| 1/23/2016 12:01:00 AM

Lecciones montañeras (parte I)

Tomando de las aventuras montañeras algunas herramientas que permitan moverse hacia adelante en un difícil ambiente económico y de negocios. -Beatriz Yemail.

Muchos comparten sobre cómo correr maratones, practicar tenis o hacer ciclismo les ha ayudado a ser mejores empresarios y líderes.

Por no tratar de caer en un posible cliché, he evitado escribir en esta columna sobre lo que he aprendido en mis excursiones en la naturaleza. Pero esto ha implicado dejar de reconocer las grandes lecciones que me han dejado las hermosísimas caminatas que he hecho en diferentes montañitas, montañotas, montañas solitas y cadenas de montañas.

Esas lecciones pueden ser particularmente valiosas en este momento. Con más frecuencia de la que uno quisiera, parte del 2015 y con más fuerza en lo corrido del 2016, estamos escuchando reportajes y reflexiones sobre el desaceleramiento de la tasa de crecimiento de China, la caída del precio del petróleo, las crisis políticas en varios países vecinos y los efectos de todo lo anterior sobre las perspectivas económicas del país y sus posibles repercusiones negativas sobre nuestros negocios, trabajos y bolsillos. 

Para darle a las montañas el crédito que se merecen e identificar algunas herramientas que permitan moverse hacia adelante en un ambiente económico y de negocios probablemente complicado, en esta columna y la siguiente compartiré algunas de las lecciones que me han dejado las visitas montañeras.

Esta primera entrega es sobre la planeación de tan encantadoras travesías, y la próxima será sobre la ejecución de tan buenos planes.  

Empecemos entonces a hablar sobre la planeación.

Esta tiene tres partes claves. Como en los negocios, la primera es saber quién es uno, sus fortalezas relativas y sus puntos flacos. Con base en eso y la oferta de retos montañeros, viene la segunda parte que es ponerse un objetivo (u objetivos). La tercera es tener un plan para lograrlo(s).

Puede que uno haya sido bendecido por la madre naturaleza con la fortaleza muscular de un toro, la cantidad de oxígeno en la sangre de Nairo Quintana y el largor de las piernas de Caterine Ibargüen. Pero hay una mayor probabilidad de que uno sea una paisana o paisano de estatura media y un tilín debilucho, como yo. Y también de tener una que otra prexistencia médica y/o un par de marcas de guerra en la columna, rodillas o talones.

Estos y otros puntos débiles adicionales lo pueden mandar a uno a decidir, por el bien propio y la tranquilidad de sus seres queridos y colegas, abortar la idea de treparse a unas montañas a aguantar frío y hambre y a no bañarse durante 5 días. 

Sin embargo, antes de abandonar el negocio, hay que identificar las ventajas o fortalezas que uno puede tener. Por ejemplo, puede que uno sea disciplinado, en cuyo caso seguro seguirá el programa de fortalecimiento y flexibilización muscular que se trace. Si bien no llegará uno a tener las condiciones físicas del Chavito, estará en mejores condiciones que si no hubiera entrenado como lo hizo. Puede además que uno tenga una buena capacidad para auto-controlarse, elemento fundamental para el éxito en la montaña (y, como lo discutí en la columna “Controlando al Antihéroe”, también en los negocios).

Conocer bien las debilidades y fortalezas en sus diferentes dimensiones, permite entonces identificar si es posible complementarlas para ser un mejor montañista.

Ese conocimiento también facilita ponerse objetivos que sean retadores y que, a la misma vez, sean alcanzables. A uno siempre le gustaría ser como Ranulph Fiennes y atravesar los dos polos, o como la fantástica Junko Tabei y hacer cumbre tras cumbre. Pero ponerse esos objetivos es irrealista. Intentar implementarlos puede llevar no sólo a muchas desilusiones y pérdidas innecesarias de recursos escasos como tiempo y dinero, sino a molestias físicas de las que sea difícil recuperarse.

Es mejor entonces escoger un objetivo alcanzable en el corto plazo. Como parte de un plan de trabajo, uno puede ponerse una serie de objetivos a mediano y largo plazos que le permitan ir fortaleciéndose física y mentalmente hasta poder llegar a hacer largas travesías y/o llegar a las cumbres más altas del planeta.

En otras palabras, podría ponerme como objetivo subir este año a la cumbre del Everest. Este propósito es irrealista en mi caso. En contraste, puedo fijarme una serie de objetivos coherentes con esa gran meta, como empezar a subir semanalmente a un cerro de mi ciudad, luego hacer paseo al Páramo de Osetá, continuar con Ciudad Perdida, el Parque Nacional de Los Nevados, el Aconcagua…Y, así, de la mano de esa gran virtud llamada paciencia, ir paso a paso y llegando cada vez más lejos y más alto.

La anterior reflexión nos pone en el terreno del tercer elemento de la fase de la planeación: tener una guía de acciones que le permitan alcanzar el objetivo(s).  

Ya mencionamos el plan de acondicionamiento físico y mental necesario para las aventuras montañeras. Cualquier travesía también exige encontrar un guía adecuado, definir con quién va a ir uno y armar el parche, y preparar el equipo de montaña (morral, botas, vejiga para el agua, comida…). Cada uno de estos elementos se complementa entre sí para que, en el momento de ejecutar la travesía, uno pueda estar totalmente en el presente.

Listas entonces las expectativas, definidos los objetivos, listos el plan y las acciones para conseguirlo. Bien! Ahora a ejecutar y a enfrentarse a los riesgos, los imprevistos, los cambios de plan y los pequeños y grandes dolores. Y a disfrutar de cada paso que se da, de las puntas de otras montañas, de los valles a lo lejos, de la niebla que baja, de las florecitas que se esconden entre los frailejones, de la lagunita que uno antes no había podido ver porque estaba “muy abajo”, los pájaros ultra-coloridos que uno no esperaba encontrarse allá arriba, de la llegada…y de recordar lo grande que es el mundo y lo pequeño que es uno.

Algunas reflexiones sobre la ejecución del plan en mi próxima columna. Y, YALA!

Beatriz Yemail

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