| 4/19/2017 12:01:00 AM

Los pequeños actos de corrupción en la empresa privada

Necesitamos alguien que, siendo fiel en lo poco, podamos encargarle ser fiel en lo mucho. Así, los actos de corrupción no pararán con gigantescas entidades de control, sino el día en que los colombianos entendamos que la honestidad no hay que mirarla solo en los demás.

Juan Manuel Parra Torres

Las prácticas de corrupción (que parecen exclusivas del sector público) son también frecuentes en el sector privado. Por ejemplo, un joven empresario aspiraba a entrar como proveedor en una gran organización del sector privado, en un momento en que su empresa acababa de perder un importante cliente, que significaba casi el 50% de su facturación. ¿Cómo remplazarlo antes de empezar a despedir personal o entrar en quiebra?

Intentando convertirse en un proveedor atractivo, realizó una oferta muy competitiva y difícil de superar, según las condiciones comunes entre sus competidores, la cual incluía un descuento de cerca del 20% que llamó la atención del gerente de compras de la compañía. Este se comunicó con el empresario para comunicarle que estaba de acuerdo con remplazar al antiguo proveedor y que su oferta era la mejor que habían recibido. Pero le pedía un favor: cambiar las condiciones, de manera que solo mencionara un descuento algo menor del 10%, pues con ello le bastaba para superar al competidor. A cambio, le pedía pagarle mensualmente la diferencia en efectivo, si quería quedarse con el contrato. Y remató diciendo: “no crea que le va a ir mejor en otra parte, porque es normal en estos negocios”.

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Estudios recientes dicen que la corrupción en Colombia nos cuesta cerca del 4 o 5% del PIB, unos $40 o 50 billones de pesos, que alcanzarían para pagar todas las carreteras 4G o tres líneas del metro de Bogotá, según la Contraloría y a la Sociedad Colombiana de Economistas. Entretanto, la Procuraduría dice que los contratistas y particulares, al ofrecer sobornos, terminan adicionando entre el 10 y el 25% del valor de cada contrato. Las auditorías logran, en el mejor escenario, evitar un 40% de los despilfarros. Pero del dinero que efectivamente se roban y alcanza a ser detectado, solo se recupera un 15%. Y si a esto se suman las prácticas del sector privado, el problema es aun más preocupante porque nos habla de una cultura generalizada de tolerancia con el fraude.

Muchos expertos indican que faltan controles adecuados y mayor vigilancia, pero, si todos nos acostumbramos a las actuaciones tramposas propias o ajenas, no habrá forma de costear el crecimiento de unas monstruosas entidades de control.  Peor aun cuando sabemos que la corrupción llega también a esas entidades, pues allí notamos una paradoja de la confianza: cuando uno no confía, controla. Sin embargo, ¿quién controla a los que controlan? ¿Y cómo sabemos que esa persona hace su labor bien y querrá realmente ejercerla como es debido? Ante la imposibilidad de controlarlo todo, necesitamos confiar en ellas.

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Pero entonces hacemos cosas como la de otro ejemplo que me contó otro directivo: uno de sus amigos trabajaba en el alto gobierno de una empresa mediana a quien, finalizando un año extraordinario y con magníficos resultados, el gerente general le encargó comprar los regalos de Navidad para todos los miembros de la Junta Directiva. Acordaron regalar a todos los televisores más costosos que encontraran en el mercado. El directivo se ofreció a hacer la compra con la tarjeta de crédito corporativa en un reconocido hipermercado. Saliendo del almacén, pagó con la tarjeta y la cajera la indicó que presionara el botón de premios, con la buena fortuna de que se ganó un 50% de su compra (cercana a $50 millones de pesos) en un bono redimible para una compra posterior. Al contarle a su amigo la anécdota en una cena, este le preguntó: “¿Y qué te dijeron en la empresa cuando llegaste con la noticia?”. Y la respuesta lo sorprendió: “Pues nada… aproveché y cambié todos los electrodomésticos de mi casa y de paso hice un par de regalos”. El directivo le increpó diciéndole que eso era incorrecto, dado que el bono le correspondía a la empresa, sin la cual él jamás habría tenido oportunidad de hacer esta compra y, por lo tanto, era un premio al cual no tenía derecho. Los otros comensales en la mesa reaccionaron: “¡No sea tonto! ¡Él no se robó ninguna plata! Y llegó con los regalos que prometió, al precio previsto y con la factura. ¿Por qué tendría que saber la empresa? El mundo es de los vivos”.

Como bien dice la parábola: necesitamos alguien que, siendo fiel en lo poco, podamos encargarle ser fiel en lo mucho. Así, los actos de corrupción no pararán con gigantescas entidades de control, sino el día en que los colombianos entendamos que la honestidad no hay que mirarla solo en los demás, ni es un tema de montos. O terminaremos admitiendo, como sucedió con un ofensivo y descarado proyecto de ley en Rumania el pasado enero, que sólo debían ser considerados corruptos quienes roben más de $120 millones de pesos, pues –de lo contrario- aumentaría la sobrepoblación de las cárceles. ¿Será esa la famosa corrupción en sus justas proporciones? Porque tal parece que en Colombia no habrá nunca cárceles suficientemente grandes.

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