| 5/6/2014 12:00:00 AM

Conozca cómo es el ciclo para la construcción del ahorro y la inversión.

Como la vida misma, la consecución de los sueños depende de una disciplina de esfuerzo y ahorro que al final rinde sus frutos. A través de un ejemplo, se puede ver como la gestión de la riqueza debe empezar incluso antes de haber estructurado un patrimonio

Juan es un joven recién egresado que comienza a trabajar en una empresa de capital privado. Dada su inexperiencia, es remunerado con un sueldo que, si bien no es el que quiere, sí le permite soñar con su primer carro o con una especialización.

Sin embargo, su papá le habla al oído: “mijo, aplace el carro y más bien estudie otro poco que la competencia profesional está muy fuerte.” Juan le hace caso y se esfuerza haciendo su especialización mientras trabaja.

Una vez termina el posgrado, recibe una oferta de otra empresa que no puede rechazar: le duplican el sueldo y le dan carro. En lugar de optar por darse la buena vida con el excedente del salario, decide hacer un ahorro voluntario. Al cumplir el segundo año en la empresa, su jefe decide promoverlo a un cargo de mayor responsabilidad y remuneración que, además, tiene el beneficio de ganar 18 salarios al año, y decide depositar en el fondo los sueldos de más. Por ese mismo tiempo consigue novia y, entre los dos, comienzan a soñar en grande.

Al cabo del quinto año, decide casarse con su novia y comprar su casa propia. Juan, entre tanto, mira con el rabillo del ojo cómo ha venido incrementando su ahorro.

Al cumplir los 33 años de edad y 10 años de vida laboral, ya tiene los dos hijos que quería con su esposa. En ese momento, Juan decide pignorar los dineros del fondo para mantener la liquidez y darse el viaje de la vida con la familia.

De regreso a casa, recibe una mala noticia: su padre ha muerto pero, como bien ordenado que era él, dejó todo organizado para que a la viuda y a cada hermano le correspondiera lo justo. Con esa herencia, vuelve y piensa en los beneficios del ahorro y decide aportarlos a su fondo. Pero este fue un campanazo de alerta. ¿Qué tal si muero joven y quién velaría pos los niños? Así, decide suscribir un seguro, no vaya y sea la calamidad de dejar desprotegida a la familia.

Al filo de los 35 años de edad, una empresa de la competencia lo llama a ocupar el cargo directivo con el que siempre había soñado. A pesar de que en la actual lo han tratado bien, él sabe que nunca podría suceder al dueño en la gerencia general, luego toma la decisión de aceptar el reto.

Así mejora sus condiciones de ingreso y los beneficios, los cuales incluyen incrementar su capacidad de ahorro y, ¿por qué no? invertir en acciones. Además, comienza a diversificar su portafolio, obviamente con el acompañamiento y asesoría que se requiere para ello, además siempre pensando en el largo plazo.

Sus inversiones rinden un gran fruto y, gracias a esto, puede cambiar el apartamento por uno más cómodo y en un mejor sitio. En un abrir y cerrar de ojos, acaba de cumplir 55 años, sus hijos se casaron y le comenzaron a traer nietos.

Ya sabe que se aproxima el momento del retiro y para ello decide invertir en opciones más conservadoras pues, al fin y al cabo, de lo que se trata en estos últimos años de etapa laboral es de terminar de consolidar su pensión y pensar en lo que tanto ha soñado.

Llegan los 62 años de edad y con él la gran despedida de la empresa a la que tanto sirvió. Y claro, el gran momento para llevar a cabo el sueño de materializar esa finca a las afueras de la ciudad que algún día soñó con su padre y en la que, mientras madura, puede vivir tranquilo gracias a la disciplina de ahorro que tanto le inculcaron en casa.

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