| 3/1/2006 12:00:00 AM

Ana Lucía Villa Arcila

La jefe de la Dirección General de Apoyo Fiscal (DAF) del Ministerio de Hacienda les cambió el aspecto financiero a las entidades territoriales colombianas. Su trabajo equivale a gerenciar las finanzas de más de 1.000 empresas independientes, con jefes relativamente autónomos.

Si Colombia está en deuda con alguien es con Ana Lucía Villa, cabeza de la Dirección General de Apoyo Fiscal (DAF). Con su trabajo logró cambiarles las cifras de los balances a 1.098 municipios y 32 departamentos.

Cuando ingresó al Ministerio de Hacienda en 1998, halló un gran desorden en las finanzas territoriales. Muchos de los departamentos estaban en quiebra técnica. En 2002, la deuda territorial alcanzó $18,2 billones (8,9% del PIB). En siete años, consiguió que la mayoría de los departamentos pusiera su contabilidad en negro y diseñará planes serios. Al cierre de 2005, Santander dio $85.800 millones, Cauca $82.800 millones y Tolima $73.900 millones. Solo un departamento, Chocó, pierde dinero. El superávit fiscal de los entes territoriales pasó de $813.000 millones en 2002 a $2,2 billones en 2005. Los ingresos tributarios en las gobernaciones y alcaldías pasaron de $5,9 billones en 2002 a $8,5 billones y la deuda se redujo a 3,2 del PIB al cierre de 2005.

Si bien esto muestra un mejor trabajo de los gobernadores y alcaldes, detrás de estos logros está la mano de la DAF y de Ana Lucía Villa, administradora de la Universidad de Antioquia que nació en Titiribí (Antioquia).

En 1983 inició su carrera en el sector público como funcionaria de la Dirección de Impuestos en el Ministerio de Hacienda. Luego se dedicó a la docencia y dictó clases de política fiscal en la Universidad Externado, donde se había especializado en administración pública. Pero su vocación por el sector público la llevó de nuevo a trabajar en un estudio sobre descentralización para Cauca, Caquetá, Huila y Caldas. Por esta labor, Juan Camilo Restrepo, ministro de Hacienda, decidió contratarla como directora de la DAF. Aceptó y declinó una cómoda oferta de consultoría internacional en Bolivia.

En su oficina se diseñaron en parte las leyes 617 de 2000 y la 819 de 2003, que impusieron estrictos límites al comportamiento financiero de las alcaldías y gobernaciones. Pero convertir la letra de las normas en acciones concretas fue el trabajo más meritorio de la directora de la DAF. Se enfrentó con una enorme valentía a alcaldes, gobernadores, ministros y hasta con el mismo presidente Pastrana, para defender las disposiciones legales. Su actitud vertical y honesta le significó exponer su vida y podría llenar un libro con las historias de amenazas que venían de los sitios menos esperados.

"En estos cargos hay que saber decir no y explicar por qué se niegan las cosas", señala. Cuando se comenzaron a ver los positivos resultados de su gestión, ejercida contra viento y marea, se ganó el respeto de los funcionarios de las entidades territoriales, y del gobierno nacional. "Mi comandante", le dice cariñosamente el presidente Álvaro Uribe, a la persona que con carácter inigualable no ha cedido un centímetro en la defensa de una tarea medular para el país, reestructurar las finanzas públicas.

Está consciente de que hay mucho por hacer. "Cuando se dice que sí, hay que empezar a trabajar", dice. Por ahora quiere garantizar la sostenibilidad del modelo con el que logró el superávit subnacional. Su siguiente reto, identificar los problemas fiscales de las entidades prestadoras de servicios públicos para minimizar sus riesgos financieros.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?