son claras.

Es la campaña electoral más desganada desde que la democracia se reinstaurara en el Perú en 1980 después de doce años de dictadura, Fujimori decidió no hacer más campaña que aquella que le permitía la inauguración de escuelas públicas. El presidente sostenía que los logros de su gobierno hablaban por sí mismos, mientras que sus

contendores no encontraban bases sólidas de crítica.

Fujimori ostentaba tres logros fundamentales: la derrota de la insurgencia de Sendero Luminoso, el control de la hiperinflación generada por el gobierno de Alan García y el récord de "crecimiento mundial" de 12.4% del PIB en 1994. Todo parece indicar que fueron los dos primeros los que favorecieron el triunfo del presidente, a quien los electores acreditaron la eliminación de las plagas que mantuvieron a millones de peruanos aterrorizados por más de tres lustros.

La oposición no fue capaz de convencer a los peruanos sobre cuánto de autopromoción tuvo el mensaje fujimorista. La "derrota de Sendero Luminoso" no fue precisamente un logro exclusivo de Fujimori. Su consolidación, la captura de Abimael Guzmán en septiembre de 1992, fue producto de un esfuerzo policial que tomó por lo menos ocho años de los cuales se benefició Fujimori, quien ha preferido subrayar la desmantelación del aparato senderista, antes que la ausencia de políticas sociales en su gobierno, que en el pasado permitieron la expansión de la guerrilla en las zonas más empobrecidas del país.

En cuanto al control de la inflación, el Perú no es un caso único: Bolivia, Argentina y Brasil lo lograron sin hacer tanto ruido -la receta fue de Jeffrey Sachs- deshaciendo, como lo hizo Carlos Boloña, el ex ministro de Economía peruano, políticas fiscales y monetarias que lindaban con lo criminal. La tasa de crecimiento peruana es, lo menos, cuestionable. Distorsionada por ingresos por privatización y concentrada en la producción de materias primas que limita el uso de mano de obra o el desarrollo de industrias con cierto valor agregado, ésta indica más bien un caso de reevaluación antes que crecimiento real. Entre 1987 y 1992 el PIB peruano decreció en casi 30%, y a pesar de los niveles de crecimiento registrados en los últimos años, aún se mantiene en niveles inferiores a los de 1987, que a su vez representaba niveles de 1960. Si la economía peruana crece en niveles de 5% en 1995 y 1996, el país habrá vuelto a nivel cero. El problema reside sin embargo que en 1960 el Perú tenía 10 millones de habitantes y ahora tiene 23. Con un ingreso per cápita de US$1,394 el Perú sigue siendo uno de los países más pobres de América Latina.

Lo que la oposición tampoco pudo calar entre los peruanos fue que si bien el gran mérito de Fujimori ha residido en la mano firmé -la decisión de emprender reformas que viejos clientelismos habían bloqueado una y otra vez-, ésta ha servido también para encubrir oscuros asesores, abusos de los derechos humanos, la abierta manipulación del poder judicial, la eliminación de críticos y la disolución de un Congreso, acto que :evidenció más que ninguna otra cosa la tendencia autoritaria del presidente.

La única carta que en algo caló en contra de Fujimori fue la "performance" peruana en el reciente conflicto con Ecuador. Las críticas contra la estrategia en el conflicto no fueron suficientes para de-

mostrar, sin embargo, que las victorias ecuatorianas se debieron en gran parte a las purgas que de los mandos militares y los cuadros diplomáticos hiciera Fujimori en 1992 y 1993, para deshacerse de opositores y nombrar a leales. Tampoco para evidenciar que la recuperación de Tiwintza, la base extranjera en territorio peruano cuya toma aparentemente consolidó la "victoria del Perú", jamás se dio. La reacción de los votantes evidenció así, probablemente, que para la mayoría de los peruanos el tema de la Cordillera del Cóndor, no es un asunto que les preocupe tanto como á sus vecinos del norte.



EL FIN DE LA HISTORIA O EL FIN DEL PERÚ



En los últimos cinco años Fujimori ha derrotado a dos eminentes peruanos y ha acabado con uno no menos notable, si no por sus logros sí por sus acciones. Mario Vargas Llosa, el escritor más prominente de ese país, fue humillado electoralmente por Fujimori en 1990 y Javier Pérez de Cuéllar, el ex secretario general de las Naciones Unidas (1982-1991), fue prácticamente ignorado por su opositor y los electores en 1995. El tercero, Abimael Guzmán, languidece en prisión solitaria perpetua en una base naval en Lima.

Alberto Fujimori, un virtual desconocido hace cinco años, en cuyo haber sólo figuraba una deslucida presidencia de la Universidad Agraria de La Molina, se convirtió luego de estas victorias en el peruano que liderará los destinos de su patria hacia el siglo XXI. Y si bien ha logrado una popularidad desconocida para sus antecesores inmediatos, los retos que enfrenta el reelecto presidente, especialmente a la luz del "efecto tequila", son mucho mayores y más complicados de resolver que sus logros anteriores.

Las duras iniciativas implementadas para estabilizar la economía, incluyendo la reducción del gasto público, la desregulación del empleo y la privatización, así como la sobre valuación de la moneda nacional, han incrementado el desempleo y el subempleo, provocando que solamente uno de cada diez peruanos esté adecuadamente empleado. La necesidad de controlar la inflación ha mantenido el crecimiento de la demanda agregada en la mitad del creciente volumen de producción, generando además desigualdad en la distribución del ingreso, el encogimiento de la clase media y la manutención de altos niveles de pobreza. La atención a los pobres no ha sido precisamente la prioridad de un gobierno que ha preferido regularizar las relaciones con la banca privada internacional y los organismos financieros multilaterales.

México ha demostrado con claridad cuáles son los problemas del

modelo de apertura económica, dejando muy en claro que es mucho más fácil estabilizar el estado caótico de las cuentas nacionales que reestructurar el aparato del Estado y la organización del sector privado, para llegar a la ansiada fase de la productividad. Si bien la primera etapa requiere de voluntad política y autoridad presidencial, la segunda demanda la instauración de poderes públicos independientes, que regulen antes que controlen, e instituciones sólidas que permitan una fiscalización adecuada de los poderes del Estado y éstos a su vez propicien una distribución adecuada de la riqueza nacional.

La sola acción de un presidente no hacen nación de la misma manera que una sola golondrina no hace verano. Los países con grandes destinos se construyen sobre instituciones que sean capaces de sobrevivir a los individuos que las crearon y partidos políticos que favorezcan a sus bases, antes que a su cúpula. De fomentarse lo contrario, no se hace otra cosa que perpetuar autoritarismos cuyos aparentes beneficios sólo generan, en el largo plazo, el tipo de males que el fascismo generó en Europa en la tercera y cuarta décadas de este siglo.

"El presidente-gerente" y su democracia directa deberían entender, más temprano que nunca, que el respeto por el disenso es muestra de tolerancia democrática y es mejor lección para los peruanos, que el respeto por el consenso absoluto que jamás cuestiona al poder. Si los peruanos no aprenden tal lección podrían no estar encarando el fin-de la historia sino, más bien, del Perú que pretenden conocer, haciendo de su tránsito al futuro una ruta más accidentada que aquella que merecen.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?