| 8/18/2016 12:00:00 AM

Editorial: Punto de quiebre

En estos 23 años, el país ha logrado importantes avances. Sin embargo, las tareas pendientes son muchas y por eso nadie puede cantar victoria.

Al llegar a la edición 500, tras 23 años de estar en circulación, en la Revista Dinero hicimos un ejercicio de retrospectiva para establecer las transformaciones que ha tenido el tejido empresarial en el país –empezando por sus grupos económicos, las grandes compañías y las empresas del sector público–, pero también viendo los cambios que en materia económica y social se han registrado.

Si bien Colombia es un país muy distinto al de inicios de los 90 e, incluso, al de comienzos de esta década, y ha logrado avances significativos, también es cierto que en otras facetas los cambios han sido mínimos.

Desde 1993, cuando nació Dinero, la economía colombiana tuvo tres auges, una recesión y se encuentra en la actualidad en una pronunciada desaceleración. Gracias al crecimiento en los dos últimos auges, el ingreso promedio de los colombianos pasó de medio bajo a medio alto, de acuerdo con los cálculos del Método Atlas utilizado por el Banco Mundial para las comparaciones internacionales, al pasar de US$1.390 a US$7.130.

A principios de este siglo, 49,7%de la población estaba por debajo de la línea de pobreza. Para 2015, esa cifra llegó a 27,8%, aumentando la clase media y convirtiéndola en un nuevo motor de consumo y crecimiento.

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Sin embargo, hay factores que cambian poco o muy lentamente. El coeficiente Gini –que mide la desigualdad– pasó de 0,572 a 0,522 entre 2002 y 2015, una caída muy lenta.

La estructura de nuestras exportaciones no ha variado lo suficiente: en 1993, la composición de las exportaciones colombianas era 56% no tradicionales y 44% tradicionales. En lo que va de 2016, es de 46,7% no tradicionales y 53,3% tradicionales. En 2014, las no tradicionales llegaron a representar apenas 29,1%.

En 1993, la población era de 36,2 millones de habitantes y hoy es de 48,7 millones y su tasa de crecimiento pasó de 1,9% a 1,1%. La población colombiana está envejeciendo, pues ahora la proporción de los adultos mayores y de los que están en edad de trabajar (55,9%) es más alta que en 1993 (45,9% del total).

La Constitución de 1991 consagró un Estado de Bienestar que causó un incremento apreciable del gasto público. Para preservar la solvencia pública, la mayor parte del gasto se tuvo que financiar con unos ingresos crecientes, sobre todo con impuestos. Por ese motivo las reformas tributarias se volvieron recurrentes.

La profundización de los desbalances macroeconómicos durante los auges ha hecho que la vulnerabilidad a los choques externos se incremente, lo cual obliga estrictos ajustes con consecuencias adversas sobre el crecimiento, cuando escasea el ahorro externo.

En la coyuntura actual el déficit en la cuenta corriente es elevado, pero está disminuyendo a costa de la inversión privada, mientras se comienza a ajustar el déficit fiscal a partir de 2017. Esa no es la mejor manera de llevar a cabo el ajuste de la demanda interna, porque desmejora la capacidad de crecimiento de la economía en el largo plazo.

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Aunque la transformación de las grandes empresas ha sido evidente y muchas se han convertido en poderosas multilatinas, la productividad en el país muestra señales de alerta. La productividad total de los factores de Colombia respecto de la de los Estados Unidos disminuyó de manera continua durante el primer auge de la economía hasta la mitad del segundo, se recuperó desde entonces, pero no hasta el nivel de 1980. Por eso permanece baja respecto de los estándares internacionales.

Ante este panorama, hoy Colombia está en un punto de quiebre de cara a los próximos años. No solo por el plebiscito que se acerca dentro de las negociaciones de un acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, sino porque esa decisión va a coincidir con una de las reformas más importantes de todos los tiempos: la tributaria estructural, que se espera que el Gobierno presente en octubre próximo, para suplir la caída en la renta petrolera, crear un esquema de impuestos más equilibrado y sustituir tributos transitorios que expiran en los próximos años.

Sin embargo, y aunque será un debate muy complejo, estas no son las únicas decisiones pendientes. La dificultad para hacer una profunda reforma a la justicia es una de las principales preocupaciones, no solo del sector empresarial, sino también del país en general. Anif la ha calificado como un “fracaso recurrente”.

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Otra tarea pendiente es la reforma pensional. En un presupuesto que destina casi $50 billones para cubrir las pensiones públicas a un pequeño grupo de población, se genera no solo una mayor presión fiscal, sino también una enorme inequidad. Además, sigue diferida una reforma laboral, pues si bien el país viene reduciendo en los últimos años los niveles de desempleo –aunque ha vuelto a subir–, nunca ha logrado llevarlos a estándares internacionales, por cuenta de la informalidad.

Todo esto con una apuesta que debe ser estructural y acompañada de los instrumentos necesarios para consolidarla: una nueva economía donde los negocios de mayor valor agregado, más conocimiento y desarrollo productivo sean la prioridad para el crecimiento. La historia económica de Colombia en estos 23 años muestra que el país ha logrado importantes avances. Sin embargo, las tareas pendientes son muchas y por eso nadie puede cantar victoria. Aún quedan por ser escritas las próximas 500 ediciones de una historia que todos quieren que sea de éxito.

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