| 1/29/1999 12:00:00 AM

Demonios de TAXmania

No todas las políticas para lograr un presupuesto equilibrado son adecuadas. Demasiados impuestos distorsionan.

Mientras Argentina se dirigía inexorablemente a la hiperinflación en 1988, varios economistas autoproclamados defensores del libre mercado proponían la adopción de un impuesto único. La mayor parte de la recaudación impositiva provendría de un gigantesco impuesto sobre la gasolina. Si se hubiese adoptado ese impuesto, Argentina habría tenido la gasolina más cara de la Tierra. Pero sus defensores sostenían que era un impuesto difícil de evadir y que, por tanto, solucionaría las dificultades de corto plazo que tenía el presupuesto del gobierno.



Las distorsiones económicas de imponer un sistema tal son casi inimaginables. Y también su inequidad. Y la corrupción y el contrabando que habría ocasionado. Habría sido una locura.



Afortunadamente, Argentina jamás adoptó ese sistema impositivo basado en la gasolina. Pero, desgraciadamente, la idea de lograr el equilibrio en las cuentas fiscales a cualquier costo, con la venia del FMI, vuelve una y otra vez a las discusiones.



Que no se me malinterprete. Yo creo firmemente en la necesidad de mantener los presupuestos equilibrados, con pequeñas desviaciones para compensar las variaciones provocadas por los ciclos económicos. Y eso es particularmente importante para los países emergentes. Sin embargo, no creo que todas las políticas destinadas a traer equilibrio a las cuentas fiscales estén acertadas. La manera en que se logre, el cómo, es tan importante como el fin en sí mismo.



Muchos programas auspiciados por el FMI se olvidan de tomar esto en cuenta. Los recientes paquetes diseñados para Asia y América Latina le dan poca importancia a la pesada carga que se impone al sector privado para resolver los problemas del sector público.



Tómese por ejemplo el caso de Argentina. Antes de comienzo de la década de los 90, cuando el país estaba devastado por la hiperinflación, los impuestos recaían mayormente sobre las exportaciones, las importaciones y algunos pocos bienes específicos. Como parte del plan para eliminar la hiperinflación, fuimos cambiando el sistema a uno basado en impuestos amplios que distorsionaran lo menos posible. Los mismos incluían impuestos tales como al valor agregado, a los ingresos personales y corporativos, que evitan la imposición doble al retorno de capital.



Como Ministro de Economía, me aseguré de que el déficit presupuestario estuviera controlado mediante cortes en el gasto público, y que una plétora de impuestos distorsivos (tales como los impuestos sobre el trabajo o ciertos bienes específicos) fuera eliminada o reducida sustancialmente. Fue quizás el único período de la historia argentina en que los impuestos fueron reducidos significativamente y con efectos muy positivos. A pesar de ello, nuestras políticas encontraron muchas veces una dura oposición por parte del FMI.



Desde 1996, sin embargo, ha ocurrido lo opuesto. Con la idea de reducir el déficit fiscal, los impuestos han aumentado mientras que el gasto fiscal no se ha controlado. Por ejemplo, el gobierno aumentó el impuesto sobre el diesel, lo cual ha afectado a toda la red de transporte. También aplicó un impuesto a las deudas corporativas, lo que equivale a un aumento del 15% en la tasa de interés a la que toman prestado las empresas. Aceptando su inhabilidad para monitorear el cumplimiento del pago de los impuestos, el gobierno creó un impuesto sobre los activos de las empresas, independientemente de las ganancias de las mismas: este impuesto se denomina "impuesto a las ganancias presuntas". Desesperado por conseguir ingresos para financiar la educación, el gobierno ha creado un nuevo impuesto sobre los automóviles, siendo ya el tercero que recae sobre los mismos.



Hartos de nuevos y más altos impuestos, los argentinos rechazarán a cualquier gobierno que proponga "responsabilidad presupuestaria". Pero la prudencia fiscal no es el problema. El problema son los diseñadores de políticas quienes, con la excusa de equilibrar las cuentas, simplemente crean, crean y crean más impuestos.



Argentina no es el único ejemplo decepcionante. Brasil está llevando a cabo un paquete de ajuste acordado con el FMI destinado a lograr un significativo superávit fiscal. Pero el paquete consiste primordialmente en impuestos distorsivos, sin un verdadero intento de controlar el gasto o quitar impuestos poco saludables. Prácticamente no hay ningún estímulo económico para compensar las distorsiones creadas por los nuevos impuestos.



En estas circunstancias, no debería sorprender el hecho de que el Congreso brasileño se oponga reiteradamente a los aumentos de impuestos. Ni siquiera queda claro si estas trabas del Congreso empeoran la situación de Brasil en el largo plazo.



Las administraciones fiscalmente responsables son las que aseguran un equilibrio apropiado de las cuentas públicas a lo largo del tiempo, con un bajo nivel de gasto que logra "mucho con poco" y con una estructura impositiva que reprime al sector privado lo menos posible. Ni Argentina ni Brasil gozan actualmente de una administración con estas características.



Lo que es peor aún, el FMI no premia el buen comportamiento. De hecho, es probablemente el principal instigador de aumentar los impuestos y crear nuevos. Recordando al depredador australiano, es tentador llamarlos a todos "demonios de TAXmania".
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